Rob Hirst y Midnight Oil: el rock como acto de justicia

Es rock político el que hace la tarea, el que va, el que pregunta, el que presta el micrófono en lugar de solo alzar la voz.

agosto 9, 2026

Por Arturo Roti

Me acuerdo perfecto: a mediados de los ochenta yo seguía siendo un necio del vinilo. El CD ya andaba ahí, brillando, prometiendo que el ruido de la aguja se iba a acabar para siempre, y yo nomás no me animaba. Como que desconfiaba del aparatito ese. Hasta que un día, no sé bien por qué, decidí hacer el experimento y el disco que elegí para estrenarme en el formato nuevo fue Diesel and Dust de Midnight Oil.

No fue casualidad total. Ya traía metida «The Dead Heart» en la cabeza, esa manera en que arranca la letra diciendo que no le sirven a ningún rey, que no le sirven a ningún país impuesto. En ese Monterrey de mediados de los ochenta aquello me sonó a otra cosa completamente distinta a lo que estábamos acostumbrados a escuchar del rock gringo o inglés: no era la típica canción de amor disfrazada de rebeldía, era una desobediencia real, un grito con nombre y apellido. El disco completo me terminó de convencer, y desde ahí —sin quererlo— el CD me fue envolviendo. Midnight Oil me sacó un poco de los vinilos sin que yo me diera cuenta.

Lo traigo a cuento porque el pasado 20 de enero murió Rob Hirst, a los 70 años, después de pelear casi tres años contra un cáncer de páncreas. Y aquí hay que hacer justicia: si uno piensa en Midnight Oil piensa primero en Peter Garrett —el calvo, el alto de metro noventa y tantos— el del baile raro, el tipo que después se volvió ministro de Medio Ambiente en Australia. Pero fue Hirst quien fundó la banda, quien puso el anuncio en el periódico buscando cantante allá por 1972, quien coescribió la mayoría de las canciones incluyendo las dos que hoy nos ocupan. Sus propios compañeros lo dijeron al despedirlo: que por ahora no había palabras, pero que siempre iban a quedar las canciones. Y las canciones, en este caso, eran una forma de decir la verdad que ningún comunicado de prensa podía decir mejor.

Porque de eso se trata esta columna, en el fondo: de lo que el rock debería ser y muchas veces dejó de ser. El rock nació criticando. Nació desobedeciendo. Y «Beds Are Burning» y «The Dead Heart» son, para mí, de los ejemplos más limpios de que se puede hacer una canción que suene en la radio de medio mundo y que al mismo tiempo esté exigiendo algo concreto, sin metáforas cobardes.

«Beds Are Burning» no es una canción sobre el desierto australiano nada más por estética. Habla del pueblo Pintupi, desplazado por la fuerza durante veinte años hacia un asentamiento que no era el suyo, y que en 1981 decidió regresar a su territorio. La canción nombra los lugares reales —Kintore, Yuendumu— y remata con una exigencia que no se anda con rodeos: que ya es hora de pagar lo que se debe, de reconocer que la tierra pertenece a otros y de devolverla. Y todo el estribillo gira sobre una pregunta que no deja dormir: cómo se puede seguir bailando cuando el propio suelo se está incendiando debajo de uno. Lo que más me sorprende es de dónde salió esa exigencia: de una gira que la banda hizo por comunidades aborígenes remotas junto con el Warumpi Band, una experiencia que ellos mismos describieron como radicalizadora. No escribieron sobre la pobreza y el despojo indígena desde la comodidad de un estudio en Sidney —fueron, vieron, y regresaron con una canción.

«The Dead Heart» nació todavía más pegada al hueso: se las pidieron para una película sobre la devolución de Uluru —el Ayers Rock— a sus dueños originales, los Pitjantjatjara. La banda escribió tres canciones para esa ocasión y la comunidad eligió esta. Su letra no es una observación compasiva desde afuera: está escrita como si la voz fuera la de los propios pueblos originarios, negando cualquier sumisión a la corona o al país que se les impuso, denunciando sin adornos que fue el hombre blanco quien llegó y se lo llevó todo. Y hay una línea que a mí siempre me paró en seco: la idea de que lo que de verdad importa —a conexión con la tierra, con los ancestros— no se puede robar ni se puede romper, por más que se lleven todo lo demás.

Ahí está la diferencia que quiero subrayar. No es rock político el que menciona la protesta de pasada, como quien menciona el clima. Es rock político el que hace la tarea, el que va, el que pregunta, el que presta el micrófono en lugar de solo alzar la voz. Garrett lo pagó después con la carrera política: con sus contradicciones, sus renuncias, sus compromisos que no le gustaron ni a él mismo. Pero Hirst, desde la batería, nunca dejó de ser el que sostenía todo eso desde abajo, sin cámaras.

No sé si haya una manera correcta de despedir a un baterista. Pero si hay una canción que resuma bien lo que él ayudó a construir, no es un homenaje, es la misma exigencia de siempre, sin traducir: que la tierra le pertenece a quien la perdió, y que ya es hora de devolverla.

Arturo Roti (1968). Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.

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