Diario de bicicleta estática

¿Será que siempre caemos en los lugares comunes como Carrie Bradshaw? Yo creo que sí, y solo hay que aprender a darles la vuelta.

mayo 25, 2026

Por Gilma Luque

I

Además de caminar todos los días durante una hora, más o menos, nunca fui asidua al ejercicio. De niña intenté muchas cosas, los sábados, mientras mi hermano jugaba futbol en Pumitas, yo tomaba clases de gimnasia rítmica. Me gustaban las pelotas de colores brillantes y con olor a plástico, pero pronto preferí ver los partidos de mi hermano junto con mis padres, comer naranjas al medio tiempo y agua fresca al final. Intenté hacer otros deportes, pues en la unidad habitacional donde crecí había un centro deportivo y, a no más de veinte minutos, una alberca pública, en donde aprendí al menos a no tenerle miedo al agua. También me inscribí más de una vez al maratón que se organizaba en la colonia una vez al año, en el que podían participar desde niños hasta ancianos, hombres y mujeres por igual, es decir, que no había categorías. Solo tenías que ir unos días antes de la carrera a registrarte y a recoger tu número de participante, junto con una playera. La cita era a las seis y media de la mañana en el 45, el edificio más grande de la unidad habitacional, y después del pitido darle la vuelta al circuito de la colonia. La mayoría hacíamos trampa, pues la unidad está compuesta por grupos que no son sino pasillos en los que puedes reducir distancias.

            En fin, nunca he sido una buena deportista, a veces corro o hago abdominales, pero no consigo hacerme un hábito. En 2019 —cuando comencé a notar que mi cuerpo tenía vida propia— me inscribí a clases de pilates y pensé que al fin había dado con lo mío, porque, aunque requería esfuerzo, era divertido. Pero ese mismo año encontré un trabajo en el que tenía que hacer algunos viajes al interior de la república. Dejé de ser constante con mis clases y, unos meses después, todo se canceló con la pandemia de COVID-19.

            Fue entonces cuando D. compró una bicicleta estática que nos ayudaría a movernos en el encierro. Me subí a la bici y pedaleé, pero a los cinco minutos ya estaba cansada y harta; me la pasaba viendo el reloj para ver cuánto tiempo había pasado. D. me sugirió que viera algo en la televisión, las noticias, dijo, algo que me distrajera del hecho de estar haciendo bici.

            Tengo que ver algo que de verdad me distraiga, pensé y, buscando, encontré Sex and the City, la serie, que comienza cuando Carrie Bradshaw —la protagonista y narradora— y dos de sus amigas, Charlotte y Miranda, tienen treinta y tantos, mientras que Samantha ya es una cuarentona.

            En 1998, cuando se estrenó la serie, basada en un libro homónimo escrito por Candace Bushnell, yo tenía veinte años, así que Carrie y sus amigas me parecían unas señoras y la serie no me interesó, a pesar de que Carrie era escritora y yo quería serlo. También tuvo que ver que ese año me mudé a otra ciudad y comencé a vivir sola por primera vez. En el minúsculo cuarto que compartía con dos de mis mejores amigas no teníamos televisión.

            Dice Nietzsche que el tiempo es una serie infinita de ciclos periódicos idénticos. Así, unos años después, en el 2006 cuando tenía 28 años, en esa ciudad a la que me mudé de joven y a la que acababa de volver después de una breve estancia en el extranjero, volví a ver Sex and the City. Está vez Carrie y sus amigas me parecían interesantes. Comprendía sus dramas: maternidad, matrimonio, amantes, traiciones, celos y un largo etcétera, y por supuesto me enamoré poquito de Mr. Big. Vi la serie completa, las seis temporadas y los 94 episodios. Tenía los DVD que me había prestado una amiga que era super fan. Me habían sucedido muchas cosas en esos casi diez años, buenas y malas, o simplemente irremplazables: la muerte de mi madre, la muerte de mi abuela, el nacimiento del tercer hijo de mi padre, una beca para escribir una novela y por si fuera poco, me casé.

            Dice Heidegger que lo que importa del tiempo es la temporalidad.

            Catorce años después, en el 2020 —en medio de una pandemia—, vi por tercera vez la serie, lo subrayo porque en mi vida había pasado todo: casas, perros, gatos, divorcio, publicaciones, países, amigos… el tiempo. En esa ocasión Carrie y sus amigas me parecieron muy jóvenes, incluso Samantha, y me daban ternura sus padecimientos. Mientras hacía bicicleta estática y veía la serie comencé a pensar, no sólo en el tiempo, también en su temporalidad, es decir que el pasado, el presente y el futuro están entrelazados. Me pregunté qué nos querían decir esas mujeres empoderadas, es decir, las cuatro amigas tienen un muy buen empleo y ganan suficiente para poder costearse la vida en la ciudad de Nueva York. Comen en restaurantes caros, visten las mejores marcas, van a fiestas donde está la crema y nata de la sociedad neoyorkina. Todas solteras exitosas, sin embargo, la educación sentimental, los estereotipos, no sólo las hace cuestionarse sobre si hacen o no lo correcto con su libertad sexual, sino que además las superan sus emociones. Carrie se enamora perdidamente de Mr. Big y se decepciona mucho cuando él le confiesa que no quiere volver a casarse. Mientras la veo y pedaleo, ya sin darme cuenta del tiempo que llevo, le digo a Carrie:

            —¿En serio, Carrie? ¿Quieres casarte, tú, que eres tan moderna y liberal, tan progresista, tú, que vives en una ciudad magnífica y puedes tener lo que desees?

            Sí, Carrie quiere casarse, y Charlotte quiere tener hijos, esposo, una familia, mientras que Miranda tiene un serio problema de autoestima y Samantha representa lo eterno femenino. Sigo viendo la serie. Me divierte el doble discurso o la intencionalidad, aunque reduzcan su libertad al elegir casarse o no, tener hijos o no, vivir con un hombre o solas.

            En uno de los capítulos, Carrie cree estar embarazada y se conflictua, ella, quien ostenta un pensamiento liberal y progresista, ella, que tiene una columna de sexo en una revista famosa.

            En el estado de Nueva York se legalizó el aborto en 1970; sin embargo, Carrie no sopesa esa opción. Resulta una falsa alarma y no tiene más que seguir con su vida, obsesiones, amigas, novios, zapatos… una serie muy moralista como, casi todo lo que sucede en la televisión abierta.

II

Fue D. quien me dijo, escribe un diario sobre lo que piensas mientras haces bici. Sí, lo haré, pero de todas maneras te voy a contar todo lo que pienso mientras desayunamos, le dije.

            Escribo en la cama o en el sillón y no en un escritorio o mínimo una mesa: «como Carrie», dice D. al verme así. Me da gracia, la verdad es que es muy cómodo, pero pienso en la idea que nos querían vender de Carrie Bradshaw: una escritora relajada, flexible, tranquila. Carrie que se negaba a la modernidad y era retadora, se ponía calzones de hombre, de esos blancos que usaban los papás de mi eṕoca. Ella frente a la computadora con su cigarro en la mano y su cabello revuelto, sin embargo, no fue Carrie quien me hizo desear escribir. Tal vez en 1998 reforzó una idea, que ya tenía desde hace muchos años, con su imagen frente a la compu y sus preguntas retóricas.

            Quizá si nos esforzamos por encontrar un motor, un estímulo, algo que me haya hecho desear ser escritora, yo diría que fue Mujercitas. El primer libro que leí que no tuviera ilustraciones ni distracciones, en una edición muy barata con una letra pequeñísima. Ni siquiera logro recordar cómo fue que ese libro llegó a mis manos, quién lo llevó a mi casa, pero lo leí y quedé fascinada con esa lectura y con la idea de leer. Yo tenía once o doce años, iba en la secundaria, estaba un poco gordita, me gustaba Jim Morrison y era muy tímida. Y sí: fue Jo March y nadie más, quien me hizo pensar, no solo que deseaba ser escritora, sino además que no quería casarme ni tener hijos, aunque yo misma esperaba mi historia de amor. Me costó trabajo creer que Jo no se hiciera novia de Laurie, tan galante y simpático. Porque si bien, yo no quería casarme, sí quería enamorarme perdidamente. Eso antes que nada, eso sobre todas las cosas.

            Y es que mi madre sembró esa idea desde que yo era muy pequeñita y luego la regó y cuidó durante toda mi infancia. Su única historia de amor me persiguió durante muchos años. Había alguien para mí en algún lugar del mundo: el amor de mi vida. Pero esa es otra historia.

             Ahora sé que Jo inspiró a muchas más mujeres a dedicarse a la escritura. Simone de Beauvoir lo menciona en alguna ocasión, también Annie Ernaux y en la novela de La amiga genial de Elena Ferrante: Lenu y Lila lo compran y lo leen siendo apenas unas niñas en el patio central del conjunto de edificios en el que viven en Nápoles, y prometen escribir juntas una novela.

III

Pasaron los meses y casi un año después de que se decretara la pandemia, llegaron las vacunas contra el COVID y poco a poco el mundo volvió a ser el mismo. Ya podía salir y caminar largos trayectos como es mi costumbre, así que deje de hacer bicicleta estática y también de ver, e inevitablemente juzgar, desde mis cuarenta, a esas cuatro amigas tan superficiales a las que ya tenía cariño.

En el 2021, y después de dos películas: una buena y una malísima y la cancelación de una tercera, volvieron a la pantalla chica con And Just Like That. Carrie y sus amigas ya con 50 años, en plena post pandemia.  Me bastó ver los primeros diez minutos, sentada en el sofá de mi casa, para apagar la televisión.

Hay que dejar que el tiempo pase y se pierda.

Y ese fue el fin de mi diario de bicicleta estática.

¿Será que siempre caemos en los lugares comunes como Carrie Bradshaw? Yo creo que sí, y solo hay que aprender a darles la vuelta.

Gilma Luque (Ciudad de México, 1977) es autora de Hombre de poca fe (Mondadori, 2009), Mar de la memoria (Ediciones B, 2014), Obra negra (Almadia, 2016) y El hombre en el jardín (Hachette, 2025), entre otros libros. Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores del año 2020 al 2023.

Portada: Fotograma de Sex and the City, creada por Darren Star. HBO, 1998.

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