Por Arturo Roti
Era septiembre de 2003 y en las revisterías de medio mundo aparecía un número especial de Rolling Stone: los 100 mejores guitarristas de todos los tiempos. Jimi Hendrix al frente, Eric Clapton de segundo, Jimmy Page de tercero. Una lista monumental. Una lista cuidadísima. Y una lista que, revisada nombre por nombre hasta el número 100, borraba de la historia a un hombre que había grabado todos los instrumentos de su primer disco a los 19 años, que había tocado la guitarra con los dientes, detrás de la nuca y a ciegas en escenarios de medio mundo. Un hombre llamado Prince Rogers Nelson, no estaba.
La lista incluía a Kurt Cobain, que por su propio testimonio apenas sabía cambiar de acorde y Johnny Ramone, cuya técnica se reducía a rasgueos de poder sobre tres acordes. Pero Prince — el mismo que en «Let’s Go Crazy» hacía un solo incendiario de hard rock puro, el mismo que en «Purple Rain» hacía llorar a tanta gente con una guitarra eléctrica sin siquiera subir el volumen — no existía para la publicación más influyente del rock en el planeta.
Según varios de sus músicos y allegados, Prince se enteró de la lista. Y según todos los indicios disponibles, no lo olvidó.
La noche del Waldorf Astoria
El 15 de marzo de 2004, en el Waldorf Astoria de Nueva York, se celebraba la ceremonia anual del Rock and Roll Hall of Fame. Esa noche eran inducidos George Harrison — de manera póstuma —, Jackson Browne, ZZ Top, Traffic, Bob Seger y, también, Prince. Alicia Keys, que entonces tenía 23 años, lo presentó con una frase que hoy suena a profecía: «Hay muchos reyes. Pero sólo hay un Prince.»
Para el tributo a Harrison, el productor de la gala Joel Gallen había armado una banda estelar: Tom Petty y sus Heartbreakers, Jeff Lynne —compañero de Harrison en los Traveling Wilburys—, Steve Winwood y el hijo de George, Dhani Harrison. La canción: «While My Guitar Gently Weeps». Gallen invitó a Prince a tocar los solos. Una propuesta que, según se supo después, Prince aceptó con una condición implícita: que lo dejaran hacer lo suyo.
El problema empezó en el ensayo. Marc Mann, el guitarrista de Lynne, tomó el solo del centro de la canción y lo tocó nota por nota, calcado del original de Eric Clapton. Perfecto. Académico. Prince escuchó, siguió tocando la guitarra rítmica y no dijo nada. Después llegó el momento del solo final —el solo grande, el que cierra la canción— y Mann volvió a arrancar. Prince otra vez dejó pasar. Gallen, observando desde fuera, entró en pánico.
Nadie sabe exactamente qué le dijo Prince a su equipo esa noche después del ensayo. Lo que sí se sabe es lo que pasó en el escenario.
3 minutos y 41 segundos
La transmisión de televisión lleva varios minutos cuando la cámara finalmente encuadra a Prince. Ha estado ahí todo el tiempo, a un costado, tocando acordes de acompañamiento discretamente, casi invisible. Dhani Harrison, parado junto a él, sonríe hacia la izquierda. Y entonces Prince da un paso al frente.
Lo que ocurre en los siguientes minutos ha sido descrito por músicos, críticos y simples espectadores como una de las actuaciones en vivo más extraordinarias de la historia del rock. No porque Prince ejecutara algo técnicamente imposible. Sino porque hizo algo mucho más difícil: en un tributo ajeno, con músicos prestados, en una canción que no era suya y que — según él mismo confesó después — apenas había escuchado antes de que se la enviaran para aprenderla, Prince convirtió ese escenario en su escenario.
Arrancó con frases contenidas, casi respetuosas con la melodía de Harrison. Luego comenzó a cocinar. Un harmónico pellizcado que cruzó el auditorio de un lado al otro. Runs de legato disparados a velocidad. Una combinación que los críticos después describirían como si Jimi Hendrix hubiera absorbido la sentimentalidad de Clapton y la potencia de Van Halen, todo al mismo tiempo, todo en la misma frase. Tom Petty miraba desde su micrófono con una sonrisa que se fue abriendo a medida que entendía lo que estaba pasando. Jeff Lynne directamente lo vio como si presenciara algo que no termina de procesar.
En el clímax, Prince se alejó del micrófono, caminó hacia el borde del escenario y tocó de espaldas, inclinado sobre el público. Después cayó — literalmente cayó — de vuelta hacia el escenario y fue atrapado por uno de sus técnicos. Y al final, cuando la canción terminó, lanzó su guitarra al aire.
La guitarra desapareció. El técnico Takumi Suetsugu la atrapó fuera de cámara. Pero en la transmisión pareció simplemente evaporarse, como si el instrumento hubiera cumplido su función y ya no hubiera razón para que siguiera existiendo.
«Había a pesar y agresividad en esa actuación», diría un documental inédito sobre Prince. No era un tributo. Era una declaración.»
Lo que Rolling Stone tardó veinte años en entender
En 2023, cuando Rolling Stone publicó su lista actualizada de los 250 mejores guitarristas de todos los tiempos, Prince apareció en el número 14. Era la rectificación. Tardía, incómoda y sin ningún reconocimiento explícito del error original, pero rectificación al fin.
Pero fue en mayo de 2026 cuando la historia llegó a su cierre más poético. La revista publicó su lista de los 100 mejores solos de guitarra de todos los tiempos. En el número 1: el solo de «Purple Rain». El que Prince tocó por primera vez en vivo en el First Avenue de Minneapolis el 3 de agosto de 1983, ante apenas unos miles de personas, sin saber todavía que esa grabación terminaría en el disco más importante de su carrera. Rolling Stone lo describió como «un grito del alma más que un spotlight musical», y escribió que la forma en que Prince «pellizcaba las cuerdas hasta crear notas que ascendían al cielo» decía más sobre lo que significaba «Purple Rain» que cualquier letra jamás podría.
Y en el número 15 de esa misma lista: el solo de «While My Guitar Gently Weeps» en el Rock Hall de 2004. El mismo que, según la propia Rolling Stone en el texto de la lista, fue «en parte una respuesta a haber sido ignorado en nuestra lista de 100 mejores guitarristas de 2003».
La publicación que lo borró de la historia terminó siendo la misma que tuvo que escribir esa historia. Dos de los 15 mejores solos de guitarra jamás grabados fueron de un hombre que no existía para ellos. Eso es lo que llaman justicia poética. Y lo que Prince habría llamado, simplemente, hacerlo bien.
Esa noche en el Waldorf Astoria, Prince no solo lanzó la guitarra, lanzó la última palabra.
Cronología:
1983 · 3 de agosto
Prince toca «Purple Rain» en vivo por primera vez en el First Avenue de Minneapolis. Esa grabación queda en el disco.
1984
Purple Rain el álbum y la película. Eric Clapton, al verla, sale de una depresión creativa. Prince no recibe crédito por ello.
2003 · Septiembre
Rolling Stone publica los 100 mejores guitarristas de todos los tiempos. Prince es ignorado
2004 · 15 de marzo
Rock and Roll Hall of Fame, Waldorf Astoria. Prince toca «While My Guitar Gently Weeps» con Tom Petty, Jeff Lynne y Dhani Harrison. El solo sacude la sala. Lanza su guitarra al aire.
2023
Rolling Stone actualiza la lista: Prince entra en el número 14 entre 250 guitarristas. Sin disculpa. Sin explicación.
2026 · Mayo
Rolling Stone publica los 100 mejores solos de guitarra. «Purple Rain» número 1. «While My Guitar Gently Weeps» número 15. El círculo se cierra.



