Por Arturo Roti
A veces, las mejores cosas llegan cuando uno no las busca. A mí me pasó en una tienda de discos hace muchos años, cuando vi el álbum Beat de King Crimson en una caja de saldos. No lo compré porque fuera fan de esa etapa del grupo —ni siquiera sabía que existía un Crimson ochentero—, lo agarré porque costaba una ‘baba de perico’, pensando que sería una rareza prog como esos laberintos sonoros de los setentas, con cortes imposibles y cambios rítmicos de infarto. Pero no. Aquello era distinto. Era loco, era nervioso, era corto y directo. Y me voló la cabeza.
Adrian Belew. Ese nombre se grabó en mi mente con cada nota disonante, con cada frase cantada como si estuviera deshaciéndose frente a un espejo roto. Me atrapó ese caos perfectamente orquestado. Me fui metiendo más y más. Un amigo consiguió Three of a Perfect Pair y se lo cambié por un disco que, francamente, ni me gustaba tanto. Luego cayó Discipline, primero en cassette, muchos años después en CD, pero nunca pude dar con el LP. Esos tres discos se volvieron míos. Y aunque por fuera andaba en la onda metalera, esos sonidos me acompañaban como un secreto personal, como un rincón donde el rock se volvía arte, geometría, locura y emoción.
Nunca imaginé que esas canciones, tan raras y especiales, algún día sonarían en vivo frente a mí. Y menos aún tocadas por cuatro titanes. Pero el 24 de abril de 2025, en Monterrey, ocurrió lo imposible. Adrian Belew, Tony Levin, Danny Carey y Steve Vai —uno de mis héroes de la guitarra— unieron fuerzas para formar BEAT, la superbanda que le rinde tributo a esa gloriosa era ochentera de King Crimson. Sí, leyeron bien: Beat, Discipline y Three of a Perfect Pair en vivo. Y yo ahí, con el alma temblando.
Desde que llegué al Showcenter supe que no iba a ser una noche cualquiera. El ambiente olía a culto musical. No solo por la expectativa, sino por las caras: ahí estaban muchos amigos melómanos, hermanos de mil batallas sonoras, músicos talentosos que he visto brillar en escenarios locales, y otros rostros conocidos que uno solo encuentra cuando la ocasión lo amerita. Parecía una especie de Meca progresiva, un punto de reunión para fieles del caos ordenado y los compases impares. Como si hubieran abierto una puerta secreta y todos los que alguna vez vibraron con King Crimson se hubieran dado cita, sin necesidad de llamarse.
Entre saludos, abrazos, y breves pero intensas pláticas sobre expectativas, guitarras y anécdotas, hice un poco de ‘socialito’. Mi corazón latía más rápido de lo normal. Y no solo por el encuentro, sino por la emoción de saber que lo que venía no era cualquier cosa. Me dirigí entonces con mis colegas de la prensa —viejos compañeros de trinchera— para ver dónde nos acomodarían. Después de unos minutos de organización, por fin nos asignaron lugar. Me senté, respiré hondo, y sonreí. El ritual estaba por comenzar.
El concierto comenzó con esa brutal “Neurotica”, y en ese momento supe que la noche iba a ser histórica. Ahí estaba Adrian Belew, el hombre que moldeó el sonido de toda una era, el mismo que le produjo El Silencio a Caifanes y Símbolos a Santa Sabina. Pocos lo saben, pero su influencia también corre por las venas del rock mexicano, por eso verlo ahí, frente a mí, me parecía todavía más irreal.
Belew nos saludó en español con un “Hola, ¿cómo están? You’re beautiful”, y nos sumergió en la extrañeza encantadora de “Neal Jack and Me”, “Heartbeat” y “Sartori in Tangier”. Steve Vai apareció vestido como salido de los años 40, con su Ibanez de siete cuerdas sacando sonidos que parecían de otro planeta. Tony Levin, ese mago del Chapman Stick, se robó el aliento del público con cada línea de bajo.
Las piezas del Three of a Perfect Pair fueron una montaña rusa: “Model Man”, “Dig Me”, “Man With an Open Heart”, “Industry”. En cada tema, los músicos parecían canalizar a sus yos del pasado, pero con la precisión y sabiduría de toda una vida. Y cuando llegó “Larks’ Tongues in Aspic (Part III)”, Steve Vai se lució como un demonio elegante, retando a Belew en un duelo de guitarras que no tuvo perdedores. Ahí entendí: no era un tributo, era una celebración, una resurrección sagrada.
Luego, la pausa. Veinte minutos para respirar, para intentar asimilar lo que estábamos viendo. Aproveché para moverme entre los asientos y buscar una mejor vista, más centrado, más cerca del corazón del sonido. Ahí fue cuando vi a dos grandes amigos, Dianakin y Dio, quienes al verme me hicieron señas y me invitaron a sentarme junto a ellos para vivir juntos la segunda parte del concierto. Fue perfecto. Volver a compartir esa música con quienes entienden lo que significa, le dio un peso aún más profundo a la noche. Y entonces, volvieron con todo. Danny Carey —brutal, exacto, gigante— nos dio la introducción marcial de “Waiting Man”, acompañado por Belew en percusiones. Se fueron sumando los demás. “The Sheltering Sky”, “Sleepless”… cada canción era una postal sonora que me llevaba de regreso a esos días donde descubría esta música sin saber que me marcaría para siempre.
Y cuando creí que ya no podía sentir más, vino el bloque de Discipline. “Frame by Frame”, “Matte Kudasai” —ese solo donde la guitarra de Belew llora como una gaviota fue poesía pura—, y la infaltable “Elephant Talk”, con ese elefante imaginario caminando por el escenario. La emoción del público era contagiosa, una mezcla de asombro y gratitud. No estábamos viendo un show, estábamos siendo parte de un ritual.
Cerraron, como debía ser, con “Three of a Perfect Pair” e “Indiscipline”, donde el caos se volvió una sinfonía. Danny Carey desató un solo de batería que dejó al Showcenter en llamas. Pero aún quedaban dos joyas en el encore: “Red” y “Thela Hun Ginjeet”. Y ahí estaba Vai, con la camiseta de la selección mexicana, cerrando una noche que ya era perfecta.
Fue como un sueño hecho realidad: esos discos que nunca imaginé poder escuchar en vivo habían cobrado vida frente a mí y las leyendas que lo llevaron a cabo, eran como piezas de un rompecabezas flotando en el aire. Más que un concierto, era una conexión con el pasado, una celebración del legado, y lo más impresionante: los músicos Adrian Belew y Tony Levin eran los mismos que los trajeron a la vida.
Al terminar, y para evitar el caos automovilístico, salimos en busca de la camioneta en el estacionamiento del recinto, aún con el eco de “Thela Hun Ginjeet” retumbando en la cabeza y Steve Vai luciendo con orgullo el jersey del tricolor. La noche pedía bajarle el ritmo, así que nos fuimos a cenar unos tacos. Íbamos digiriendo —más que la comida— lo que acabábamos de presenciar. Hablamos poco, porque hay asombros que no se explican con palabras, solo se entienden en las miradas cómplices y en risas que no necesitan contexto.
Toda la noche y aún todavía seguía con una sonrisa que no me cabía en el rostro. Pensé en aquel Beat que compré por barato. Pensé en cuántas veces esos discos me acompañaron en la sombra. Y pensé en cómo la vida, a veces, te regala estos milagros. Cuatro leyendas en escena. Tres discos que marcaron una época. Un corazón que aún late fuerte, entre disonancias, loops y elefantes que hablan.
¿Quién hubiera imaginado que el caos sonaría tan perfecto?
Arturo Roti (1968): Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.
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