Por Enrique Ruiz
– ¡Hablas porque tienes hocico! – le dijo él.
– ¡¡Chúpame la burra!! – contestó ella con gesto rápido. Después, risas. De fondo Menuda Coincidencia apuraba en vivo otra descripción de las cosas que se viven en esta ciudad malhecha, las cosas que disgustan, las imperiosas contradicciones del ser regio.
Si llegas a los treinta sin referencias crediticias,
amigo, toma en cuenta que no es pa’ gritar albricias.
Es para que pienses qué has hecho con tu vida;
porque de fiar no eres para esta sociedad podrida.
Indispensable requisito una VISA o Mastercard,
para poder comprobar que has sido un buen chico.
¡Defiende tu guardadito, no te dejes embaucar!
Puertas de par en par, son el negocio de merolicos.
La pequeña reunión era en la Biblioteca El Portón Negro, lugar de palabras, de actividades. El sonido revienta, el cuerpo suda: arriba hay chelas, tostadas veganas, aguas. Los que se enteraron, llegaron para escucharlo, porque dice cosas chidas. No hay cobro o restricción de entrada, mas bien cooperacha, intercambios. En el decir está la razón del ser del rap; es invención, es des/cubrimiento, es placer. También es un límite; es algo que se insinúa pero que no se alcanza a mostrar: la lengua del cuerpo que nos constituye también nos esclarece un poco las circunstancias en la que vivimos, y calla cuando alcanza su decir.

Rapear ( http://www.youtube.com/watch?v=itUn9HQgp0w ) pero de tal modo que se mimetiza en un tono de burlesque, de jazz; entonces guasea, le da cadencia de juglar, de voz traviesa, astucia divertida. Las pretensiones del formato están ahí. Sin embargo están moderadas, son livianas, todavía no hay parafernalia exitosa. Eso es lo que es: alguien que nombra algo, alguien que escucha, alguien que pone un espacio para que tenga lugar, simple. Un sábado por la noche en Julián Villarreal de la colonia Terminal se arma la cosa. Ok, se pasan con el sonido, no importa, serán sujetos desujetados un rato, los vecinos aguantan, conviven, no como aquellos intolerantes que presionaron para cerrar La Bodega – ya la cerraron, dicen -. No importa. La cosa es el extravío y es algo flotante; no es la ira convertida en reclamo indignado, aún no, pero que tanto le falta.
La cosa habla de si misma: el rap, el graffiti, los impresos, el lenguaje.
Ciudad malhecha que nos exige distancia crítica y atracción afectiva. No todos tienen un lugar en una vida como la regia, ni quieren un lugar así. Es una decisión propia, creo, quebrarse, perderse, dañarse, sentirse. El asunto, si acaso hay uno, es intentar bordear alguna verdad, sea como sea, en lo incierto que es pensar una verdad que nos explique un poco lo que está sucediendo con el sí mismo y con los otros. Tal ruido llena el vacío. Todos buscamos verdades pero no lo entendemos, solamente se nos presentan como la cosa que ocurre. Parece algo que se origina en la naturaleza propia, en sensaciones imprecisas, desacuerdos, molestia. Entonces, cuando algo circunstancial aparece frente a nosotros de forma claridosa, hay algo que nos interpela en su decir. Por un breve instante uno piensa: de aquí soy.
Es como un incertidumbre que se disuelve momentáneamente. Al afirmar: de aquí soy, implícitamente también se afirma que no soy de los otros sitios en los que he estado, y también se afirma que ese lugar es elusivo, que lo busco persistentemente. Ocurre que la sensación de no-pertenencia, de no-identidad, de opacidad, es mas fuerte que la de adhesión: no suele ser la familia, ni el trabajo, a veces si son los amigos, persiste el anhelo no colmado, la existencia forzada. Por alguna razón no se logra afirmar la identidad en esos sitios, no era yo ahí.
Es un engaño también, porque nada se estabiliza por entero, nada permanece en el gozo del hallazgo. De aquí soy por un rato, después retornan las preguntas. Pueden ser días, pueden ser años, pero es inevitable la fragilidad.
Houellebecq describe en la novela El mapa y el territorio a un personaje exitoso, Jed Martin, un artista visual contemporáneo que sin embargo transcurre por la vida de manera desencantada, habitando circunstancias y entidades cuya esencia siempre es esperar algo: el acontecimiento que mueve, el afecto que arrebata, el desenlace no previsto. Creo que plantea que no hay otra forma de habitar el laberinto de la vida moderna. Solo así, desposeídos en el acto continuo de creer poseer, entregados a la ilusión, anulados por el sufrimiento. El mismo Houellebecq es un personaje de su novela y expresa: … mi vida se acaba y estoy decepcionado. No ha sucedido nada de lo que esperaba en mi juventud. Ha habido momentos interesantes, pero siempre difíciles, siempre arrancados al límite de mis fuerzas, nunca he recibido algo como un don y ahora estoy harto, sólo quisiera que todo termine sin sufrimientos excesivos, sin una enfermedad anuladora, sin dolencias.
Uno intenta comprender que se hace aquí. Se elaboran operaciones mentales y materiales para vivir el desorden y las eventualidades. Quizá se trata de un modelo de pensamiento autoregulado desde el momento en que los dioses abandonaron la vigilancia y dejaron de observar lo que hacemos, pero la competencia es feroz. Y encima tenemos esa presencia inefable de los medios, y con ello, todo lo que inventan para nosotros: roles, ambientes, identidades, comportamientos. Cada quien aprovecha lo que puede y quiere, ya sea sujetándose de las cosas que van a la deriva, ya sea reiterando reglas culturales que devienen de otras reglas amalgamadas históricamente. También está la pasión (o no está, claro), el deseo de acompañarse de algo o alguien, solidaridad, afecto, vida común, la empatía que viene de padecer las mismas calamidades. Pero lo que es virulento en el ser contemporáneo es el cinismo moderno, esa cuestión de usar y ser usado. No se puede negar lo obvio, al contrario, lo obvio es algo que tiene que ser reformulado, no se puede ignorar la circunstancia política, humana, de esto que vivimos.
A poca distancia de El Portón Negro ese mismo sábado se inauguró Callegenera, de ahí veníamos al llegar a la biblioteca. El asunto es que aquello estuvo lleno, realmente lleno; entraban y salían como en un antro.

Justo antes de la primera conferencia, los graffiteros remataban las jornadas previas a la inauguración firmando las paredes interiores de la Nave Generadores: gran ambiente, divertido y animado, sobre todo porque presuponía el acto de agenciarse el edificio, de tener acceso a la institución, de invadir el Centro de las Artes del Parque Fundidora, nuevamente.
Esto hay que entenderlo como una celebración, una especie de triunfo inesperado, justo porque de origen no se pensaba que rayar calles, trenes, edificios conduciría a este tipo de reconocimiento. Ni se pensaba ni se aspiraba a ello. Pero aquello contenía el germen de esto: el deseo de expresión, las acciones subrepticias, el gozo de la transgresión y la confrontación material y espiritual (no me dejan soñar, no los dejaré dormir) invocan una pugna en la calle que aún no termina, una pugna que tiene militantes duros, pero también tímidos, extraviados, inciertos, locos, que anhelan un reconocimiento de su presencia.
Si el carácter de la reunión en general es parecido a una demostración de vitalidad (que durará un mes), tal vez eso explica su amplitud de cobertura, su pasión dispareja, pues todo cabe en sus montajes y acciones. Es un espectro de actividades específicas que no se cuestionan seriamente si lo que hacen tiene que ser una categoría de las artes. Sucede que pertenecen a un montón de imaginarios individuales y colectivos que se conectan entren ciudades y países, para dar lugar a una producción de representaciones en las que se desarrolla una cierta sensación de hacer un trabajo propio, personal, único, y no solamente eso, sino un trabajo de riesgo, en fuga, en deterioro. Que desaparezca no importa, ese no es el asunto. Lo que importa es como se goza esta forma de estar en la ciudad, de hablar con la ciudad. El carácter viene de la calle, y no se percibe como una contradicción el hecho de que estén rayando dentro de la institución, sino que festejan precisamente su propia forma de institucionalización en ciernes, algo que deviene en procesos, modelos estéticos, rutas de acciones, nuevos aprendizajes. Para el público hay algo pleno, intenso y atractivo en este quehacer, y podrán decir: de aquí soy, para luego rayar alguna pared por primera vez.
*Texto de la hemeroteca de posdataeditores.com, 2013.



