Por Arturo Roti
Esa vez venía arrastrando la noche anterior, con el cuerpo cansado por una fiesta y la cabeza necia, negándose a apagarse, dando vueltas como disco rayado. Dormité solo un par de horas y ya no pude dormir más, la verdad, no quería quedarme en silencio en la cama, así que cuando sonó el teléfono no lo pensé demasiado. Era Sara, con esa voz entre animada y cómplice que ya traía algo de historia encima. «Cáele, estoy en un bar… traigo una michelada que no tiene madre». No soy de cantinas, nunca lo he sido, pero algo en ese momento —la inercia o simplemente las ganas de no quedarme solo conmigo mismo— me hizo decir que sí.
Cuando llegué, lo primero que pensé fue que ese lugar tenía todo para salir mal. Por fuera parecía un tugurio de mala muerte, de esos que guardan historias que nadie presume. Dudé un segundo, lo suficiente para preguntarme qué estaba haciendo ahí, pero ya había ido demasiado lejos como para echarme para atrás, así que entré. Adentro el ambiente era otro, semivacío, casi suspendido. Dos o tres mesas ocupadas, gente bebiendo en silencio, cada quien metido en su propio mundo. En una de esas mesas, un tipo que ya llevaba ventaja con el alcohol soltaba de vez en cuando un grito seco, sin destinatario, como si solo quisiera recordarle al lugar —o a sí mismo— que seguía ahí.
En la barra estaba Sara, y frente a ella una michelada que de inmediato se convirtió en la mía también. No hubo ceremonia, solo ese gesto sencillo de compartir el momento. De fondo, la rockola, esa vieja sacerdotisa que decide el ánimo del lugar, marcaba el pulso de la tarde, y al fondo una mesa de billar azul descansaba, como esperando a que alguien le diera sentido al día. El soundtrack empezó sin pedir permiso: primero los Bravos del Norte de Ramón Ayala, luego José José, y de pronto ya éramos varios cantando, sin importar afinación ni dignidad, porque hay canciones que simplemente te jalan. De hecho, ahí fue cuando algo cambió; el lugar dejó de ser extraño y empezó a sentirse familiar, como si siempre hubiera estado ahí esperando ese momento.
Poco a poco comenzó a llegar más gente, sin hacer ruido, sin invadir, simplemente sumándose. Nosotros seguíamos en la plática, en esas conversaciones que se van aflojando con cada trago, donde las risas se mezclan con confesiones que en otro contexto no saldrían tan fácil. En eso, Sara se levantó, fue a la rockola y decidió romper cualquier lógica: «You’ve Got Another Thing Coming» de Judas Priest. Así, directo, sin escalas, como si el domingo necesitara un sacudón. Y lo curioso es que nadie se incomodó, al contrario, todo encajó. Ahí entendí que ese lugar no tenía reglas o, mejor dicho, tenía una sola: todo cabe.
Un rato después apareció un tipo que parecía salido de otro guion: alto, flaco, jeans ajustados, botas, camiseta negra, una cadena colgando del pantalón y el pelo largo. Caminó directo a la rockola con la seguridad de quien ya conoce el terreno. Primero soltó «Oye Cantinero» de El Tri, y luego armó un viaje todavía más raro: U2 con «Where the Streets Have No Name», AC/DC con «Who Made Who». Y mientras sonaba, no sé por qué, me quedé pensando en esos discos ochenteros de AC/DC que siempre me parecieron hechos con la misma fórmula, como si repitieran una idea hasta el cansancio. Flick of the Switch, Fly on the Wall… tal vez por eso en su momento me alejé, buscando algo distinto. Pero ahí, en ese lugar, en ese momento, funcionaban perfecto, como si todo encontrara su lugar sin necesidad de explicarse.
Las horas empezaron a desdibujarse y la mesa de billar azul, que al inicio parecía olvidada, se convirtió en el centro de atención con un mini torneo improvisado donde hasta el bartender se metió a jugar. La música seguía saltando sin pudor de un extremo a otro: Celso Piña, Aníbal Velázquez, Pink Floyd, Liberación, Journey… una mezcla que en cualquier otro lado sería un desastre, pero ahí tenía sentido porque reflejaba exactamente lo que estaba pasando, una suma de historias distintas coincidiendo en el mismo espacio. Algo que me llamó la atención fue la forma en que la gente saludaba al llegar, de mano, de abrazo, como si todos se conocieran de antes, como si hubiera un código silencioso que decía que ahí nadie era completamente extraño. Y uno, pues responde, porque en ese contexto negar un saludo se siente casi como romper algo que no ves pero sabes que existe.
Y entonces me quedé pensando qué hacemos todos ahí un domingo. La pregunta no era ligera. Porque no se trataba solo de ir a tomar o de pasar el rato. Había algo más, algo que se sentía en el ambiente, en la manera en que la gente se quedaba un poco más de lo necesario, en cómo las canciones parecían llegar justo cuando tenían que llegar. Tal vez muchos estaban ahí desde la orilla de la soledad, otros escapando de algo que los esperaba afuera, algunos celebrando sin razón aparente y otros simplemente dejando que el día terminara sin prisa. Pero en medio de todo eso estaba la música, sosteniéndolo todo sin hacer ruido, como un hilo invisible que conecta momentos, recuerdos y emociones sin pedir explicaciones.
Y al final, mientras el hielo ya se había rendido en el vaso y la tarde empezaba a doblarse hacia la noche, entendí que no había nada extraño en ese lugar, ni en la mezcla improbable de canciones, ni en la gente que iba y venía como si todos compartiéramos algo que nunca nos dijimos en voz alta. La verdad es que así somos, una colección de fragmentos, de historias a medias, de canciones que en otro contexto no tendrían sentido, pero que juntas, en el momento justo, logran armar algo que se siente cercano, casi necesario. Porque a veces no se trata de entender por qué terminas en una cantina un domingo ni de ponerle nombre a lo que cargas por dentro, sino de aceptar que hay días en los que uno simplemente necesita estar ahí, entre desconocidos que te saludan como si te conocieran de toda la vida, con una rockola que no juzga y una cerveza fría que acompaña sin preguntar. Afuera la vida sigue con su prisa habitual, pero adentro, por unas horas, todo encuentra su propio ritmo, y con eso, curiosamente, basta.



