Por Marcel del Castillo
Aquella tarde, a Antoine le costaba prestar atención a su trabajo en la universidad. Su mirada, lejana por la ventana del aula mientras sus alumnos exponían y hablaban, parecía una distracción; pero, al contrario, en su cabeza las ideas se tejían unas con otras. No había podido dormir y, sin embargo, su mente no dejaba de atender a las lágrimas, la ansiedad, la melancolía y la nostalgia —sí, todo junto— que la serie Euphoria1 le había provocado. Y ese estremecimiento debía fluir, sacarlo de sí mismo. Por eso, esa tarde invitó a un café a Cristal, quien ya había visto la serie meses atrás, para procesar todo lo vivido.
—Bueno, Cristal, tenemos una conversación pendiente.
—¿Ajá?
—Como que… ajá, ¿no sabes qué tenemos esa conversación pendiente? Es que la serie me tiene como en cortocircuito. ¿Cómo explicarlo? Tiene una mezcla muy particular…
Aunque habla de una nueva generación con más acceso a drogas, a la comunicación y además en un contexto como el norteamericano, a mí la serie me llega por dos lugares. Por un lado, me ubica en una época nostálgica, sobre todo en mis comienzos de universidad. Ese momento en el que hubo muchísimos descubrimientos y experiencias arriesgadas: fiestas, gente nueva, drogas, sexo… Todo eso que uno mira hacia atrás y dice: «guau, estoy vivo de milagro».
Creo que la serie toca el núcleo de lo que se siente en esa etapa. La juventud, en esencia, se sigue sintiendo igual. Cambian las herramientas, los estímulos, pero el fondo es el mismo. Ese proceso de construirte a ti mismo, el miedo que eso implica, las personas con las que te cruzas y cómo esas relaciones pueden cambiar el rumbo de tu vida.
Yo recuerdo ir a fiestas con un grupo y terminar en otro, hablando con desconocidos, viviendo situaciones muy dispares, incluso absurdas.
La serie captura esa turbulencia de la juventud de forma atemporal. Yo me siento identificado. No sé tú.
—Solo con ciertas cosas. Siento que exageran con el libertinaje. Hablo como una vieja, pero veo esa sociedad y digo: “guau, qué nivel”. Parece que no tienen límites: drogas, alcohol, sexo… todo sin freno.
—Pero así fue mi comienzo de universidad.
—Yo no viví experiencias tan extremas. Por eso me impacta más.
—Ese es el punto: por ejemplo, el caso de Nate, nos muestra una relación profundamente tóxica, pero vinculada a la construcción de identidad.
—Aun así, siento que para su edad están muy adelantados, como si fueran adultos.
—Puede ser, pero eso tiene que ver con que esta generación tienen un acceso a la información desenfrenado. Hoy hay acceso libre a imágenes, a pornografía, a todo tipo de contenido que distorsiona la percepción del mundo, del sexo y de las relaciones.
Construir identidad en ese contexto es muchísimo más complejo. Antes armábamos un rompecabezas de 100 piezas; ahora es de 10,000.
—Pero siento que los padres hoy son más comprensivos.
—No necesariamente. Creo que la serie muestra algo más profundo.
Para mí, más que una serie sobre jóvenes, es un manifiesto sobre el tormento de crecer en una familia en ruinas. La familia —social, cultural, emocional y económicamente— determina la vida de estos personajes.
Si revisas sus biografías, todos vienen de fracturas: muerte de padres, enfermedades, divorcios, abandono, incomprensión. Eso condiciona profundamente su identidad.
—Y el caso de Nate que descubre la doble vida del padre…
—Ahí entra la construcción de la identidad a partir de la mirada. El padre es una figura casi divina. Cuando esa figura se rompe, también se rompe su propio reflejo.
—Y eso es muy fuerte. Porque él empieza a cuestionarse todo, incluso su propia sexualidad y lo convierte en un ser muy violento.
—La duda es natural en la construcción de identidad. Lo problemático es la culpa o la represión. Por eso la serie señala a la familia como origen de muchos conflictos.
Y aunque puede ser cierto, también plantea la necesidad de trabajarla, no de desmontarla.
Mira el caso de Rue: le toca vivir la enfermedad y muerte de su padre, y una madre que, aunque está, no puede sostener emocionalmente todo por el exceso de trabajo. O Jules, que crece sin ser realmente comprendida en su identidad y una madre adicta y ausente
La familia es el primer sistema de referencia. Determina cómo te relacionas con el mundo. Es una estructura compleja: puede ser destructiva, pero también es fundamental.
—Y esas historias vienen de atrás. Nadie es así porque sí. Mira a Cassie, que vive una necesidad desesperada de afecto porque viene de una estructura familiar rota, con un padre ausente y una madre que no logra procesar su propia historia
—Exacto. Todo tiene un origen y la única forma de cambiar muchas de esas realidades es cambiando el contexto.
—Pero no es tan fácil. Ya hay heridas profundas. Incluso el caso de Fezco: su vida está marcada desde el inicio por un contexto del que es muy difícil salir.
—Claro. Cambiar contexto y relaciones requiere coraje.
—Y lo más duro es que, muchas veces, cuando quieres corregir o reparar, ya es tarde.
Las heridas ya están ahí.
Da miedo como padre. Uno se pregunta si lo está haciendo bien.
—Ahí está el punto: ser padre no es algo cómodo, es un trabajo árduo.
Un trabajo emocional, complejo, etnográfico, jajaja, sin reconocimiento, ni dinero.
¿Quién está dispuesto a hacerlo en este tiempo?.
—Al final, lo que plantea la serie —al menos para mí—, y que se evidencia en el reconocimiento, casi al final, de que el problema de Rue no son las drogas, sino la ausencia paterna, es una crítica frontal a la familia; pero, lejos de proponer su disolución, revela que es precisamente en ese núcleo donde se vuelve urgente hacer el trabajo.
—Ese núcleo es donde se construyen o se fracturan las personas.
Marcel del Castillo es artista, curador y docente. Vive y trabaja en Monterrey. Sus prácticas artísticas son espacios de especulación y juego entre documento y ficción. En la actualidad su trabajo se ha enfocado en la representación de las vinculaciones culturales al agua en México.
Referencias
1 Levinson, S. (Creador). (2019– ). Euphoria [Serie de televisión]. HBO.



