Manual del perfecto ciclista

¿Hay un manual del perfecto ciclista? ¿Uno que encausa el andar en bicicleta a la escritura, al viaje que también la muerte recorre en bicicleta?   

abril 4, 2026

Por Eduardo Ramírez

Si fuera cierto, como dicen por ahí, que el pensamiento, la escritura o la vida misma es como andar en bicicleta, o si el ser ciclista es una de las funciones del pensamiento, la escritura o de la vida; entonces habría que pedir los derechos de este manual, para distribuirlo como libro de cabecera entre analistas, terapeutas, consultores, chamanes, líderes espirituales, genios y demás… para que este mundo fuera mejor.

x. m. l.

10/10/25. No sé andar en bicicleta. Tal vez por eso esta máquina de movilidad ha tomado un sentido simbólico para mí.

Me topo con un pequeño libro (Manual del perfecto ciclista, de J. Merino, 1942) que un amigo —sabiendo mi carencia— me trajo a su regreso de Valladolid por ahí de 1995. De la dedicatoria que escribió en sus primeras páginas, tomo el epígrafe para este texto.

1. Escribo porque nunca aprendí a andar en bicicleta.

Para mi generación, la bicicleta era un instrumento de transición (un rito de paso) en esa etapa de crecimiento en que vamos cambiando de la ingenua y protegida infancia, a empezar a ejercer cierta autonomía y algunos torpes rituales que nos ayudan a desarrollar habilidades sociales.

Para todos nosotros la bicicleta permitía al adolescente alejarse discretamente de su casa y llegar a lugares donde se daba el juego y la aventura. Esos paseos se hacían en grupo y nos permitían llegar al sitio donde confluían los demás amigos o vecinos. 

Yo le asigno a ser el hijo de en medio el hecho de no haber aprendido a andar en bicicleta. Mis hermanos mayores compartían una bici y, cuando a mí me tocaba aprender, no tenía una de la cual disponer. Mis hermanos menores no tenían edad entonces para compartir conmigo otra bicicleta.

¿Eso me definió introspectivo, poco social? ¿Ese quedarme en casa me formó para ser espectador cautivo de televisión, para hundirme en las páginas de cualquier libro y que mi medio de socializar, de ejercer mi autonomía e intentar explorar algunas aventuras, haya sido la escritura? ¿Por ella paseo libremente por otros bosque y senderos? ¿Por ella me encuentro y platico con rostros y gestos desconocidos? 

2. Carta a la muchacha de la bicicleta.

Me llega tu carta desde Missouri. Tu letra me trae siempre el recuerdo de tu rostro. Tu forma de decir frunciendo los labios. Cada uno de tus trazos dibujando un parque por el que te deslizas en bicicleta. Siempre recorriendo el trayecto del recuerdo hasta llegar a mi puerta e invitarme a tus paseos.

Hoy me invitas a seguirte por las sombras (el cielo parece estar nublado y llueve por entre los árboles). Tu pedaleo es rabioso. Lleno de coraje. Tengo que seguirte.

Me dices que te llena de esperanza trabajar en tu jardín. Seguir a diario el lento resurgir de la vida desde el lodo. Del sabor a tierra de nuestra comida. Lo demás no me lo dices.

No me cuentas de las lágrimas. Del latido vacío de dos corazones en tu vientre. Las horas de hospital son blancas. Las palabras no alcanzan a formarse. 

Siento que —en el diario contacto de tus manos con la tierra— moldeas alas para esos delicados cuerpos inertes; que vas guiando las raíces de la yerbabuena para dibujar sus nervaduras; que, poco a poco, siembras tu rabia y esperas que surjan alas frágiles temblando como suspiros en el aire.

Hay cosas que tu letra no me dice. Toda una primavera de silencio. Kilómetros y kilómetros pedaleando tu furia. Escribiendo en bicicleta otra carta que, al segundo, se confunde con fantasmas bajo la sombra de la lluvia.

El tiempo es una bicicleta sin memoria. Nos aferramos al recuerdo como paralíticos.

3. Hace unos días, en un viaje que hicimos con ella solo mis cuatro hermanos, mi madre nos contó cómo conoció a mi padre.

Él trabajaba en un banco. Del barrio donde vivía al centro de la ciudad se iba en bicicleta. En traje y bicicleta.

Cada día, de regreso del trabajo, pasaba frente a casa de mi madre. La primera vez que lo vio, decidió que se iba a casar con él. No lo conocía. No sabía su nombre. Simplemente era «el señor de la bicicleta».

A los 19 años, mi madre se las ingenió para tejer esas rutinas distantes. La señora que les ayudaba en casa de mi abuela le advertía «ahí viene el señor de la bicicleta» y ella salía a la puerta a verlo pasar y a hacerse ver.

Poco a poco, empezaron a hablar, a conseguir permiso para acompañarla y visitarla solo hasta la puerta de su casa.

De algún modo la bicicleta fue la forma en la que mis padres se acercaron, en la que transitaron y se contaron historias hasta tejer esa relación que los llevó —65 años después— a esto de lo que nosotros somos cómplices y resultado.

4. Vamos a tu casa a tu regreso de San Luis. Mi madre nos cuenta de tu caída.

Estás adolorido y diezmado. Apenas respiras. Mi madre, en la estufa, prepara café. Al hervir, el agua se derrama. La llama de la hornilla se extingue.

Nos platicas de cómo pasas tus noches, de los dolores con los que convives.

Se percibe cierto olor a gas.

Mi madre y mis hermanas se levantan a checar las hornillas de la estufa. Al advertir el movimiento, me preguntas, ¿qué pasó, a dónde fueron?

Te explico, mientras ellas resuelven la fuga.

Me preguntas, «¿qué hace aquí esa niña de la bicicleta que se pasea atrás de ti».

Te digo que no hay nadie más en casa, pero para nosotros, su presencia es un aviso. Desde el momento en que tú la viste, supimos que traía un mensaje (aunque no supimos en ese momento cuál era).

De inmediato te llevamos al hospital pensando que la niña se quedaría en tu casa.

En la caída te rompiste tres costillas y, probablemente la falta de oxigenación en tu cerebro provocaba esa alucinación, nos tranquilizó el doctor.

Te operaron. Una semana después te dieron de alta.

Ya en casa «el señor de la bicicleta» se encontró a esa niña que vino también en bicicleta a invitarte a pedalear juntos.

¿Hay un manual del perfecto ciclista? ¿Uno que encausa el andar en bicicleta a la escritura, al afecto que une en la distancia y a la familia, al viaje que también la muerte recorre en bicicleta?   

Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.

Foto: Kaue Barbier | Pexels.

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