Por Arturo Roti
Cuando era niño no pedía juguetes. Mi carta a los Reyes Magos era simple y clara: un balón de futbol, una camiseta de los Tigres y un disco de rock. Esa combinación era mi universo, y mis padres —Don Carlos y Doña Angelita— la cumplían con amor y sin complicaciones, aunque a veces se rompían la cabeza buscando ese vinilo que tanto deseaba.
Afortunadamente, desde esos años también tuve la suerte de encontrar a tres hermanos que la vida me regaló: Roberto, alias Tiko; José, mejor conocido como Pepe; René, el inolvidable Tachito, y yo, Arturo, el “Caritas” del grupo. Juntos formamos un cuarteto entrañable que, en vez de ahorrar para dulces o maquinitas, guardaba el dinero del recreo para comprar discos. Nuestro mundo giraba en torno a la música, y nuestro templo sagrado era el cuarto de Tiko, convertido en bunker rockero.
Allí pasábamos horas, días incluso, sumergidos en el ruido glorioso de nuestras bandas favoritas. Queen y Judas Priest eran las figuras principales del altar. Tocábamos con raquetas que hacían de guitarras y tambos que fungían como batería. Tachito aporreaba los botes con una pasión que solo él entendía. Éramos felices. No necesitábamos mucho más.
Yo conocí a Judas Priest gracias a un cassette prestado: Sin After Sin. Algo me sacudió de inmediato. Esa mezcla de riffs filosos y una voz cargada de poder se me incrustó en el alma. Corrí a buscar un disco y adquirí el Unleashed in the East, mientras Tiko ya se hacía del British Steel. Fue entonces cuando decidimos unir nuestras colecciones. Cada disco nuevo era un descubrimiento colectivo. Aquello nos marcó para siempre. Tuvimos joyas inimaginables en nuestras manos, nuestro “dealer” era el Zurdo, otro rockero que viajaba muy seguido a McAllen.
El tiempo, como suele ocurrir, se encargó de dispersarnos. Cambié de casa, llegaron la prepa, la facultad, las novias, y otras prioridades. Pero la hermandad seguía intacta, aunque las reuniones fueran ya contadas. La música, sin embargo, nunca nos soltó. Hasta que se nos fue René.
He visto a Judas Priest muchas veces, pero el concierto del pasado miércoles 7 de mayo en la Arena Monterrey fue distinto. Había una ansiedad que no podía explicar. Estaba nervioso, emocionado. Como cuando uno se reencuentra con un viejo amor. Invité a mi amiga Zaira. Ella no es metalera, pero sigue a Rob Halford en Instagram por su amor a los gatos. Le conté mil historias de él. Tenía que verlo en acción.
Ya en el recinto, los saludos no se hicieron esperar. Amigos, colegas, conocidos… y hasta bromas. La buena Diana soltó una que me hizo reír y me alivió el nudo en la garganta: “Saludas a todo mundo como si fueras reina de pasarela”.
Y entonces… las luces bajaron. El rugido de “War Pigs” de Sabbath llenó la arena… era la señal. Judas Priest estaba de regreso. Abrieron con “Panic Attack”, todos juntos como escudo de guerra, y saltaron a sus posiciones para seguir con “You’ve Got Another Thing Coming”. Rob saludó con ese grito que sacudió mi adolescencia: “Hello Monterrey, the Priest is back!”.
Temazo tras temazo. “Rapid Fire”, “Breaking the Law”, donde se armó el primer mosh. “Riding on the Wind”, “Love Bites”, con Halford cambiando de chaqueta tras cada tema como el dios del metal que es. Richie Faulkner disparando riffs con una Explorer, luego una Les Paul y después una Flying V. Andy Sneap alternando con su Jackson y Gibson. Y Rob, ¡ay Rob! con sus agudos aún afilados, rugiendo en “Devil’s Child” y desbordando alma en “Saints in Hell”.
Mención especial a “Crown of Horns”, una joya del nuevo álbum, seguida por clásicos como “Sinner” y ese himno absoluto llamado “Turbo Lover”, coreado por toda la arena.
Y entonces vino el momento solemne. Rob se sentó, habló, enumeró uno por uno los discos del Sacerdote —excepto la era Ripper— y agradeció profundamente al público. Dijo que esta era la fecha final de su Invincible Shield Tour, con 99 conciertos en 32 países desde marzo de 2024. Un viaje monumental.
Volvimos al pasado con “Victim of Changes”, mientras en las pantallas aparecía Glenn Tipton, luchando contra el Parkinson pero siempre presente. Luego, “The Green Manalishi”. Scott Travis tomó el micrófono y lo dijo claro:
«Cuando inicias una gira, sabes dónde empieza y dónde termina. Y quieres cerrarla en la ciudad más chingona. ¡Gracias, Monterrey!».
Pidió a la gente que eligiera la siguiente canción. Todos gritamos al unísono: ¡“Painkiller”! Y esa batería retumbó como trueno, desatando otro mosh pit.
El encore fue puro fuego: “Electric Eye”, con todos de pie, y Rob entrando montado en su Harley para escupir “Hell Bent for Leather”. La noche cerró a todo volumen con “Living After Midnight”, todos brincando, gritando, dejando hasta la última gota de voz y energía.
Rob se envolvió en la bandera de México. En las pantallas: “The Priest Will Be Back”. Promesa sellada.
Pero la noche aún guardaba un regalo más.
Mientras saludaba a más amigos, en la salida de la Arena Monterrey, envuelto aún en el estruendo de “Living After Midnight” escuché mi nombre entre varias voces. Volteé y ahí estaba él: Tiko. Mi hermano de la vida. El compañero de discos, de risas, de sueños Nos fundimos en una abrazo largo y sincero como esos niños que alguna vez fuimos, con la complicidad intacta. Le presenté a mis amigas, y entre carcajadas compartimos historias de nuestro viejo cuartel general: el famoso bunker donde el rock era religión y Judas Priest nuestro evangelio. Charlamos como si el tiempo no hubiera pasado, como si los años no hubieran corrido a veces tan despiadados. Tomamos una foto, como quien captura no solo un momento, sino toda una vida compartida.
De regreso en el auto, en el eco de la noche, pensé en Pepe y en René. En ese Tachito que la vida —o la muerte— nos arrebató demasiado pronto, cuando apenas tenía 21 años. Tan joven, tan lleno de vida, tan lleno de música. No pudimos rockear juntos, pero sé, lo sé con certeza, que estuvo ahí. En cada riff que me erizó la piel. En cada coro que canté con el corazón apretado. En cada lágrima contenida. A veces pienso que, cuando una canción nos sacude así, es porque alguien más la está escuchando desde otra dimensión del alma.
Porque esa noche no solo vimos a Judas Priest. Vimos reflejado lo que fuimos, lo que seguimos siendo. Y aunque el tiempo pase, hay lazos que ni la muerte puede romper.
Gracias, Sacerdote.
Gracias, hermanos del Bunker.
El metal, como el amor verdadero, no muere. Solo se transforma en eternidad.
(Para Tachito)
Arturo Roti (1968): Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.
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