Por Eduardo Ramírez
El dolor es el megáfono que Dios utiliza para despertar a un mundo de sordos. Somos como bloques de piedra a partir de los cuales el escultor va formando la figura del hombre. Los golpes de su cincel que tanto daño nos hacen. También nos modelan.
Diálogo de C. S. Lewis en la película Shadowlands
26/04/26. Recibo un mensaje de mi hermana. Me pregunta por un texto que hace años escribí para el 50 aniversario de bodas de mis padres.
En él hacía referencia a un árbol de mandarina que creció en el jardín de la casa familiar alrededor del que nos alimentamos y crecimos.
Mando el texto, pero me quedo con un hueco. Recuerdo otro en el que, en otras circunstancias familiares, también me refiero a ese árbol de mandarina.
Días después retomo un cuaderno de 2003 para transcribir y corregir ese texto que desde entonces no leía. Lo escribí durante la estancia de mi hermano en casa mientras recibía tratamiento de un tumor en el cerebro. Le cedimos el cuarto de mis hijos y a ellos los llevamos a nuestro cuarto. Frutos oscuros, se llama.
Al releerlo reviví esa necesidad de funcionar, de resolver las demandas cotidianas alrededor de su tratamiento, a pesar del dolor y el desgaste permanente que el atender la enfermedad requiere.
Porque la literatura fantástica surgió en una asesoría, en esos días vuelvo a ver la película Shadowlands (Attenborough, 1993) sobre un periodo de la vida del escritor C. S. Lewis, académico de Oxford y autor de la saga de Las Crónicas de Narnia. Un periodo en que pesadamente acompaña la enfermedad y agonía de su pareja.
Hace unos días un amigo me cuenta que acaba de regresar de un viaje. Recibió una convocatoria de una amiga de la carrera que, al graduarse, hace más de diez años, se fue a California a trabajar. Después de algunos años en remisión, su doctor le dio la noticia que le quedan unos meses de vida. Ante esto, convocó a sus amigos a pasar con ella unos días juntos. Convivir y compartirse.
Me cuenta esa extraña experiencia en que la presencia de la enfermedad y de la muerte se instala entre las actividades cotidianas naturalmente. Me cuenta sobre el cambio de humores simples, afectuosos y esencialmente pesados que tensan y relajan cualquier palabra o actividad. Las bromas, las pláticas y las miradas cobrando otra dimensión al ocupar su lugar en cada momento, sin poder ser evadidas o calladas, como hacemos en otra circunstancia. Todo eso envuelto en ese placer hacia la vida que solo en esos linderos se puede experimentar.
Sé de lo que me habla.
Días después, en una reunión muy concurrida, me encuentro con una amiga que hace más de un año no veía. Hace meses pregunté por ella. Me dijeron que había estado un tiempo fuera de la ciudad. Tuvo una recaída.
Cuando la conocí me llamó la atención su humor, su apego y disfrute a la vida. Su sonrisa abierta y profunda. Luego me contaron un poco su historia. Años antes le diagnosticaron cáncer en la rodilla. Después del tratamiento empezó a salir algunas mañanas a hacer senderismo por las montañas cercanas a la ciudad.
La cantidad de gente y la naturaleza de la reunión (estamos ahí para escuchar algunas pláticas/proyectos) solo nos permite un saludo y un breve encuentro. Al estar frente a ella la abrazo. Le pregunto cómo está. “Así. Así”, me dice y hace un gesto de ondas que suben y bajan con su mano. Luego me pregunta, “¿y tú?”. “También así”, reflejo su gesto.
El flujo de la gente hace que cada uno se instale en extremos del lugar. Nos diluimos en grupos distintos. Esa mirada y ese abrazo fue suficiente para entendernos.
La experiencia de acompañar a mi hermano en su tratamiento me dejó experiencias que traté de materializar en textos como éste: “La mañana siguiente, al recogerte en el aeropuerto, estabas frente a mí. La marca que más me impresionó no fue la medialuna abierta en tu cabeza –oculta por una gorra– que yo creí un abismo oscuro y doloroso. Estaba en tu rostro y era esa sensibilidad extrema al más leve latir o explosión de lo que pensamos tu padecimiento y agonía transfigurada en luz.”
¿Hay un lenguaje, un túnel directo y subterráneo que se abre cuando se ha estado cerca de la enfermedad?
¿Ya que siempre nos toma mal parados y nos sorprende, convivir con la enfermedad nos provee de un centro de gravedad más frágil y también más pesado?
Este lenguaje de las sombras no es algo que pueda mantenerse activo con cualquiera y en cualquier momento. Muchos lo han padecido, pero no todos pueden/quieren hablar de él. Se convierte en un dialecto muy particular. Una lengua de una tierra de sombras que identifica y agrupa a unos cuantos.
¿Una lengua hablada por los labios de una herida que no fue hecha para cerrar y convertirse en cicatriz?
¿Un lenguaje que solo al ser tocados por esa sombra, nos provee de otra elocuencia, nos hace conscientes de otra luz?
Después del largo tratamiento, mientras esperábamos el resultado de sus análisis para ver si se había vencido y no quedaba rastro del tumor, mi hermano me confesó que tenía miedo. Pero su miedo no era que el resultado fuera negativo y quedaran todavía rezagos del tumor. Su real miedo era, ya que le dieran el resultado positivo, perder ese sentimiento de apego a y disfrute de la vida que había experimentado en estos largos meses de tratamiento y angustia.
La enfermedad abre un canal de comunicación. Un lenguaje que es hablado solo en algunas tierras. Espero no perder nunca este lenguaje sombrío.
Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.
Imagen: Anna Tarazevich | Pexels.



