Los hombres duros no ven series

El tópico de las series me da especial grima porque me hace recordar con nostalgia cuando la clase media progre de la Ciudad de México hablaba de libros.

julio 10, 2026

Por Daniel Espartaco Sánchez

Ese momento incómodo de la noche: hay cuatro parejas, la cena estuvo deliciosa, el vino les ha aflojado a todos un poco la lengua, risas, etcétera. Y de pronto un silencio en la mesa. Alguien dice, la anfitriona, como si viniera a cuento:

—¿Y qué serie ESTÁN viendo? NOSOTROS ESTAMOS viendo…

Y a continuación, la anfitriona nos cuenta toda la temporada primera de la serie de moda. ¿Alguien sabe por qué las parejas siempre hablan en la primera persona del plural o en la segunda del plural para referirse a otras parejas? Me pregunto en qué momento uno se disuelve con el otro como Ronnie y Donnie.

—TIENEN que verla.

Y luego viene toda una reseña sobre la serie tan aclamada por la crítica especializada que, estoy seguro, a nadie le importa.

—Qué buena recomendación —dice un tipo que apenas conozco —, claro que la VAMOS a ver. NOSOTROS estamos viendo…

Sí quieres matar de aburrimiento a alguien, aquí hay una serie de tópicos sobre los que puedes conversar: lo maravilloso e inteligentes que son tus hijos, que van a una escuela activa, los conciertos de rock a los que fuiste cuando eras joven, tu viaje «astral» con hongos alucinógenos (todos dicen lo mismo), o tus vacaciones en Europa. Chico, dos personas que hablan de numismática bizantina del siglo XII son mucho más interesantes que eso. El tópico de las series me da especial grima porque me hace recordar con nostalgia cuando la clase media progre de la Ciudad de México hablaba de libros.

—El fin de semana «maratoneamos» con… —dice el tipo que apenas conozco.

Y luego los lugares comunes. «¿No creen que vivimos en una época dorada de la televisión?», «¿No les parece que ver series es como leer libros?». Esta última frase me hace querer desenrojarme en la garganta el tambor completo de una .38 Special súper. Y entonces llega NUESTRO turno: ¿qué serie ESTAMOS viendo?

Betita voltea a verme, le sudan las manos, su copa de vino tiembla en el aire. La vida no es un concurso de popularidad, así que digo:

—No VEO series.

Otro silencio incómodo, el ángel de la muerte pasa por el comedor.

Betita mira hacia otra parte mientras pretende darle un trago a su copa de vino vacía. Por suerte, ahí está el gato para hacerle mimos y llevar el tema hacia las mascotas, otro tópico sumamente aburrido. Aunque la anfitriona no suelta prenda:

—¿Cómo que no ves series?  —me dice—, seguro que ves alguna.

—No, no veo series.

Betita toma al gato entre sus brazos. Resulta que se llama Adolfo, un nombre de humano.

—Pues tienes que ver…

—No veo series —repito.

Y entonces yo estallo:

—¿Se acuerdan cuando las series eran sólo series y a veces las veías o no? ¿Se acuerdan de Kit, el auto increíble o de Guardianes de la bahía?

No quiero quedar como un admirador de David Hasselhoff, así que digo:

—¿Se acuerdan de Automan? ¿Alguien se acuerda, por el amor de Dios, de Automan?

—Voy al baño —se disculpa Betita y Adolfo sale volando.

—Cuando las series eran sólo series, a nadie le importaba si te perdías un capítulo o dos. Los capítulos muchas veces eran autoconclusivos y si no, reconstruías simplemente la trama en tu cabeza o te imaginabas lo que había pasado en el capítulo que te habías perdido porque no era importante. Repetían la misma temporada una y otra vez y de todas maneras la veías porque la televisión sólo servía para freírte aún más el cerebro.

Se escucha el lavabo al fondo del pasillo, Betita debe de estar frente al espejo pensando «siempre hace lo mismo».

—No sé cómo pueden impresionarles todos esos cliffhangers baratos, tan baratos como los de las telenovelas que veía mi abuelita. No sé cómo pueden considerar elaboradas esas tramas tan convencionales como las de un culebrón del siglo XIX, cuando la narrativa actual se centra en los detalles y en lo cotidiano, en las pequeñas formas en las que se presenta una epifanía. Un hombre en calzones y con una máscara de oxígeno huye de la policía en un remolque, gran cosa, y ustedes se preguntan, «guau», «¿cómo habrá llegado hasta aquí?» Y luego el típico letrerito de «dos semanas antes». Los personajes están sujetos a demasiada presión todo el tiempo para atrapar la mente del espectador, el cerco se va cerrando en torno a ellos y ¿se supone que eso es entretenimiento? Dolor, angustia, desesperación, momentos de alivio, escenas de relleno para alcanzar los cuarenta minutos. Trabajas todo el día, ganas una mierda, la inflación está por los aires, padeces de hipertensión arterial, y se supone que eso es entretenimiento, cuando el protagonista sólo tendría que llamar a los Magníficos, al Auto Increíble o a MacGyver y que lo resuelvan todo. ¿Y por qué dicen que ver series es como leer libros cuando sentarse en un sillón a mirar pasivamente una pantalla nada tiene que ver con el esfuerzo mental que supone leer un libro? Si les gusta ver series, adelante, pero no tendrían por qué justificarlo desde el punto de vista de la alta cultura. Es cultura de masas, por el amor de Dios. Es casi tan idiota como comparar a Taylor Swfit con Emily Dickinson o hacer un análisis de Debi tirarte más fotos desde la perspectiva de Frankfurt. ¿Y cómo es que llaman a «maratonear» estar sentado diez horas consumiendo grasa, sal y carbohidratos? ¡Un hombre corrió aproximadamente entre 35 y 40 kilómetros desde la llanura de Maratón hasta Atenas para avisarles de que se había ganado la batalla? ¡Ese hombre era un héroe y murió por eso!

Mi perorata dura apenas un segundo y solamente sucede en mi imaginación, por lo que acaricio al gato en el regazo de Betita, y digo:

—Es hermoso, ¿cómo se llama? NOSOTROS TENEMOS uno:

Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.

Foto: cottonbro studio | Pexels.

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