‘Los Radley’: American Beauty con vampiros, pero aburrida

¿Qué se puede esperar de un director que se hace llamar Euros Lyn? A veces me gustaría que La bola en la ingle tuviera una sección de servicio a la comunidad al estilo de “voy al cine a ver las peores películas y malgasto mi tiempo y mi dinero para que tú no tengas que hacerlo”.

marzo 22, 2025

Por Daniel Espartaco Sánchez

Todas las familias felices se parecen entre sí, pero cada familia infeliz es infeliz a su manera, y los Radley no son la excepción. Estamos hablando de una aparentemente típica familia blanca y privilegiada de los suburbios: el señor Radley (Damian Lewis) es un cirujano plástico insatisfecho con su esposa; la señora Radley (la sobreactuada Kelly Macdonald) es una ama de casa obsesiva compulsiva que desea a otro hombre y ha llenado su tiempo con toda clase de cursos de repostería para sublimarlo, un club de lectura incluido; la hija (Bo Bragason) es una adolescente vegana, bulímica y rebelde cuyo mayor pecado es ser el único personaje sin un arco narrativo; y el muchacho (Harry Baxendale) es un adolescente como todos al que le gustan los hombres, pero aún no ha salido del closet, porque este es el arco central de la trama, salir del closet, aceptarse, que ya hemos visto muchas veces de maneras más interesantes. En fin, que los Radley son una familia blanca aburrida con problemas genéricos, pero, oh, sorpresa, es una familia de vampiros. “Somos vampiros”, dice el señor Radley con la misma actitud con la que diría somos “Hare Krishna”, algo que no sorprende a nadie, ni a los mismos hijos que acaban de enterarse, luego de que la niña aparentemente normal acababa de sorberle la sangre a un joven que pretendía violarla. Y de hecho, los personajes son tan anodinos, y tienen tan poco que decirnos, que el autor de esta historia se sacó el truco de la manga de volverlos vampiros para captar el interés del público, pero la trama está tan mal contada que no logra arrojarnos una luz diferente de ninguno de los temas que trata: el crecimiento, salir del closet, la insatisfacción, el alcoholismo, la identidad; incluyendo el sobado recurso del vampirismo, tratado de una manera tan mediocre que el filme no ganará el estatus de culto entre aquel selecto grupo de jovencitos antipáticos y vestidos de negro que van de un lado a otro con una edición de bolsillo de Anne Rice agazapados en la oscuridad y con encajes en las mangas. En este sentido la aportación de Los Radley es: “es un mito los de los espejos, pero lo del ajo es cierto”. “Me encanta el ajo, papá”, dice el muchachito, a lo que el señor Radley le responde que comienza a hacer efecto conforme empeora la condición, porque el vampirismo es tratado como una enfermedad, una ¿metáfora? de la adicción: una vez que pruebas la sangre ya no puedes parar, te ves obligado a obtenerla una y otra vez, es peor que el fentanilo y todo comienza con un cigarrillo de mota. Ya se sabe, la charla que todo padre blanco debe de tener con su hijo blanco y confundido. Demasiados malabares por volver verosímil una superstición inventada por unos analfabetas campesinos valacos lejos de la luz de la razón, como cuando George Lucas nos explica que la Fuerza se comunica con los individuos a través de los “midiclorianos”. Déjalo, George, estábamos bien así. Y si tan sólo Los Radley se quedara en el tono de comedia, pero…  al final uno tiene la sensación de estar frente a un knock-off de American Beauty, incluyendo la escena al estilo de “hay demasiada belleza en este mundo” con glóbulos rojos en lugar de una bolsa de plástico flotante y sin la recompensa de Mena Suvari. Hay otros personajes, por supuesto: el vecino conspiranoico que dice que hay vampiros en todas partes; su hijo, un morochito simpático, confundido y guapo, interés romántico del jovencito Radley, lo que provocó que se indignara una pareja de ancianos sentados frente a mí; y el antagonista, el hermano gemelo malvado del señor Radley (también Damian Lewis), un chavorruco rezumante de testosterona al que distingues del otro porque lleva una peluca a lo Arjona y vive en un remolque, vampiro practicante que induce a los niños al mal, el epítome del vividor que, después de haber cobrado tanta sangre de sus víctimas, supuestamente es un experto en borrar rastros de una manera tan sólo superada en torpeza por John Wayne Gacy. “Les presento a su tío Will”, dice el señor Radley. Todos tenemos un tío así. Lo único que vale la pena resaltar es la versatilidad y la musculatura facial de la sobreactuada Kelly Macdonald. ¿Qué se puede esperar de un director que se hace llamar Euros Lyn? A veces me gustaría que La bola en la ingle tuviera una sección de servicio a la comunidad al estilo de “voy al cine a ver las peores películas y malgasto mi tiempo y mi dinero para que tú no tengas que hacerlo”, y aunque Los Radley entra perfectamente en esta categoría, yo sé que nadie me lo agradecería, y no sé cuánto tiempo podría soportarlo.  

¿Vale la pena verla? Si eres un adolescente y no te alcanza para el hotel de paso. Ojo: los miércoles son dos por uno.

Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.

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