Por Arturo Roti
Hoy en esta columna, quiero hablarles de Randy Rhoads, un guitarrista que dejó una huella imborrable en la historia del rock, no solo por su increíble talento, sino por la manera en que su vida se apagó demasiado pronto. Pero antes de sumergirnos en su legado, quiero contarles cómo fue que lo conocí, cómo su música me marcó y, sobre todo, cómo su muerte fue la primera pérdida en el mundo del rock que realmente sentí como un golpe directo al alma.
Lo descubrí con aquel discazo, Blizzard of Ozz, el debut de Ozzy Osbourne como solista. En ese tiempo, tener en mis manos ese vinilo era algo especial. Escuchar a Ozzy en su nueva etapa era emocionante, pero lo que más me voló la cabeza fue la guitarra de ese tipo que, hasta entonces, me era desconocido: Randy Rhoads. Desde la primera nota, supe que era un guitarrista fuera de lo común, con una técnica impecable y una sensibilidad especial. Pero fue “Dee”, ese hermoso instrumental en guitarra acústica dedicado a su madre, lo que me atrapó por completo.
Después, con mucha dificultad, logramos hacernos de Diary of a Madman, el segundo disco de Ozzy con Randy. Tiko, René, Pepe y yo juntamos cada peso hasta que logramos conseguir la edición importada. En aquellos tiempos, tener un disco importado era casi un lujo inalcanzable para unos chamacos de 14 años, pero ahí estaba, en nuestras manos. Lo devoramos de principio a fin. Era más que música, era una especie de código entre nosotros, un tesoro.
Pero entonces llegó la noticia que nadie quería escuchar: «Randy Rhoads había muerto».
La forma en la que se fue fue tan absurda, tan brutalmente inesperada, que hasta el día de hoy sigue siendo difícil de asimilar. Ocurrió el 19 de marzo de 1982, en una mañana que parecía tranquila. La banda estaba de descanso en una casa en Florida antes de seguir con la gira. Aquel día, el conductor del autobús en el que viajaban, Andrew Aycock, un piloto aficionado, decidió llevar a algunos de los presentes a dar un paseo en avioneta. Randy, quien siempre fue de espíritu tranquilo y para nada un tipo alocado, subió a bordo junto con la maquillista Rachel Youngblood. La idea era dar un pequeño vuelo para ver la casa desde el aire.
Pero el destino tenía otros planes.
Aycock, en un acto irresponsable, comenzó a hacer maniobras peligrosas cerca del autobús donde dormía Ozzy y el resto del equipo. En uno de esos movimientos, la avioneta rozó el vehículo, perdió el control y se estrelló contra un garaje, explotando en llamas. Nadie sobrevivió. Randy tenía solo 25 años.

Recibir esa noticia fue un golpe durísimo. Claro, ya habíamos vivido la muerte de John Lennon o Bon Scott, pero Randy era diferente. Él era uno de nosotros, un joven con sueños, con un futuro brillante. Era un guitarrista que lo tenía todo para convertirse en una leyenda viva, pero el destino nos lo arrebató demasiado pronto.
Y aquí viene la pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez: ¿Qué hubiera pasado si Randy no hubiera subido a esa avioneta?
Imagínalo. Tal vez habría seguido con Ozzy por más años, regalándonos discos aún más legendarios. O quizá habría formado su propia banda, explorando aún más los sonidos neoclásicos que ya empezaba a desarrollar. Su amor por la música clásica lo pudo haber llevado a componer piezas increíbles, tal vez hasta a revolucionar la forma en la que se tocaba la guitarra en los 80 y 90. Quizás hubiera compartido escenario con otros dioses del instrumento, quizás hubiera sido el guitarrista definitivo de Ozzy por décadas, quizás… quizás el destino nos arrebató demasiado pronto a alguien que estaba destinado a la inmortalidad.
Hoy, más de 40 años después de su partida, su música sigue viva. Cada vez que suena “Crazy Train”, “Mr. Crowley” o “Diary of a Madman”, es imposible no pensar en lo que pudo haber sido.
Randy no solo dejó solos y riffs inolvidables, dejó un sueño inconcluso, una carrera que apenas despegaba y que el destino cortó en seco. Pero quizá, en algún rincón del universo, sigue tocando, explorando nuevas melodías en un lugar donde el tiempo no importa.
Y mientras su legado siga sonando, no habrá cadenas que aten su alma.
Descansa en paz, Randy, sigues siendo un dios de la guitarra.
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