Por Yelitza Ruíz
Lo que más estimo de la literatura es esa posibilidad que le otorga a las historias de tener una o más versiones —jamás se queda con la primera— te permite percibir lo polisémico que son las personas frente a la construcción de sus propias narrativas, esa autopercepción que se convierte en parte de la poesía testimonial o del ensayo en primera en persona, esa única manera que siempre hemos tenido para nombrarnos —al menos nosotras las mujeres— que en algún tiempo fuimos relegadas a la otredad, pero siempre fungiendo como narradoras del presente, del ahora, desde esa voz que se antepone a la de otras versiones que existen, ahí rondando más en el viento. La literatura tiene esa gran ventaja frente a cualquier otra aseveración que, aunque sea repetida mil veces no logra ni de cerca ser verdad, porque no encuentra sustento en lo primigenio de la palabra, sólo halla cabida en lo volátil, en lo efímero que resulta sostener la luz mediante unos focos.
Es por ello que el derecho y la literatura comparten una historia común: la retórica. De ahí que mi experiencia como maestra de derecho o de literatura compagine en el curso y en la bibliografía esta simbiosis, en un primer término, del cómo ve el derecho los problemas sociales dentro de la literatura; y en un segundo, de cómo la literatura expone al sistema de justicia en la narrativa de las historias. En ambas transita la ficción vuelta ley y viceversa. La literatura permite presentar la problemática jurídica desde las tragedias griegas de Esquilo en La Orestíada y en Sófocles con la Antígona. Más cercanos a la novela se encuentran en Shakespeare, Tolstoi, Melville, Dickens, Dostoyevski o Kafka. Aún cuando la literatura nos ofrece la reflexión crítica en terceros sobre el proceder de las instituciones y la función jurídica en ellas, no había del todo una reflexión dentro de esas historias que hablara desde el sujeto jurídico y literario de las mujeres. Y ahí tanto derecho como literatura no habían visibilizado esa otra versión de los hechos de manera actualizada.
Es esta razón por la que tengo la certeza de que la literatura me permite mantener no sólo los pies, sino el cuerpo entero en la tierra, en los distintos sitios que habitamos, ya que, en el derecho, no encuentro esta porosidad de versiones, sólo un montón de paja que hay que revisar para encontrar lo justo, y eso en ocasiones suele ser desgastante. Por eso, como dice Claudio Magris, la literatura y el derecho son esos dos entes que se enlazan entre sí al momento de dictar la norma, citando al autor, no es de extrañarse que los primeros legisladores hayan sido poetas. La realidad por el contrario suele ser un vaso al que siempre que se le sirve se le riega el agua, y más ahora donde los derechos humanos suelen ser utilizados más como una estrategia de mercado que una agenda a respetar, y ese es un pendiente constante al modelo de justicia. Para Martha Nussbaum el derecho y la literatura comparten una serie de similitudes en cuanto a la textualidad o la narrativa y abordan las relaciones entre ambas disciplinas desde el punto de vista del sujeto, especialmente, del juez. Además, señalando que la literatura es relevante para el derecho ya que desarrolla en los jueces una sensibilidad que es esencial para desempeñar adecuadamente su función institucional. Con honestidad diría ante tal planteamiento de Nussbaum que es demasiado optimista, ya que en la práctica litigiosa y en el pleno desahogo de la audiencia hay pocos momentos que dan pase a la edición literaria.
Increíble pensar en lo que la literatura puede hacer por las personas juzgadoras, sobretodo en este momento en el que las críticas polarizadas al nuevo modelo de elección del poder judicial han pasado por alto un elemento indispensable, la formación de las y los jueces que se traslada a la experiencia, no sólo desde el orden de lo legal, sino del tratamiento social que se requiere en varios casos, sobre todo los referentes a la violencia de género. Desde siempre los casos de violencia hacia la mujer han tenido que recorrer un camino a base de sentencias para hacer efectivos sus derechos humanos y el derecho a decidir. Un camino por demás complejo y revictimizante, que se ha hecho aún más delicado por la sobre exposición de los medios de comunicación impresos y digitales que con la ocurrencia de poner la oración “perspectiva de género”, generan una ola de mayor exposición en lugar de cuidado a los procesos de acompañamiento terapéutico y jurídico de las mujeres. Es en ese contexto que la reforma judicial debe atender las diversas aristas en los cuales las y los juzgadores van a ejercer sus facultades conferidas por ley, pero sobre todo, observar en qué sentido estarán redactadas las sentencias. Y es que estos temas que se han vuelto cada vez más rentables y virales en donde la tendencia o el acarreo de “vistas” y “likes” juegan un papel preponderante en su difusión.
En este contexto debemos apelar a la herramienta más básica de la investigación: la observación. Esa que nos va a permitir darle un seguimiento a la manera en la que el derecho se va a ir transformando de manera paulatina, con la posibilidad de verse beneficiado al abrirse al sistema de elección democrática y de urna para quienes tendrán como trabajo redimensionar el sentido de la “justicia”. La buena fe depositada será la oportunidad de aprender en conjunto su realización, aunque una de las más grandes complicaciones es la probabilidad de que se dote del compromiso de la difusión de este nuevo modelo a personas que sean más hábiles en el manejo del marketing, los medios de comunicación y las redes sociales, que en el sentido estricto y técnico de juzgar con la expertis jurídica y ética a favor de las mujeres. Lo anterior es necesario para dejar precedentes que permitan actualizar de manera recurrente el marco jurídico a la par de la evolución de los contextos sociales de la comunidad, volviendo progresivo, un sistema de justicia que debe ser dinámico y en rotación constante. La intención no es estigmatizar la descentralización de los medios que ha sido uno de los grandes avances sociales, pero si el tener en cuenta que no sólo puede ser una herramienta a favor, sino una ficha que puede jugar en contra si el trabajo profesional del derecho y de la atención a las usuarias no lo realizan personas con la formación y la experiencia en el tratamiento del tema.
La oleada de influencers que, sin conocimiento científico, o de plano, aunque no siempre es garantía, alguna cédula profesional que respalde sus dichos acrecientan el problema, porque esas opiniones al tener más alcance desinforman y distraen al promocionar, y fomentar productos tanto de mercado como intelectuales, que en mucho de los casos son estafas evidentes, pero tienen mayor alcance que la información certificada. Sin caer en el lugar común de la sociedad del espectáculo que ejemplificó Guy Debord, se vuelven estos medios y sus difusores una farándula que tapa con luminaria la labor profesional de acompañar con conocimiento y experiencia un camino que no repercuta o afecte el proceso de obtener justicia como sea que la usuaria determine qué es lo justo para ella, alejadas del juicio de valor que dan leyes con sus tribunales, o que da la sociedad con sus señalamientos y especialistas. Construir de algún modo sobre la discusión abierta y respetuosa, el trinomio del feminismo, el derecho y la igualdad, como lo ha venido diciendo Malena Costa.
El temor no radica en el cambio de la elección de personas juzgadoras, sino en cómo se ha venido concibiendo el sistema de justicia frente a las mujeres. Los seminarios de género y de igualdad sustantiva, no siempre encuentran reflejo en los procedimientos y en las sentencias, en la dificultad de lograr judicializar una carpeta en algún tipo o modalidad de violencia, y ni pensar en la violencia política hacia las mujeres en el que recaen con mayor fuerza los sesgos de la lengua, el cuerpo y la raza. Es decir, por cada avance político en la agenda de las mujeres se contravienen nuevas maneras de poner la brecha que termina necesariamente con el cumplimiento en la obligatoriedad de alguna sentencia, lo que debería de haberse evitado por el simple sentido común o de respeto por los grupos prioritarios que no han alcanzado aun una representación política. Pero eso no importa, la política de los partidos como siempre un paso antes, en sus alianzas para usar los avances jurídicos en favor de sus grupos internos, porque en la retrograda y más básica forma de entender el andamiaje de lo político, y por más agenda y teoría feminista que curso, tras curso y taller tras taller hayan tomado, se sigue reduciendo en la mayoría de los casos a la figura de líderes, que como capataces dictan una ruta a seguir.
Es ahí donde aparecen los servidores públicos de cualquier orden de gobierno a portar el pañuelo morado, es ahí donde los ves disfrutar el desfile de las atenciones, o se vuelcan en dictar conferencias en las que desconocen absolutamente los temas, pero usan los espacios para hacer propaganda gratuita a sus partidos o líderes en turno o para aplaudirse entre sí; así también hemos visto a quienes enredados en la superioridad del algún cargo pretenden “poner en su lugar” a quien consideran emiten una opinión por encima de la encomienda que los viste. Hay de todo en estos personajes, pero lo que más me asombra es que no pierden la oportunidad de decir que hay que abrirle brecha a las y los demás para que se “empoderen” en los espacios de toma de decisiones, eso es lo más paradójico, alegar en su discurso la apertura horizontal a un diálogo abierto y después jerarquizar por medio de los “espacios” que ocupan la diferencia abismal en quien toma una decisión y la sociedad que las acata. Como si para todas las personas fuera un deseo llegar a esos espacios donde la lealtad se pone a cuenta de los intereses, y la integridad se acomoda según la agenda. Habría que reestructurarles sus discursos, no ser obvios en la necesidad apremiante de reiterarles a todos «yo llegué y ustedes no», como si fuera una carrera y no la encomienda de servir desde sus funciones con el recurso público de la ciudadanía, y así dejar de incurrir en la doble y triple paradoja de repensar, qué es lo que no funciona en nuestra estructura social.
Aunque la literatura nos permite ficcionar, la realidad es que se encuentra normalizada la participación política limitada a los partidos, dejando de largo la estructura de la función comunitaria. El siglo XXI lleva veinticinco años de tránsito, y se sigue concibiendo a la política como esa pasarela que se convierte en el premio de consolación a los liderazgos que persiguen la popularidad pero que jamás encontraron su vocación en algún oficio en el que fueran medianamente buenos, y en ese supuesto debe trabajar el nuevo modelo de elección del poder judicial para no recaer en esos tropiezos, y no es que para eso se requiera de un talento específico, pero sí de la astucia, la astucia que no siempre va ligada a la inteligencia o a la facultad de crear, generar propuestas, resultados o formas abiertas del diálogo. La inteligencia si requiere eventualmente de la astucia, pero la astucia pocas veces va ligada a la inteligencia, porque es más primitiva, y el instinto, lejos de ser virtud a considerar en un encargo constitucional deja de ser atributo y se vuelve un corral sin cerca.
Yelitza Ruiz es abogada, con especialidad en Derechos Humanos de la seguridad social, Maestra en Estudios de Arte y Literatura y doctorante en derecho. Ha sido beneficiaria del Programa Jóvenes Creadores del FONCA en el área de poesía (2013-2014, 2017-2018, y 2020-2021). Premio de Literatura Joven en la categoría de Ensayo Literario, Premio de Poesía María Luisa Ocampo. Ha publicado los libros Abril en Casa (Tarántula dormida, 2011), Cartografía del tren (BUAP, 2018), Hilo negro. Mujeres y revolución en el Partido Liberal Mexicano (Brigada para leer en libertad, 2020), Lengua materna (UNAM, 2020) y Coyote (Posdata Editores | UANL, 2023). Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte (SNCA, 2023). Dirige el proyecto Mujeres y Revolución que se dedica a la investigación de archivos históricos de la participación de las mujeres durante la Revolución Mexicana.
Foto: Montse Posada | Pexels.



