Por Raúl Quintanilla Alvarado
“Muéstralo, no lo cuentes” suele decirse a los que hacen cine, pero habrá algunos grandes directores que quizás responderían: ni lo muestres ni lo cuentes. La imagen revela la realidad, pero al mismo tiempo oculta un misterio. De entrada, no podemos ver lo que hay fuera del cuadro, no podemos escuchar cada pensamiento que cruza por una cabeza, no podemos presenciar cada segundo de un día, pero podemos imaginarlos. El cine depende de la imaginación como cualquier otro arte; quizás eso es lo que lo hace arte.
Abbas Kiarostami basó su obra en ese principio de ocultar para poder imaginar. Él decía que él ofrecía la mitad de la historia y la otra mitad la construía el espectador en su mente. Kiarostami no es el único, Robert Bresson escribió en sus notas: “Las ideas, esconderlas, pero de manera que se las encuentre. La más importante será la más oculta.” Las películas de Bresson están plagadas de imágenes fragmentadas, en especial de manos que reemplazan rostros. Antonioni dice algo parecido: “Sabemos que bajo la imagen revelada hay otra que es más verdadera a la realidad, y bajo esta imagen aún otra, y aún otra debajo de esta última, hasta llegar a la verdadera imagen de esa realidad, absoluta, misteriosa, que nadie verá jamás…” Las imágenes son un juego de matrioshkas que apuntan a un misterio.
Pero este secreto no es exclusivo del cine de arte; lo podemos apreciar en grandes directores comerciales como Hitchcock. Basta recordar la escena de la regadera en Psycho, y cómo, a pesar del torrente de tomas distintas, ninguna muestra partes íntimas ni el cuchillo penetrando la piel desnuda, y sin embargo casi podemos jurar que presenciamos eso. Pero la escena que quiero apuntar, para dar paso a lo que más me interesa, es la de los besos intermitentes de Notorious. Limitado por la censura del Código Hays, que estipulaba que los besos en pantalla no debían durar más de tres segundos, Hitchcock ideó una solución: una serie de quince besos cortos en una sola toma. Para mí, esta escena resume pero también atenta contra mi tesis, que es que los besos son un misterio que es mejor no revelar y estropear en el cine. La escena es bellísima, pero no porque saque placer de ver actores besarse, sino por el ballet de los cuerpos, el vaivén entre diálogos (Ingrid Bergman: “Este es un extraño romance.” Cary Grant: “¿Por qué?” Ingrid Bergman: “Quizás por el hecho de que no me amas.”), y porque el misterio permanece: no sabemos bien las intenciones de Cary Grant.
No que crea impropio el ver una escena con besos; finalmente ellos pueden ser parte esencial de la historia, del desarrollo de los personajes. Mucho puede revelarse a través de ellos. El problema para mí se presenta cuando se tornan exhibicionistas, cuando no avanzan la historia, cuando son acompañados con música suave y un montaje de semidesnudos. Ahí es cuando la película parece solo estar repitiendo: “mira qué rico se besan”. La tensión comienza a disiparse, las acciones se vuelven redundantes y vacías, lo opuesto de lo que nos gustaría transmitir de un beso anticipado. El amor cortés entiende perfectamente las reglas, así como Lacan explicaría que la única manera de acercarse al objeto petit a es a través de espirales concéntricas que se acercan cada vez más sin atravesar el deseo.
Queda claro que, en estos tiempos, el misterio en los besos es escaso. Se revela mucha más intimidad en películas que se clasifican como románticas. Aunque la verdad es que no creo que eso arruine al cine que sí conserva el misterio; tampoco la existencia de la pornografía le resta poder al arte. Se siguen filmando películas que elevan el amor a algo casi sagrado; entre mis favoritas cuento In the mood for love de Wong Kar-wai, En la ciudad de Sylvia de José Luis Guerín y Una mujer en África de Raymond Depardon, las tres me inspirarían a filmar Fin amor, que espero agregar a esa tradición.
Ahora voy a brincar a Howard Hawks. Quería escribir exclusivamente sobre él, ya que este 30 de mayo de 2026 cumplió 130 años de haber nacido. Sin embargo, preferí abordar su cine de manera oblicua, o con una mirada al sesgo, como diría Žižek. Hawks fue un gran estoico; sus personajes lo atestiguan. No son carentes de emociones, pero sus demostraciones se dosifican a lo puramente esencial, y con eso tienen un poder mayor. Un buen director sabe que si un personaje no llora, el público lo hará por él.
En su largometraje Today we live, la protagonista se está despidiendo de su hermano, que irá a la guerra, y le pide un beso fraternal. Él se niega; nunca antes le había dado un beso, no cree justificada la excepción. Más tarde en la película, él ha tomado la decisión de sacrificarse para salvar la vida de quien ella ama. En esa despedida, le da un beso en la mejilla, sin que ella se lo pida, y es entonces que sabemos (yo lo vuelvo a sentir mientras lo escribo) que él ya no regresará.
Lo mismo que argumento sobre los besos lo extiendo a las palabras de amor. ¿Qué valor tienen cuando pululan y se regalan a la menor provocación? ¿Entonces abogo por la censura? Para nada. Me gusta que existan las distintas voces; desde el interminable erotismo de La vida de Adèle (2013) hasta el beso puritano de The kiss in the tunnel(1899). Aunque sí hay un ingenio que se desarrolló a partir de las restricciones del Código Hays, igual sueño con una historia alterna en la que eso nunca ocurre, y películas como Baby Face (1933) dan paso a otras más escandalosas, y quizás la revolución sexual se hubiera dado a finales de los años 30 y no de los años 60, cosa que se hubiera extendido por todo el planeta y sería otro mundo.
Igual seguiré esperando ese cine donde los besos no son mercancía, donde crece la tensión en la expectativa de un beso, donde las mentes recobren su imaginación erótica, donde una mirada sea la promesa de una vida nueva y el beso su culminación.



