‘Nightbitch’: la película que ¿deberías ver? este 10 de mayo

'Nightbitch' presenta en tono de comedia una idea supuestamente “diferente” de la maternidad y, como comedia, al principio es divertida, en algunos casos hasta genial e irreverente, pero no se atreve a ir más allá.

mayo 6, 2025

Por Daniel Espartaco Sánchez

México, 10 de mayo: globos, arreglos florales, Denisse de Kalafe, dibujos con brillantina, “Te quiero, mami”, marcos hechos con palitos, frases cursis en Hoy por cortesía de Andrea Legarreta, aburridos festivales en el jardín de niños, mariachis, machos alfa gritando al aire que su madre es una santa y que madre solo hay una, “Por mi madre, bohemios”, Sanborns llenos de abuelitas, filas kilométricas de hambrientas ancianitas de pelo naranja afuera de La Casa de Toño; y no olvidemos las loas a las capacidades reproductivas de la mujer porque el país necesita del bonus demográfico. En los supermercados, las mesas que colocan en la entrada te sugieren que mates lentamente a tu pobre madre de cirrosis o diabetes: galletas, chocolates, botellas de lambrusco (con los padres nomás te sugieren cirrosis y bebidas más fuertes). Telcel, Coppel, Elektra y Sears insisten en que tu madre necesita desesperadamente, pero ya, un nuevo teléfono celular para ver a Erica Buenfil bailar cha cha chá. Pero también hay que decirlo: hoy en día la maternidad es un tema de moda. En las librerías, las mesas de novedades están llenas de escritoras que cuentan sus experiencias al criar un hijo y cuestionar el concepto ideal de la maternidad que nos ha impuesto el heteropatriarcado; la manera como se ha esclavizado a las mujeres desde siempre.

            Y este es el tema de Nightbitch, cuya trama orbita alrededor de la pregunta ¿realizarse como mujer personal y profesionalmente y ser madre al mismo tiempo son compatibles? Nightbitch presenta en tono de comedia una idea supuestamente “diferente” de la maternidad y, como comedia, al principio es divertida, en algunos casos hasta genial e irreverente —pero no se atreve a ir más allá— para terminar insuflándonos el mismo discurso norteamericano, blanco y conservador de clase media al que estamos tan acostumbrados que ya ni nos damos cuenta. Los que abogan por el concepto tradicional y pazguato de la maternidad ya pueden estar tranquilos, aquí no se mancilla nada que sea sagrado.   

            Una madre (Amy Adams) decide dejar su carrera como artista conceptual para enfocarse a consciencia en la crianza de su hijo, un niño rubio imperativo y simpático cuya idea de la higiene resulta cuestionable. La vemos afanarse día y noche en su hijo, leerle libros infantiles, limpiando sus destrozos, preparando una y otra vez el desayuno y cargando al escuincle de un lado a otro como se carga una cruz, consciente de que esa fue su decisión, mientras su marido (Scoot McNairy) trabaja de sol a sol y viaja durante días. En plena crisis de la mediana edad, hablando sola como poseída, atascada en los suburbios blancos de los Estados Unidos de América en una casa de ensueño y en idílicos patios de juegos que ya quisieran los niños de Guatemala (problemas en el Paraíso), ha subido de peso y extraña el arte conceptual, a sus amigos snobs de la ciudad, brillar como artista, el sexo, cierta forma de paz, vamos, dormir, etcétera, etcétera. También se niega al principio a convivir con otras madres, entrar a esa cofradía de mujeres puestas con la serotonina, la dopamina, la oxitocina y las endorfinas que les producen sus hijos, mientras su matrimonio no parece ir bien y no puede conciliar el sueño debido al malcriado de su hijo, un niñito encantador, sí, pero que se niega a dormir (me recordó a mí, perdón, mami: «No me voy a dormir nunca», le dice el infeliz). Y existe cierta bestialidad en ser madre, nos dice la película, de tanto convivir con fluidos y otros instintos primarios que se agudizan, por ejemplo, el olfato. Nightbitch juega además con el tono fantástico para llevar la metáfora más allá, y sin embargo, hace juego con el realismo al pretender mantener lo disparatado como meramente simbólico (aunque, quién sabe). La madre comienza a sufrir cambios, más vellosidad en la espalda, y un apetito voraz por la carne cruda hasta desarrollar ocho ubres, mientras su marido la ignora como suelen hacer los maridos blancos en las películas (y en la vida real). «No quiero tener sexo contigo», le dice ella, «porque tengo ocho ubres», a lo que él asiente como si nada, embobado en una consola de videojuegos. Finalmente, la madre se convierte en una perra, una bitch, una nightbitch, que el pudoroso subtitulaje de Disney Latinoamérica traduce como “canina” (no vayamos a ofender a nadie con una traducción literal); atiende al llamado de la selva por las noches en compañía de otros perros, que la reverencian como diosa o reina y le traen toda esa clase de presentes que nadie quiere a menos que tengas hambre y vivas en Honduras: cadáveres de zarigüeyas, ratas, tejones y ardillas. Hay un gato en casa, por cierto, con trágico final. La protagonista también recuerda a su propia madre, cómo fue sojuzgada en una secta menonita y cómo también presentaba comportamientos extraños: caminar en cuatro patas y perderse en el bosque. La caninidad es como una herencia ancestral, al estilo de Cat People (1942) de Jacques Tourneur, pero esa bestialidad es inherente en todas las mujeres como deidades paganas. Somos diosas, le dice la mujer a las otras madres de las que se ha hecho amiga, porque ha ido aceptando su destino, creamos vida. Y ya se sabe, mujeres que corren con perros.

            Y todo va medio bien y medio mal, con tantos giros en la trama que harían llorar a Robert McKee, el autor de Story: Substance, Structure, Style and the Principles of Screenwriting, y que hacen que te remuevas en el asiento durante la segunda mitad. ¿Y la pregunta, que es también la premisa? ¿Realizarse como mujer personal y profesionalmente y ser madre al mismo tiempo son compatibles? Sí, sí, ¡es posible, madres de los Estados Unidos de América! Ahora vayan, reproducíos los unos a los otros. Hay que evitar a toda costa el Gran Reemplazamiento de los blancos. América las necesita. Finalmente, Disney la jodió con Searchlight Pictures, la rama “independiente” de Fox, al grado de que en algún momento me pareció estar viendo algo de Disney de los años ochenta. El final resulta conservador, sin atreverse a explorar más allá en el humor negro para terminar siendo una película familiar con dos escenas de sexo velado que prometía mucho, pero dio poco.

¿Vale la pena verla? Mejor lleva a tu mami a comer a La Casa de Toño, no seas mal hijo.

Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.

Compartir:

Usamos cookies para mejorar tu experiencia y personalizar contenido. Al continuar, aceptas su uso. Más detalles en nuestra Política de Cookies.