Por Cynthia Rodríguez
Todo lo que crees saber de Monterrey es una gran mentira. Un discurso conformado a partir de múltiples narrativas, conformadas a su vez por relatos previamente autorizados por quienes están en el poder. O por quienes quieren hacernos creer que lo están.
Este discurso da forma al imaginario que hemos heredado, de adentro hacia afuera, por generaciones. Entre estas imágenes, se crean, con o sin permiso, los conceptos de cultura e identidad que dan la ilusión de que somos distintos: del resto del país, del norte, del estado. Aún en nuestras propias colonias, cada vez más fragmentadas en feudos, persiste la idea de que somos distintos al resto de la ciudad.
En La lucha templa el espíritu: Ideología y resistencia en Monterrey, Aldo Salazar deconstruye el monolito ideológico que define la llamada “identidad regiomontana”. Con evidencias y estudios, Salazar identifica y desmonta los diez mitos principales que la cultura dominante sostiene que significa ser regiomontano. Mitos que se han construido desde tiempos coloniales, reforzados después con vidrio, concreto, y acero, por las grandes familias industriales; borrando los límites entre Estado, comercio e Iglesia, mientras demarcan fronteras internas que todavía nos dividen.
1. La ética protestante: “a jalar que se ocupa”
Así decía un gobernador de nuestra historia reciente. Pero más que una ola, el pilar del gran meme que fue el Broncowave es un océano que viene de Europa y desemboca en un río que arrasa con todo a su paso desde el país vecino del norte. De dientes para afuera, seremos muy católicos, pero la obsesión por el trabajo encuentra más su reflejo en lo que Max Weber llamaba “la ética protestante y el espíritu del capitalismo”.
En su libro del mismo nombre, Weber encontró que el calvinismo y el puritanismo post-luterano alejaron a los feligreses de la idea de servir a Dios desde el aislamiento y el ascetismo, pues su destino era llevar una vida recta, productiva, y en servicio a los demás. No trabajamos para vivir, sino que vivimos para trabajar, porque es en el trabajo donde nos conectamos con el santísimo. Es ahí donde, parafraseando el lema de Monterrey, “templamos nuestros espíritus”.
Esta creencia en la predestinación, y en el trabajo como vocación divina, le funciona de maravilla a las clases más elevadas. Según Salazar:
El catolicismo regiomontano no compitió con la ética protestante, se complementaron. La burguesía regiomontana abrazó la doctrina social de la Iglesia católica dado que ésta promovía la armonía entre clases y la resignación en vida. Para las familias más acaudaladas, el perseguir fines de lucro estaba justificado dado que entendían su propiedad y sus empresas como la responsabilidad de administrar un bien ajeno, una vocación, una misión.
A jalar que se ocupa, porque así mantenemos el orden divino. Según este orden divino, “el pobre es pobre porque quiere” se transforma en “el pobre es pobre porque Dios quiere”. Y cuando el rico le da trabajo y el pobre lo acepta, ambos se ganan las puertas del cielo.
2. Excepcionalismo: «somos únicos y detergentes»
Seamos ricos o pobres, al seguir nuestra aparente labor divina, se nos hace creer que los regiomontanos somos excepcionales. Nos alzamos ante todos los obstáculos, existan o no. Si bien varios grupos religiosos, geográficos y socioculturales se ven a sí mismos como “los elegidos”, el mito regiomontano dice que somos superiores porque somos chambeadores. Porque, más allá del cansancio, nos levantamos a diario para levantar una urbe desde la aparte “nada”.
Somos tercos. Somos fuertes. Aguantamos la vida a 42 grados, aunque sea primavera. Aguantamos días sin bañarnos cuando nos cortan el agua. Seguimos trabajando bajo el candil de las velas cuando nos cortan la luz.
En el sur, dice el prejuicio, sacas un brazo por la ventana y bajas un mango de un árbol. Acá tomas horas de tu vida prendiendo el carbón y asando la carne por la que fuiste manejando en tu troca hasta tu carnicería favorita.
La vida es dura, pero nosotros más. Nada de siestas y nada de hamacas. Por eso tenemos tantos rascacielos. Por eso 50 mil pesos son “un sueldito”. Porque nuestro trabajo, se dice, vale mucho más que eso. A fin de cuentas, creamos una gran ciudad en medio del desierto. ¿O no?
3. Polvo y desierto: “antes todo esto era un monte”
Somos todo y salimos de la nada. Al menos eso es lo que dice uno de los mitos del regiomontano. Salazar reproduce fragmentos del “Credo de Nuevo León”, un texto cuasireligioso en el que el periodista y político del porfiriato, Nemesio García Naranjo, exalta su creencia en un estado que, según él, brotó entre las condiciones más hostiles. Con pura tenacidad y perseverancia, García Naranjo dice que hacemos “brotar manantiales de las rocas”, generamos “industrias florecientes” y, con nuestra fe cristiana, convertimos “los desiertos en vergeles y los ocasos en auroras”. Nuestros suelos no serán fértiles y nuestras montañas no tendrán oro ni plata, pero la vida crece en nuestros espíritus y la fortuna se multiplica en nuestros corazones. Y en nuestros bolsillos.
Pero no somos bacterias en cajas de Petri, ni nos formamos por generación espontánea. En realidad, el polvo y el desierto no representan todas las formas de vida que han estado aquí siempre. Monterrey no surgió a pesar de la falta de agua natural, sino gracias a su abundancia. Al comienzo de nuestra revolución industrial, las fábricas se alimentaban de fuentes de agua como la Cola de Caballo, el arroyo Santa Lucía, el Río La Silla, y las aguas del Topo Chico. Antes de que lo drenaran por tanto tiempo, el Río Santa Catarina también fue un río.
El mismo Diego de Montemayor, al fundar la Ciudad de Nuestra Señora de Monterrey, describe a la ahora capital industrial como un:
lugar apacible, sano, de buen temple y buenos aires y aguas y muchos árboles frutales […], muchos montes y valles, pastos y ríos, ojos de agua, manantiales y muchas tierras para labores de pan coger, muchas minas de plata […] sitios para ganados […] y de otros muchos aprovechamientos
Todo lo que García Naranjo juraba que no teníamos, ya estaba aquí.
Tampoco estamos en medio de la nada. A pocas horas manejando, y mucho menos tiempo en tren, llegamos al puerto de Tampico, a la frontera con Texas, o al altiplano central.
Más que venir de la nada, venimos de un todo y nos conectamos a un todo. Pero eso no nos conviene porque entonces ya no seríamos especiales. Ni especialmente chingones, ni especialmente dóciles, ni especialmente “oprimidos”.
4. Separatismo: CDMX y el resto del país “nos oprimen”
El regiomontano mitológico será muy fregón, chambeador y supremo, pero como fanático del partido en turno, se sigue sintiendo falsamente en peligro. Trabaja por mandato divino, sí, pero también está convencido de que el gobierno federal lo explota y no le da lo que realmente merece.
El separatismo norteño, en especial el regiomontano, ve al resto del país como un obstáculo para alcanzar su potencial. El gobernador anterior decía “a jalar que se ocupa”. El gobernador actual dice que “en el norte trabajamos, el centro administra y el sur descansa”.
No es que las familias poderosas metropolitanas privaticen los bienes comunes o destrocen las áreas verdes que tanto nos dicen que nunca existieron. No. El problema, según el mito, es que le subsidiamos todo a los chilangos, a los chirihuillos, y a cualquiera cuyo gentilicio comience con “ch”. Tienen selva en vez de fábricas nada más por huevones. Tienen más museos y centros culturales para alimentar su ocio. Tienen árboles en las avenidas, malecones, ciclovías, porque tata gobierno se los da, y acá todo nos lo ganamos con el sudor de nuestras frentes.
Según el mito, los regiomontanos les damos todo y ellos no nos dan nada. Cuando el gobierno y la industria generan periodos de escasez artificial, nos quejamos de que el centro y el sur no nos ayudan. Cuando el cambio climático hace de las suyas y arrasa sus comunidades, nos burlamos “pa’ que vean lo que se siente” que nadie los ayude.
El mito regiomontano nos muestra como oprimidos con ínfulas de opresores. Como europeos o texanos frustrados que no pertenecen al resto de México. No solo por aspiraciones de soberanía geopolítica, sino también por cuestiones raciales.
5. Construcción racial: somos más “blancos y europeos”
Muchos de los argumentos que separan a Monterrey del resto del país harían ladrar a todos los perros de la cuadra, como silbatos (no tan) silenciosos que apenas disfrazan su racismo.
Así como el mito regiomontano cuenta que el terreno era salvaje, también cuenta que su gente lo era. Se dice que aquí no vivía nadie, implicando básicamente que las tribus nómadas y semi-estables que habitaron estos territorios, no eran nadie. En municipios como Mina y García aún encontramos sus vestigios, entre petroglifos que muestran árboles que ya no están, cielos que ya no se ven, y animales que ya no encuentran dónde vivir sin que alguien los grabe con su celular.
El discurso oficial apenas menciona a los pueblos originarios. Los colonizadores no los consideraban para su proyecto. Salazar dice que no podrían considerárseles “los primeros nuevoleoneses” o “los primeros regiomontanos”, pues “tanto el reino como la ciudad buscaban su asimilación, o, en su defecto, su aniquilación”.
Las plagas europeas arrasaron con muchos. Los sobrevivientes fueron esclavizados o trabajaban como siervos “libres”. Aún después de la Independencia de México, la prensa tildaba como apaches desalmados a quienes no se asimilaban. Lo poco que sabemos de estos pueblos originarios, bajo el paraguas de “tribus coahuiltecas”, fue registrado por misioneros con fines evangelizadores.
Según el mito, somos descendientes directos de la blanqueza europea. No somos mestizos hijos de la chingada. Y si alguna vez lo fuimos, nuestros ancestros “mejoraron la raza” al mezclarse con franceses, italianos, irlandeses, alemanes. Se dice que somos blancos, y si no lo parecemos, es porque nos quemó el sol.
6. Heroificación del colono ibérico: viva Don Diego D
La estatua frente al cuerpo de agua al centro de la ciudad. La mascota del Museo Norestense rindiéndole pleitesía. Don Diego de Montemayor es un personaje muy venerado en la mitología regiomontana. Si Los Simpson fueran regiomontanos, Don Diego sería Jebediah Springfield. Grande, ilustre, letrado. Aunque el estereotipo desde el resto del país (y desde la mentalidad memera del Broncowave) lo vea más como Shelbyville Manhattan, fundador del pueblo vecino donde los hombres se casan con sus primas. “Es que están muy bonitas”, diría la caricatura.
Antes de aquel sagrado 20 de septiembre de 1596, fecha oficial de la fundación de Monterrey, se dice que no había nadie ni nada. Pero en menos de un siglo, hubo incluso mucho menos. El capitán Juan Bautista Chapa se jactaba de que los españoles habían extinguido a más de 160 tribus en Monterrey, Cadereyta y Cerralvo, con mucho esfuerzo y “sobresaltos”. Total, ¿había muchas personas o ninguna? Ni los constructores del mito regiomontano se ponen de acuerdo.
Sería fascinante que Salazar deconstruyera más el mito de Don Diego de Montemayor, así como Lisa Simpson quiso desenmascarar a Jebediah Springield como el pirata Hans Sprungfeld. Pero sobre ese mismo mito del colono ibérico, se construye el mito de las familias industriales que expandieron y elevaron la ciudad más allá de ese terruño alrededor de un ojo de agua.
7. Heroificación de las élites: vivan las familias industriales
México ya se había liberado de España, pero en Monterrey alguien más tenía que ocupar ese trono.
Aunque ya contábamos con fábricas como La Fama y el Porvenir, a finales del siglo XIX el porfiriato otorgó terrenos e incentivos fiscales a quien invirtiera más de 250 mil pesos en fábricas. Así que las familias de alcurnia que habían venido desde Europa y Estados Unidos aprovecharon para fundar grandes compañías en la región, como Cervecería Cuauhtémoc, Vidrios y Cristales (hoy Vitro), Fundidora de Fierro y Acero, y Cementos Hidalgo (hoy Cemex).
Así comenzó una relación de acción y reacción entre patrones y obreros, una maratón de Uno que sigue pasando hoy en día. Cuando los trabajadores exigían mejores condiciones, eran reprimidos. Cuando la violencia empresarial se desbordaba, vino la Revolución. Tras la caída del porfiriato, el norte ofició un matrimonio entre la burguesía y la política, que en los años 30 se encontró con un tercero en discordia a través del sindicalismo de Lázaro Cárdenas y la nueva Ley Federal del Trabajo.
Entonces las empresas crearon “sindicatos blancos”, departamentos de recursos humanos disfrazados de representación obrera, promotores de lo que Lylia Palacios llamó “cultura de trabajo de colaboración subordinada”. Frente a ellos, los “sindicatos rojos” operaban por su cuenta, como el de Fundidora, que sobrevivió décadas.
Luego vino el “paternalismo capitalista”: la empresa como una gran familia en la que el patrón, como un patriarca, le daba a sus empleados vivienda, salud, educación, deporte, vida social, en colonias especiales para los obreros. Les “facilitaban la vida”, pero no podían quejarse de sus condiciones laborales. Las prestaciones se daban a cuentagotas, como si fueran favores.
Estos actos de represión se han ido acumulando como una caja de herramientas que pueden usar los patrones como les parezca necesario. El empleado simplemente se calla y agradece. Esta ideología se extiende más allá de las fábricas y las oficinas. No hay museo, convocatoria, investigación o exposición sin el patrocinio de las familias industriales. Lo que empezó como estrategia política para formar trabajadores leales, hoy es simplemente la cultura regiomontana.
8. Colaboración subordinada: respeto a jerarquías laborales
Según la Comisión Estatal Electoral de Nuevo León del 2021, el electorado del estado se inclina más a la “derecha” que el resto del país. Esto es reflejo de décadas de narrativas industriales interiorizadas y una constante difusión de los intereses empresariales como si fueran el bien común.
Aquí, en vez de exigir que el espacio de trabajo sea más justo o democrático, el ideal es subir de puesto para ganarse el derecho a decidir. No transformar el sistema, sino llegar a tomar decisiones dentro de él. Bajo el modelo paternalista de las empresas regiomontanas, los trabajadores han absorbido la idea de que “solo el trabajo subordinado, disciplinado, jerárquico, podría conducir al mejoramiento de las condiciones de vida”.
Según la ética protestante en la que todo tiene razón de ser, “el pobre es pobre porque Dios quiere”. Pero si le echas ganitas, tal vez tú también llegues al cielo. O al menos a un puesto en el que recibas los derechos que, en teoría, todos los seres humanos deberían tener.
9. Centralidad en el norte: Monterrey es NL y Monterrey es el norte
Esto es algo en lo que he estado pecando a través de este ensayo. Referirse a la capital como si fuera sinónimo de todo el estado, e incluso de todo el norte del país. Desde Anáhuac hasta Mier y Noriega. Desde Chihuahua hasta Tamaulipas.
Según Salazar, nueve de cada diez personas en Nuevo León vive en el Área Metropolitana de Monterrey, pues aquí se concentra la inversión estatal. Mientras tanto, el campo es visto como sinónimo de atraso, pobreza, y abandono. Como algo de lo que es necesario escapar para tener una vida mejor. Una vida industrial, progresiva, ruidosa y contaminada. El estado presume riqueza, pero sus zonas rurales están entre las más pobres del país. A veces no solo se les margina, sino que se les desplaza para alimentar el crecimiento urbano.
Ni la ciudad misma se salva. La gentrificación devora espacios históricos como Barrio Antiguo y el Obispado. La gente se ve obligada a vivir aquí, pero cada vez es más caro, y para eso tenemos que trabajar más. Con suerte, si trabajas para las grandes familias industriales, hasta subsidios te pueden conseguir para rentar un departamento cercano y vales para gasolina. Así, les pagas con tu tiempo, tu esfuerzo, y tu identidad. La de todos.
10. ¿Un pueblo sin historia?
La ideología hegemónica regiomontana se podría resumir así: Antes todo esto era monte y unos cuantos salvajes, pero llegamos a colonizar, nos pusimos a jalar, y ahora somos los más grandes a pesar de los “haters and losers” del resto del país, de la región, y hasta del estado mismo.
Nuestros héroes son los colonos que “fundaron” la ciudad y los empresarios que la “levantaron”. Los espacios artísticos y educativos reproducen el discurso del “capitalismo social”, basado en una “cultura empresarial” que promueve “el desarrollo económico y el bienestar general”.
Pero a nivel del suelo, más allá de los rascacielos y los discursos oficiales, hay otro Monterrey. Uno que cuestiona, resiste, y busca transformar a la cultura dominante y a todos sus mitos.
Una ciudad con muchas historias
En La lucha templa el espíritu, Salazar nos pide pasar hacia la desindustrialización y la descentralización por el bien de la región y de los seres que la habitan. Propone “abrir el gobierno a una democracia radical” en la que todas las voces sean escuchadas y cada localidad cuente con su propia asamblea. Donde las decisiones se tomen de abajo hacia arriba, y no al revés. Ante el caso omiso de los gobernantes que exaltan al trabajo y a la industria por encima de todo, también apoya el camino de la autogestión, en el que los vecinos de colonias como la Independencia resisten al desplazamiento y velan por el bien de las comunidades.
También están, por supuesto, el arte más allá de los museos. La educación más allá de las universidades. La lucha de organizaciones como la Asamblea Feminista de Nuevo León, el colectivo Un Río en el Río, y la Secretaría de Participación Ciudadana.
Somos seis millones de personas en Monterrey y su área metropolitana. Seis millones de historias distintas que pueden concentrarse en miles de comunidades. No es realista que todas y cada una de estas historias sean la misma del chambeador que se siente europeo. Aunque, técnicamente, ser nosotros mismos y unirnos por causas encaminadas al bien de todos, es un trabajo en sí. Un jale que verdaderamente se ocupa.

Aldo Salazar (2024) La lucha templa el espíritu: Ideología y resistencia en Monterrey. Monterrey Antropológico/Kooperativa Rayenari



