Por Gilma Luque
Notas sobre Antes de Otis de J.M. Servín
«En realidad, estoy frustrado por no saber mostrar mi amor a la vida, a Bere, y todo esto aturde relacionarme conmigo mismo, con los demás, sin disimular mi miedo al abandono».
Es el cumpleaños número sesenta del narrador y protagonista de esta novela, quien decide festejarlo con su pareja y un grupo de amigos en Acapulco. Se hospedan en el Hotel Flamingos, legendario por ser el escenario de grandes fiestas orquestadas por Orson Welles y otros personajes importantes de la farándula gringa en el tiempo en el que se quería convertir el puerto en un paraíso tipo Las Vegas, más o menos por 1950. También en ese hotel vivió Johnny Weissmuller, el conocido y admirado Tarzán, donde tenía su propia cabaña y también el lugar de su muerte cuando ya estaba enfermo y disminuido. Sin embargo, el Acapulco al que llegan este grupo de amigos, carece de lujo. Ni el hotel ni el puerto brillan como lo prometían sus fantasías. Tampoco es el Acapulco de Luis Miguel y el Diamante Negro, ni esa época noventera del mítico Baby’O. Ni siquiera es el Acapulco que el narrador y sus amigos, en su mayoría chilangos, recuerdan de su infancia y las vacaciones en distintos hoteles de medio pelo. La ciudad a la que llegan está en decadencia. No es la playa dorada ni el glamour deseado.
El protagonista se siente un hombre acabado y por más que intenta disfrutar de esas vacaciones en su honor, le es imposible. El sol y la humedad le hacen daño, entra en una suerte de sopor que lo lleva al delirio y a un viaje en la memoria. Un delirio articulado ya hecho letras. El hilo conductor son los distintos Acapulcos, los cuales le sirven para contar una parte de su vida desde su infancia, las vacaciones con su hermana mayor, su padre y su hermano Eduardo. El narrador nos lleva a la conciencia de ese niño que es feliz mientras coma y pueda chapotear en las albercas de hoteles caros hasta que los saquen o cazar cucarachas para quitarle las alas. Ahonda en esos sentimientos, en la pobreza, en la suerte, incluso en la desfachatez.
Estamos ante un narrador honesto, sin nada que perder. Por eso nos vamos a otro Acapulco detenido en el tiempo: un viaje que hace con una de sus exparejas con quién lleva algunos años y cuya la relación amorosa parece haber sido arrasada por un huracán y sólo quedan ruinas, desplantes, indiferencia e incluso odio. El amor cuando se acaba, destroza. El narrador, además de alcoholizarse busca una droga más fuerte, el peligro reside en los amañados lugareños y también porque, en ese puerto miserable captado por el narco, el que no transa no avanza.
Antes de llegar a un nuevo Acapulco en la memoria del protagonista, hacemos una parada en París (otro paraíso que no lo es). El narrador es más joven, está enamorado y quiere ser escritor. Su circunstancia le impide vivir como lo ha imaginado (y nos imaginamos todos que se debe vivir en París, como el Club de la serpiente en Rayuela, pero sin el romanticismo impuesto o como Sartre y sus secuaces, pero sin ser francés y protagonistas de una época, aunque nuestro narrador es existencialista sin duda alguna). El París al que llega es el del migrante, el del desempleo, el de la pobreza. Ni toda la pasión que siente por Margot, su esposa francesa, lo salva de la decadencia, de la suegra invasiva y dominante, del fracaso. Es ahí donde le avisan que ganó un premio literario en México y tiene que ir a recogerlo. El viaje de vuelta lo hace solo, con la ingenuidad de que esa es la puerta para ser el escritor que quiere ser, por lo que ha trabajado. Un premio de varios miles que se gasta en unas vacaciones con su familia y su esposa francesa en Acapulco.
El Acapulco real, no el de nuestros anhelos, aparece nuevo. La vida real también. Desazón, derroche e infelicidad. El sol no se tapa con un dedo. Otro huracán. Esa historia de amor tampoco tiene futuro, también es amarga. Ese premio no abre las puertas de nada.
Regresamos al Acapulco del presente, su cumpleaños número sesenta, sus amigos clasemedieros y entusiastas: el centro, Playa Hornitos, vendedores ambulantes, cervezas frías, camarones calientes y desabridos, la famosa Quebrada, cubas, gins, el Flamingos y su alberca rentada a lugareños con tres o cuatro bocinas al mismo tiempo: tormenta, mapaches, desgana. Las vacaciones se acaban, la vida continúa.
Esta es una novela lúcida, llena de historias y detalles. Anécdotas que recordaremos los lectores por sus particularidades.
Dice Karl Ove Knausgård que «… conseguir dar vida a lo que está ahí, hacer que brote desde debajo de los conceptos que lo tienen sujeto con mano firme, eso solo lo puede hacer la novela». También dice que todo aquello que vivimos suele estar organizado en forma de relato, de ese algo que surge desde dentro. «La novela ve el mundo desde dentro y lo deja abierto». Dejar el mundo abierto es escribir.
Así, Antes de Otis es una novela con todas las letras. Una biografía elegida. La vida es lo que creemos recordar porque la memoria es invención pura. Damos voz a lo que no lo tiene. Hacemos ficción, razón por la cual el protagonista se encuentra con Johnny Weissmuller, Charles Manson y Jack Kerouac. Por eso, Lucio, el padre del narrador, se avienta un clavado a 35 metros desde la Quebrada y Teresita, su esposa, le pide que no lo vuelva a hacer; por eso Servín y Bere, su pareja actual, desde los acantilados del decadente Hotel Flamingos contemplan el horizonte negro mientras escuchan la oscuridad.
Dice en el epígrafe de Richard Yates que estar solo no tiene nada que ver con cuántas personas hay alrededor. Tal vez la soledad sede ante el encuentro con uno mismo. Y entonces somos capaces de soportar todos los paraísos y los huracanes que los arrasen.
Gilma Luque (Ciudad de México, 1977) es autora de Hombre de poca fe (Mondadori, 2009), Mar de la memoria (Ediciones B, 2014), Obra negra (Almadia, 2016) y El hombre en el jardín (Hachette, 2025), entre otros libros. Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores del año 2020 al 2023.
Imagen generada con IA a partir de la portada original de Antes de Otis, de J. M. Servín. Escena y ambientación de playa en Acapulco creadas digitalmente para Revista Posdata.



