El fraude de los premios literarios “de prestigio”

Muchos de estos premios organizados por editoriales son negociados por agentes literarios mucho antes de que salga la convocatoria, y, en algunos casos, mucho antes de que la obra “premiada” esté concluida.

abril 6, 2026

Por Daniel Espartaco Sánchez

Si bien no es una verdad universalmente reconocida, es un secreto a voces que, salvo honrosas excepciones, los grandes premios literarios, aquellos que organizan las editoriales “de prestigio”, y un par de entidades más, no son exactamente competitivos (Nota: no me refiero a los premios organizados por entidades públicas, con dinero de los contribuyentes, en donde también se cuecen habas, pero de forma muy distinta). Muchos de estos premios organizados por editoriales son negociados por agentes literarios mucho antes de que salga la convocatoria, y, en algunos casos, mucho antes de que la obra “premiada” esté concluida.

            —Si quieres un premio, dime con tiempo —me dijo una vez un agente—, para irlo negociando…

Porque si una editorial comercial reúne una cantidad considerable de dinero, a veces de hasta seis ceros, y gasta un montonal en publicidad para anunciar el certamen con bombo y platillo, no es precisamente por amor al prójimo o para promover las bellas letras, sino porque se trata de un negocio. Ay del ingenuo público general, y de los entusiastas periodistas que se tragan que tanto la obra como el autor en cuestión entraron al certamen en buena lid a competir con los cientos o miles de manuscritos enviados desde todos los rincones del país o de Hispanoamérica. Hay que saber de qué lado masca la iguana.

            ¿Quién gana? El autor, por supuesto, que recibe su dinero, el agente, que cobra el diez o el quince por ciento, la mamá del autor, que se siente orgullosa, y la editorial, que se forra de billetes con las ventas del susodicho libro. ¿Quién pierde? La señora que se quemó las pestañas escribiendo la historia de su abuelita en los tiempos de la Revolución; el joven estudiante de letras que apenas si tiene para comer, pero que gastó todos sus ahorros en imprimir tres tantos de su infumable novela total de cuatrocientas páginas, el engargolado y el envío por paquetería hasta la Madra Patria, con lo caro que esto sale, verdad de Dios. Mejor se hubiera gastado ese dinero en mandar imprimir su tesis manida sobre Juan Rulfo o Roberto Bolaño que nunca nadie va a leer, ni sus padres ni su novia. O tal vez el abogado de provincia que mandó sus tres tantos lujosamente encuadernados en cuero de cerdo; en resumen, todos aquellos que ya se veían catapultados a la fama, ungidos de gloria y en todos los periódicos y en el Canal 22. No faltan los paletos que celebran al premiado, los que creen que el premio es producto de un gran talento y de muchas horas nalga frente a la pantalla del computador, cuando sólo basta con conseguirse un buen agente literario y estar ahí, en el lugar y el momento precisos, o tener una linda cara y a veces ni eso.  

            Nada de malo tiene que una editorial decida a manos de quién va a parar su dinero, pero, ¿por qué abrir una convocatoria al público general? Estrategias publicitarias del siglo pasado: generar expectativas entre los cientos de miles de aspirantes a escritor y aficionados, consumidores potenciales del producto final, cualquiera que este sea. ¿Por qué negociar el ganador a puerta cerrada, en lo oscurito, a espaldas del público? ¿Por qué tanta opacidad? Por más bueno que sea el ganador, ¿no se trata de un fraude? Y cuál sería la calidad moral de los premiados que aceptan este trato, porque tanto editores como agentes ya sabemos que no la tienen. Las respuestas, querido amigo, flotan en el viento.

Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.

Foto: Juan García | Pexels.

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