¿Qué demonios es ‘El brutalista’?

'El Brutalista' es una película bella por cuyos espacios uno puede deambular, desde las frías galerías de mármol de Carrara hasta el elefante blanco de concreto en cuyo entorno gira la trama. Pese a las cuatro horas de duración.

febrero 17, 2025

Por Daniel Espartaco Sánchez

El argumento es sencillo, László Tóth, un ficticio arquitecto, cuyo nombre suena muy húngaro (interpretado por el melancólico Adrien Brody) llega a Estados Unidos después de haber sobrevivido al holocausto nazi. La guerra y la persecución lo han separado de su familia, su esposa Erzsébet (Felicity Jones) y su sobrina, Zsófia (Raffey Cassidy), que se han quedado en la Hungría comunista. El único contacto que tiene en el nuevo mundo es el asimilado primo de su esposa, Attila (otro nombre bien húngaro), que se ha cambiado el apellido a Miller y se ha casado con una rubia gentil, una shikse fatale, ya se sabe, como todas las shikse. Pese haber tenido su propia empresa y su propio estudio en Budapest, László Tóth intenta comenzar de nuevo y desde abajo diseñando, construyendo muebles para la modesta fábrica de su primo político, hasta que el destino lo lleva rediseñar la biblioteca de un magnate de la construcción, Harrison Van Buren (Guy Pierce) —un epítome a destiempo de Cornelius Vanderbilt y Andrew Carnegie enriquecido por la guerra—, que lo echa a patadas sin pagarle ni sus honorarios ni el costo de los materiales. Debido a esto, y a una falsa acusación de insinuación por parte de su esposa, la shikse fatale, el primo Attila lo corre de su casa. László vive ahora en un albergue, se vuelve asiduo a la morfina, y realiza toda clase de trabajos pesados, hasta que es buscado por Van Buren, quién ha descubierto su verdadera identidad y valía como arquitecto a través de revistas especializadas y le encarga un proyecto monumental, terminando así con la primera parte del filme. Tras un intermedio de 15 minutos vemos a László reunirse con su esposa y su sobrina, pero Erzsébet padece de una osteoporosis provocada por la hambruna y debe usar una silla de ruedas. Finalmente, la mayor parte del segundo capítulo gira en torno de la construcción del monumental edificio de estilo brutalista, el estira y afloja entre el pragmatismo y el filisteísmo norteamericano y el sentido de la belleza de la vieja y decadente Europa (kétchup versus paprika), las dificultades de László y Erzsébet para adaptarse a su nuevo país y la relación tirante entre László y Harrison Van Buren sobre la cual la Bola en la Ingle debe callar discretamente, como una Scheherezade al terminar la noche. Baste decir que al final, el verdadero significado del elefante blanco será revelado, porque todo relato debe tener una historia secreta. O eso dicen.

Luego de cuatro horas dentro de una oscura sala cinematográfica, al salir al tráfico de la ciudad en plena noche, en busca de algo para cenar, la Bola en la Ingle no puede dejar de cavilar cuál es el tema de El Brutalista de Brady Corbet y la guionista Mona Fastvold. ¿Estamos frente a un monumento del cine, tan sólido como pretende ser el edificio brutalista de László Tóth? ¿O bien, estamos frente a una obra de cartón piedra cuyos cimientos se resquebrajan como el ídolo con pies de barro en el sueño de Nabucodonosor que interpretó el profeta Daniel? ¿Es el producto del ego desmedido de un director todavía joven? ¿Hacían falta cuatro horas para contarnos esta historia? ¿Hago muchas preguntas retóricas? ¿Qué significa todo esto? A lo mejor puede leerse desde varios ángulos, primero un filme sobre arquitectura, segundo, un filme sobre la relación entre el artista y el mecenas, tercero, una fábula sobre la inmigración, sobre el exilio y lo que significa ser un apátrida. “No nos quieren, nadie nos quiere aquí”, le dice László a Erzsébet durante una discusión. A lo mejor El Brutalista no hace referencia a un estilo arquitectónico que expone el concreto de manera desnuda, sino a la visión deshumanizada y caprichosa del espíritu norteamericano encarnada en Harrison Van Buren, su familia y un ejército de ingenieros, constructores de barcos, hoteles y centros comerciales, que nada entienden de arte. Sin embargo, El Brutalista es una película bella por cuyos espacios uno puede deambular, desde las frías galerías de mármol de Carrara hasta el elefante blanco de concreto en cuyo entorno gira la trama. Pese a las cuatro horas de duración, vale la pena aplaudir que en ningún momento el argumento se base en sobresaltos o en cualquier truco barato (la Bola en la Ingle odia los trucos baratos), sino en una tensión que descansa en los diálogos, principalmente en lo visual, y el hermoso score de Daniel Blumberg.

Largo y tendido podría hablarse de innumerables detalles, pero tampoco es una película de profundidad abismal. Desde un principio simpatizamos con Brody porque se apela al pathos y al viejo recurso del hombre pequeño frente al entorno social despiadado; el supuesto hombre visionario que sólo busca la belleza entre las aguas heladas del cálculo egoísta; la vieja cultura europea frente a los nuevos ricos norteamericanos que no entienden un carajo; el hombre pobre frente al desprecio de los poderosos, etcétera, etcétera. El resultado final parece calcado de alguna parte (todas esas novelitas europeas que le frieron el cerebro a la Bola en la Ingle y también seguramente a Brady Corbet), un monumental y a ratos maravilloso capricho que toma elementos de muchas partes, como si Tarantino hubiera trabajado en un videoclub de arte, con todo The Criterion Collection, y no en uno piojito, de barrio. Estamos frente a un gran ejercicio de vanidad en cinco idiomas: inglés, yidis, magiar, hebreo e italiano; un compendio de personajes tipo, marionetas en un hermoso decorado, totalmente apto para engatusar a los muchachitos presuntuosos que van a los festivales de cine y toman café de cinco dólares y, ya entrados en gastos, a los miembros de la Academia.  

¿Vale la pena verla? Sí, pero hay que ponerte una cateterización urinaria para no perderte ni un minuto.

Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.

Foto: A24 | The Brutalist.

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