Sobremesa

Dada la afectación que priva en foros institucionales y académicos, prefiero seguir frecuentando, de vez en cuando, algunas mesas en lugares informales, menos rígidos. Incluso creo que seguir escribiendo/convocando la lectura de otros —aunque no los conozca— es invitarlos a esta mesa impresa...

noviembre 14, 2025

Por Eduardo Ramírez

La esfera pública es un espacio de discurso y deliberación colectiva, que está abierta a la participación voluntaria de cualquier persona.

Diccionario de Estudios Culturales Latinoamericanos

Solo en una sociedad emancipada, que hubiera conseguido la autonomía de todos sus miembros, se desplegaría la comunicación hacia un diálogo, libre de dominación, de todos con todos, en el que vemos siempre el paradigma de la recíprocamente constituida identidad del yo como también la idea del verdadero consenso.

Jürgen Habermas

2/11/25. Mi modelo de aprendizaje ha sido una mesa donde la conversación teje relaciones y experiencias.

Ese espacio es como la hoguera primigenia alrededor de la que se reunían familias y clanes a compartir mitos, narraciones y sentidos.

Hace unos días, en una cantina nos reunimos para dialogar sobre el papel del espectador en la recepción de imágenes. Eso generó en mí ecos y repercusiones de otras mesas y otros diálogos —como una caja china de paredes porosas— en las que me he involucrado y que hoy se traslapan cada que me siento a platicar con otros.

Cuando estudiaba la carrera, dependiendo de la cafetería y el «origen» de la mesa, se daban distintas conversaciones. El Borrego llevaba a charlas más íntimas y profundas. En Centrales, por su extensión, se dibujaba una topografía que distinguía carreras y estados de origen de los estudiantes. Yo participaba indistintamente en dos tipos de mesas, la de estudiantes de San Luis Potosí y en la mesa de Letras.  

A pesar de estar a pocos metros de distancia las charlas eran diametralmente distintas. La mesa de Letras era un espacio abierto que operó como origen de proyectos, mesa de redacción de El Borrego (periódico estudiantil histórico que dirigí hasta su autodestrucción), discusiones tal vez ingenuas, pero nunca inútiles. Tal vez porque éramos pocos alumnos en Letras, teníamos la pretenciosa dinámica de invitar a nuestra mesa a gente que nos pareciera «interesante». Gracias a eso llegaron personas que, aunque no conocíamos, al aceptar sentarse en esa mesa de marginados raros, aportó temas y perspectivas a esa conversación común (un arquitecto que venía de Los Ángeles con su gabardina negra, su look new wave y gay, un ingeniero mecánico que tenía un acervo literario mayor que algunos de nosotros, un ingeniero químico que componía canto nuevo y cantaba en una peña por las noches, un licenciado en Física que a la fecha sigue escribiendo poesía). 

Años después, como maestro, en reacción a las categorías de las agencias certificadoras, decía que el verdadero nivel académico de una universidad se notaría en las conversaciones de los pasillos o las cafeterías más que en sus planes de estudio u otras categorías cuantificables.

Al graduarme regresé a San Luis Potosí a trabajar. Viví con mis abuelos y, como tenía horario corrido, tenía tiempo para disfrutar las pláticas de mi abuelo en la sobremesa. En ellas me contaba su experiencia como administrador de una hacienda en tiempos posrevolucionarios, sus cotidianos hábitos y aventuras en la Cristiada, con un gobernador cardenista en el inicio de la Reforma Agraria y sus primeras vivencias en la capital del estado donde él y su familia crecían a la par que la ciudad y sus problemas.

Mi abuela también se hacía notar en esas sobremesas, de manera sutil, más con breves comentarios que me hicieron consciente sobre el conocimiento empírico, popular y la sensibilidad para producirlo.

Sus historias dibujaban un álbum de fotografías y un mapa antiguo de la ciudad por la que me movía. Al recorrerla cotidianamente, mis pasos transitaban por una ciudad presente y, al mismo tiempo, me sumergían por pasajes donde cobraban vida las historias que me compartían en esas sobremesas.

Un espacio de discusión cambiante y complejo fueron los Lunes panteoneros en La Casa Ediciones. En él coincidían cada semana teatreros, arquitectos, músicos, escritores, promotores culturales, maestros y artistas plásticos que, a lo largo de varios años, fueron un ágora multidisciplinar y formativa sobre los fenómenos culturales que afectaban a y acontecían en Monterrey.

Lo que sin duda hace que me retire de las conversaciones son las jerarquías que las convierten en estructuras rígidas y repetitivas, más que un espacio de intercambio transversal, desinteresado y de participación activa que genera redes dinámicas y fértiles.

Quién en las conversaciones hace citas a pie de página aún en ámbitos informales, convoca a la autoridad académica en sus aseveraciones. Yo creo que el diálogo es más una improvisación de jazz en la que el conocimiento y aportación de cada uno se concentra en construir una estructura musical a favor de la ejecución conjunta, sabiendo también que habrá tiempo para ejecutar un solo.

El diálogo es, sobre todo, una manifestación de la curiosidad por el otro. Buscar tras cada rostro y mirada un espacio de experiencias y conocimientos desconocidos y por vivir que nos enriquece. Esa curiosidad germina en la escucha activa que permitirá plantear preguntas cruciales. ¿Esa curiosidad también me ha permitido aportar a otros desde la asesoría de proyectos creativos?

Paralelo a estas mesas, empecé a escribir en medios públicos. Eso también generó algunas reacciones/respuestas/preguntas. ¿La escritura en medios se queda en el ámbito privado o alcanza el diálogo público?, ¿qué hacer ante la privatización/instrumentalización de los espacios públicos de diálogo?

¿Convocar el cara a cara y/o volver a la “lectura en voz baja”, a la lectura en el espacio íntimo y reflexivo?

Dada la afectación que priva en foros institucionales y académicos, prefiero seguir frecuentando, de vez en cuando, algunas mesas en lugares informales, menos rígidos. Incluso creo que seguir escribiendo/convocando la lectura de otros —aunque no los conozca— es invitarlos a esta mesa impresa; es una forma de mantener entre nosotros la tibieza y la reflexión de la hoguera primigenia.

Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.

Imagen: cottonbro studio | pexels

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