Por Daniel Espartaco Sánchez
A la saga de jefes de estudio y productores legendarios como Irving Thalberg o Robert Evans, Matt Remick (Seth Rogen) es un ejecutivo hípster que padece de un serio complejo de inferioridad. Aun así, es nombrado jefe de The Continental, un trasunto de los grandes estudios de Hollywood como MGM, Columbia, Warner o Fox. Remick es también un entusiasta del cine (vamos, no para de decirlo) al que le gustaría producir películas “de calidad”, pero tiene que lidiar con la lógica del mercado y el dueño del estudio, Griffin Mill (Bryan Cranston), quien acaba de adquirir los derechos de la bebida Kool-Aid, cuya mascota corporativa era una jarra con lentes oscuros que en los comerciales, si creciste en los años ochenta, decía «Oh, yeah!» después de irrumpir en escena tras atravesar una pared. Y hasta aquí todo bien, hay un cierto tono satírico en The Studio —del que más adelante no se echará mano lo suficiente—, para criticar cómo los estudios están a la caza de toda clase de franquicias ajenas al arte cinematográfico, como Minecraft o Barbie. El primer capítulo tiene este tono, para luego faltar a esta promesa una y otra vez, y centrarse en el complejo de inferioridad de Remick en largos planos secuencia de los que se abusa hasta la náusea, literalmente, alrededor del rostro estupefacto de Seth Rogen. Lo que sigue a lo largo de los diez capítulos siguientes es una caída lenta y dolorosa hacía el tedio babeante de estos planos secuencia y cámaras giratorias alrededor del elenco (Chase Sui Wonders, Ike Bárinholtz y Kathryn Hahn) en un juego escénico de gritos, diálogos poco divertidos, sin dejar de enfocar a la mente brillante detrás de esta pantomima pretenciosa cuyo potencial, que era parodiar los intríngulis (o cunnilingus) de Hollywood, se queda demasiado pequeño para mostrar el desmesurado ego de Seth Rogen, también creador de la serie, guionista y, ¿por qué no?, director. De nada sirven tampoco las estrellas invitadas: Martin Scorsese haciéndola de viejito chocho, Charlize Theron, Ice Cube, el paleto de Ron Howard y —oh, no, Dios, por favor no— una Olivia Wilde demente que corre con un rollo de película —a la Phil Spector— como si fuera, ya no divertido, sino alguna forma de entretenimiento; sin contar con un Zac Efron en esteroides en el mismo capítulo: un supuesto homenaje a Chinatown y al cine noir que ni parece homenaje ni parodia sino treinta minutos de los balbuceos de Rogen. This is the way the world ends / Not with a bang but a whimper… Yo confieso que al principio hasta me dio risa ver a Scorsese llorar porque le compran un proyecto para congelarlo, pero hasta ahí llegó mi entusiasmo. Y también confieso que tan poco me pareció tan malo el segundo capítulo, “El plano secuencia”, un metaplano secuencia sobre el rodaje de un plano secuencia, el pináculo del cine, según el personaje de Rogen, quien cita, entre otros filmes, Children of Men, donde Cuarón y Lubezki debieron poner un letrero de advertencia para hípsters como Rogen que dijera: “niños, no lo intenten en casa, nosotros somos profesionales”. Yo no sé si algunas de las «estrellas» invitadas sean amigas de Rogen pero The Studio es una prueba de la importancia de decirle NO incluso a los amigos pues, como ya dije, el abuso de planos secuencias resulta babeante. Cualquier exceso es malo.
The Studio me recuerda ese cuento de Augusto Monterroso sobre el mono que quería ser escritor satírico. Se trata de un precio a pagar demasiado alto para Rogen y compañía, que no tuvieron las gónadas para hacerlo y se consolaron con criticar la corrección política, pero, honestamente, ya estamos aburridos de la crítica de la corrección política tanto o más que de la corrección política. Y más ahora que del árbol caído todos hacen leña. Me sorprende ver a The Studio entre las nominaciones a los Emmy. Pero no me sorprendería que un ejecutivo de Apple TV ya haya firmado el documento que autoriza una segunda temporada, otra prueba sólida de que ese gran mito de la nueva sociedad iletrada del poscapitalismo, la “edad dorada de las series”, está llegando a su fin. Aunque bueno, el Renacimiento, un tótem cultural de verdad, sólo duro treinta años.
¿Vale la pena verla? ¿De verdad me estás preguntado eso?



