Ozzy eterno: entre la controversia, la leyenda y la devoción

Toca dimensionar lo que realmente significó Ozzy. Porque no fue solo “el vocalista de Black Sabbath”. Fue una figura que marcó un antes y un después en la historia de la música pesada.

julio 26, 2025

Por Arturo Roti

Ozzy Osbourne ha muerto. Y aunque lo diga con todas sus letras, todavía cuesta creerlo. Porque Ozzy era el tipo que parecía inmortal. El que sobrevivió a todo: a las drogas, al alcohol, a la fama, a sí mismo. El que, aún en silla de ruedas, seguía apareciendo en escenarios, en premiaciones, en grabaciones, en la memoria de todos. Un sobreviviente del exceso y el rock, un hombre convertido en mito en vida.

Pero más allá de la pena y la nostalgia, toca dimensionar lo que realmente significó Ozzy. Porque no fue solo “el vocalista de Black Sabbath”. Fue una figura que marcó un antes y un después en la historia de la música pesada. Fue caos, espectáculo, ternura, oscuridad, humor y rebeldía, todo en un solo cuerpo de voz desgarrada y ojos desorbitados. Un personaje que desafiaba la lógica. ¿Cómo podía ser tan entrañable alguien que decían que era satánico, que mordía murciélagos, que orinaba monumentos? Fácil: porque era real. Porque, en el fondo, era uno de nosotros.

Ozzy, para los metaleros de corazón, no era solo el padrino del heavy metal: era el punto de partida. Su voz era la grieta por donde escapaba la luz oscura que nos abrazó desde la adolescencia. Y aunque ya hablé en otras columnas de Randy Rhoads, del Speak of the Devil y de sus primeros años como solista, hoy quiero mirar más allá de eso. Porque lo que deja Ozzy es más grande que su discografía o sus controversias: es un culto intergeneracional que no entiende de edades ni modas.

Basta salir a cualquier concierto de metal y ver a los chavitos con camisetas de Diary of a Madman, con tatuajes de Bark at the Moon, con la cara de Ozzy marcada en la piel como si fuera un santo del desorden. Ahí es donde uno entiende que lo suyo fue más que música. Fue una identidad.

La etapa como solista no solo consolidó su carrera: lo elevó a estatus de leyenda. Con Blizzard of Ozz (1980), al lado del virtuoso Randy Rhoads, redefinió el metal ochentero. «Mr. Crowley», «Crazy Train» y «Suicide Solution» no eran solo canciones, eran declaraciones de independencia, gritos de libertad para una generación que quería algo más que riffs. Con Diary of a Madman (1981), fue aún más lejos, rozando lo sinfónico y lo oscuro como pocos.

Después vinieron más discos, cambios de alineación y momentos turbulentos. Bark at the Moon (1983), ya con Jake E. Lee, nos entregó uno de los videos más icónicos de la MTV; The Ultimate Sin (1986) fue criticado pero amado por sus fans; No Rest for the Wicked (1988) presentó al mundo a un joven Zakk Wylde, y No More Tears (1991) marcó otro de sus picos creativos con esa joya homónima y «Mama, I’m Coming Home», canción que hasta los menos metaleros reconocen y tararean.

En medio de eso, claro, estuvo la polémica constante: acusaciones por influenciar suicidios, demandas, censura, y una infinidad de episodios que solo él podía protagonizar. Como cuando mordió la cabeza de un murciélago en pleno escenario (y se la tragó pensando que era de utilería). O como aquella vez que orinó en El Álamo, desatando el enojo de todo Texas. Pero también estaba ese Ozzy vulnerable, el de su reality show The Osbournes, donde se convirtió en un fenómeno televisivo y mostró al mundo una versión doméstica y cómica de sí mismo. Torpe, sí. Adorable, también. Y completamente humano.

Ozzy fue amado por generaciones distintas porque nunca dejó de ser fiel a lo que era: un loco genial. Su autenticidad era su superpoder. Por eso, aunque haya cientos de vocalistas técnicamente superiores, ninguno conectó con la gente como él. No era necesario entenderlo, ni siquiera justificarlo. Solo bastaba escucharlo cantar «Paranoid», «Crazy Train», «Over The Mountain», «No More Tears» o «Dreamer» para sentir ese llamado.

Su figura creció con los años. Ozzy se volvió el símbolo de todo lo que nos une en esta pasión ruidosa: la búsqueda de sentido, de identidad, de pertenencia. El metal no sería lo que es sin él. Black Sabbath fue la chispa, sí. Pero su carrera solista fue la llama eterna.

Aquel último concierto en Birmingham, apenas dos semanas antes de su partida, ya era en sí mismo una ceremonia. No fue solo un adiós a los escenarios: fue su propio funeral en vida, su deseo cumplido. Ozzy sabía que el final estaba cerca, y lo único que pedía era tener fuerzas para subir una última vez a ese escenario, en su ciudad natal, donde todo comenzó. Si ahí moría —dijo— moriría feliz.

Por eso reunió a tantos músicos: amigos, hermanos del metal, cómplices del estruendo. Gracias a la intervención del guitarrista Tom Morello, esa noche se volvió un aquelarre emocional, un abrazo colectivo. Estuvo Jake E. Lee, estuvo Zakk, estuvo Rudy Sarzo, estuvieron todos. Pero quizá la imagen que más quedó fue la de Sharon Osbourne, sentada sola a un lado del escenario, contemplando en silencio el regalo que tantos habían armado para el amor de su vida.

Lo asombroso no fue solo lo que logró en vida, sino lo que provocó con su partida. Las redes se inundaron de mensajes de despedida no solo de músicos metaleros —eso era previsible—, sino también de artistas del pop, del hip hop, del blues, directores de orquesta, productores, actores, escritores, futbolistas, políticos e incluso marcas. Desde KFC hasta Bachoco en México, todos quisieron dedicarle una frase, una imagen, un “gracias”. Porque Ozzy había traspasado las barreras del género. Se volvió parte de la cultura pop. Era, a su modo, un símbolo universal.

En Birmingham, su ciudad natal, los fans se reunieron en el puente Black Sabbath —ese donde se ubica la famosa banca— para rendirle tributo. Sonaron ahí las canciones que nos marcaron, mientras el lugar se llenaba de flores, veladoras, carteles y lágrimas. Hacía mucho que no se vivía un duelo musical de esta magnitud. Algo similar a lo que se sintió cuando falleció Michael Jackson: esa sensación de que no solo se va un ídolo, sino una parte de la historia.

Hoy, Ozzy se ha ido. Pero su influencia está en todos lados. En cada banda que eligió ser distinta. En cada adolescente que decide usar delineador y gritarle al mundo. En cada riff oscuro, en cada lamento, en cada escenario donde alguien levante la voz para desafiar lo establecido.

Porque Ozzy no fue un capítulo del rock.

Fue su epitafio más brillante y brutal.

Arturo Roti (1968): Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.

FB: Arturo Roti 

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IG: @arturo.roti

Foto: Wikipedia.

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