Por Eduardo Ramírez
Silencio del libro.
Cubierto por la nieve de lo no leído.
W. Benjamin
16/01/25. ¿Es lo mismo una lectura vacía que una lectura del vacío?
Toda biblioteca es una manifestación del deseo, más que del conocimiento.
En una cena en casa de una maestra del departamento de la universidad (por ahí de los dosmiles), coincidí con un profesor de la UNAM que venía a hacer una investigación en la Biblioteca Alfonsina. Su investigación tenía que ver con los libros no leídos por Alfonso Reyes en esta biblioteca (les llamaba algo así como biblioteca tapiada o clausurada, no recuerdo).
Me causó mucha curiosidad que se considerara importante, en una biblioteca, lo que se acumula por aprecio a la persona o institución que lo escribe o edita; lo suficiente para conservarlo, pero no para leerlo.
Aún ahora, creo que los libros que ignoro de mi desnutrida biblioteca hablan más de mí que los que he leído.
Tengo en mi biblioteca libros específicos sin leer (ni lo pienso hacer), pero que considero cimiento del deseo de mi pensamiento.
El primero que me viene es La tentación de existir. Creo que fue el primer libro de Cioran que adquirí, pero después de casi consumir obsesivamente otros de sus libros, sigo sin leer (pero lo sigo sobando, abriendo, imaginando).
Me pasó algo similar con El culpable de Bataille. Leí algunos trozos en una antología que hizo Savater para Alianza Editorial. Antes de Amazon, batallé para encontrar el libro. Cada que intento leerlo, me impacta tanto su lectura, a cada párrafo, que no me atrevo, no puedo continuar. No soporto en mí el efecto de su lectura. Los extractos de la antología de Savater los he utilizado como lectura para algunas de mis clases, por su relación actual entre mística, etnología, comunicación y erotismo.
Entiendo el escepticismo, el cuestionamiento, la duda sistemática como origen del conocimiento.
Mi natural sospecha hacia ideas e ideologías hizo que adquiriera La Historia del Escepticismo, de Richard H, Popkin (Siglo XXI ed.), “un libro central en la historia de las ideas. Fundado en prodigioso caudal de innovadora investigación, explaya el carácter decisivo que tuvo la transmisión del escepticismo antiguo en la constitución del pensamiento moderno”, dice su contraportada.
Tampoco lo he leído. ¿Por sospechar sobre su contenido? ¿Hasta qué límite de ignorancia, cualquier conocimiento es adentrarse a un universo de dudas y cuestionamiento?
¿Tal vez para que no me defraude su lectura? ¿Tal vez para que, el leerlo no atente contra mi particular práctica de lo que yo entiendo como origen de la crítica?
¿Ese escepticismo, esa sospecha, ese cuestionamiento hacia cualquier discurso (imperante o normalizado) es lo que mantiene abierto el diálogo, dialéctica, contraposición de ideas que estimula la permanente adquisición de conocimiento?
La lectura alternativa, transversal, ¿es el resultado de esa manera de “no leer”, de atacar desde otra perspectiva los discursos lógicos, hegemónicos?
Casa semana regresábamos al taller de Aldo para dar asesoría. En una de esas visitas él nos mostró una serie de libros (de la colección Austral de Espasa-Calpe) que fueron habitados por la polilla. Su taller estaba lleno de madera que ha sido un material en que basa su trabajo. Por eso la polilla era un germen crítico no solo para su biblioteca, sino para la esencia de su obra.
La polilla avanzó indiferenciadamente de los libreros de madera hacia su biblioteca, de la que muchos nos nutrimos. A diferencia de la solidez de la madera, en los libros la ruta de la polilla podría rastrearse hoja por hoja, como otra forma de lectura.
Empezaba como un poro, un mínimo agujero en la portada. Al traspasarla, generaba huecos, se expandía y reducía hasta salir de cada libro y entrar al otro, generando una serie de vacíos transversales que, al mismo tiempo que ignoraban la lectura tradicional, proponían otra vía para atravesar el libro y digerirlo.
Por esa época Aldo hizo un video de esa “lectura”, al recorrer los vacíos por el hojear rápidamente esos libros.
Esta lectura del vacío me recuerda un comentario.
Mientras estudiaba el posgrado, daba clases en la licenciatura para solventar gastos. En una de ellas, un alumno se me acercó y me dijo, “En una clase pasada, cuando te pregunté si habías leído a un autor que consideraba esencial para el tema que discutíamos. Me desconcertó que abiertamente y sin dudar, me contestaras que no lo habías leído. La contestación que había recibido de otros maestros fue una opinión vaga o resultado de la relectura de una opinión de una fuente indirecta. Tú, simplemente y sin buscar justificarte ni tratando de proteger tu ignorancia, inmediatamente contestaste, ‘no lo conozco, no la he leído’. A partir de entonces respeto tu opinión.”
Tampoco he leído El maestro ignorante de Rancière. Tal vez debería, porque a lo que me dedico desde que me retiré del campo del arte, e “invado” otros campos con mis prácticas, parto de reconocer que no sé nada del campo de los proyectos a los que me invitan. Desde esa ingenuidad/ignorancia pretendo —a veces encuentro— cierto sentido que valora esta lectura del vacío.
Sé que la mayor parte del tiempo impresiona más una vasta biblioteca que un consciente y razonado vacío de lectura.
Tal vez porque, más que aparentar que se lee, creo que hay que reconocer la vitalidad del vacío que nos lleva a construir sentido.
A veces, más que leer, vale imaginar. Pensar bajo cualquier pretexto.
Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.
Imagen: Gül Işık | Pexels.



