Por Eduardo Ramírez
La realidad no es más que un pensamiento manifestado; una palabra interior que se exterioriza.
J. Chevalier
16/01/25. En los primeros días del año, hace ya no recuerdo cuánto, un día después de celebrar mi cumpleaños, recibí una llamada de mi hermano preguntándome por un oncólogo para atender un tumor que le detectaron (y operaron parcialmente) el en cerebro. Me llamó para considerar sus opciones de tratamiento entre el DF o Monterrey (él vivía en León, Guanajuato).
Decidió Monterrey y lo acompañé a la cita. Independientemente de cómo siguió su tratamiento, llamó mi atención un comentario del doctor: «entiendo que al operarlo no le extrajeron completamente el tumor, para no afectar su elocuencia».
Esas palabras abrieron una vía de sensaciones que —si bien no me distanciaron nunca de todo el acompañamiento afectivo hacia mi hermano— sí profundizaron en mí otra reflexión paralela que aún persiste.
¿Qué pasaría conmigo, si se viera afectada mi «elocuencia», esa capacidad que define comprender/compartir tanto lo que pasa dentro de mí, como cualquier estímulo que recibo del exterior a través de las palabras?
Hace unos días el algoritmo me sugirió ver una entrevista con Julio Cortázar. Después de 40 años, releí El perseguidor. En los diálogos de los personajes –tanto de Johnny, el jazzista; como de Bruno, el crítico– sobre esos estados en los que Johnny, al improvisar (y Bruno al tratar inútilmente de descifrar), la narración se sumerge en eso que el lenguaje no alcanza.
En el diálogo entre estos pasajes se me hicieron presentes, otra vez, los límites del lenguaje. Ese lenguaje que cuando no alcanza a captar la experiencia/realidad, evidencia los límites de la denotación y empieza a construir imágenes, a través de connotaciones.
No solo Johnny, cuando toca el ‘sax’; no Bruno, con su libro de crítica jazzística, evidencian que el lenguaje es el verdadero perseguidor de la experiencia inalcanzable y —en sus intentos— recurren a flexibilidades, experimentos, rupturas.
Por supuesto que me vino a la mente Wittgenstein I y esa búsqueda de fijar hasta qué punto el lenguaje puede captar/englobar/perseguir la realidad –y hasta dónde la limita– como esa escalera que hay que tirar constantemente. Pero luego recordé a Barthes, en esa frase que siempre me persigue y me da sentido, «tengo una enfermedad, veo el lenguaje».
A pesar de que en el cerebro hay una zona, una materialidad donde reside la elocuencia/el lenguaje, regularmente su práctica es invisible, transparente.
Solo se materializa como un muro con el que chocamos, cuando somos incapaces de expresar algo. La mayor parte del tiempo es una burbuja invisible y flexible dentro de la que nuestra realidad y nuestra experiencia se mueve, extiende, pero también podría asfixiarse.
«Ver el lenguaje» es una enfermedad porque, a partir de entonces, en cada frase que decimos, se manifiesta ese gran mapa como estaciones del metro que podemos tomar y tenemos que elegir en múltiples vías de sentido, entre decenas de palabras y declinaciones.
Es enfrentar un laberinto permanente de sentidos y matices que nos lleva al sitio preciso de nuestra intención o termina extraviándonos en y de los otros (y de nosotros mismos).
Tal vez por eso, en esa primera cita, en ese consultorio, me angustié (además de la natural angustia de acompañar en su padecimiento a mi hermano) cuando pensé en la posibilidad de ver afectada mi elocuencia.
Ver el lenguaje implica chocar con el límite de nuestra realidad, permanentemente.
Hablar/escribir siempre es un deseo, no de traspasar nuestra realidad; simplemente de intentar volverla porosa, flexible, vital. Un contagio que afecte a la mayoría.
Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.
Foto: Stone Tablet with Egyptian Hieroglyphs. Yannick Béra | Pexels.



