Por Eduardo Ramírez
Los crímenes más atroces, los comete gente normal.
Narcís Bardalet
Tras la inmolación, el sacrificador debe tener siempre la precaución de retirarse sin mirar atrás.
Pierre Lavedan
Tenemos el fuego y la leña, pero, ¿dónde está el cordero para el holocausto?
Génesis 22:7
19/01/25. Soy el consumidor perfecto de películas, documentales y series sobre crímenes (true crimes) en televisión y plataformas.
Frecuento canales como ID o A&E que emiten programas que registran, reproducen y analizan casos de asesinatos de personas que –en apariencia– se perciben como “gente normal”; que cotidianamente no evidencian “una conducta violenta”.
Entiendo que estos programas son una industrialización audiovisual del morbo.
¿Yo, qué busco al consumir estas historias?
¿Estos documentales sobre crímenes están sustituyendo la función social que originariamente tuvo la tragedia como narración y que nos enfrentaba al sentido contundente de la vida?
He hecho daño. También me han hecho daño.
Cada daño no consciente ¿nos enfrenta a un dilema que nos permitiría tener mayor consciencia de la vida por venir?
¿El sentido de la vida podría ser un crimen íntimo irresuelto?
Detrás de mi afición, ¿hay una “curiosidad” por entender el comportamiento humano –sus motivaciones, límites y conductas? ¿A través de estos programas, trato de entender mis propios instintos u orígenes desde donde surge esta relación con el daño cotidiano?
¿Todos somos el vecino asesino siempre descrito como “una persona tranquila, que cada día nos saluda” por sus cercanos?
¿Cuál es el límite que nos justifica a cada uno (o no) a trascender la línea por la que seríamos capaces de matar a una esposa/o, m/padre o hija/o?
¿Qué vacío, pasión, ceguera, ambición, es el origen que nos lleva a utilizar el pensamiento racional para trazar desde el laberinto de su irracionalidad, a fraguar un plan siniestro que nos lleva a concebir un crimen desde nuestra cotidianeidad?
¿Hay una línea transparente, de espejo que, al mismo tiempo que nos despierta esos comportamientos, nos refleja en ellos, nos mantiene vitales?
Lo cierto es que –secretamente– cada uno de nosotros pensamos, imaginamos realizar algún crimen cotidianamente.
Tal vez suene ingenuo, inútil, insolente; pero, casi cada día, alguna situación nos lleva a esbozar un plan maléfico, un efímero paseo por las sombras malignas, sin necesariamente realizarlas.
Ese deseo profundo de que una víctima propiciatoria nos redima de nuestras culpas, que ese sacrificio pueda reinstaurar el orden trascendente en nuestro mínimo y desordenado entorno.
La mayoría de nosotros no cruzamos ese umbral. No atravesamos ese punto sin retorno.
Y nos quedamos sin ser protagonistas mediáticos de esa historia.
Quiero pensar que –incluso en nuestra imaginación más oscura, disparatada– buscamos que la sensatez impere, se justifique nuestra conducta más compleja, al reproducirla de manera prístina, en el espejo de nuestros comportamientos “anormales”.
Hoy, siempre hay algo que nos delata, algo deja nuestro rastro, esa huella de nuestra mente, de nuestro afecto o ADN.
¿A qué Dios, a qué emotividad, a qué ciencia, razón o psicopatía, cedemos la construcción o explicación de nuestros más oscuros comportamientos? ¿Qué juicio o consenso puede redimirlos?
¿Buscamos ser protagonistas de alguna historia memorable, al cometer un crimen?
Tal vez esa es nuestra mayor ambición: por cualquier conducta, intentar trascender, a pesar de que una sólida estructura jerárquica social nos avasalle.
¿El crimen (im)perfecto nos exime, ya no de la culpa, sino de sus narrativas que dentro de nosotros se reproducen –sin resolverse– pensando que no seremos descubiertos, solo por ser naturalizadas?
Dice Borges –que dice Bioy Casares–, “Los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”.
¿El único crimen perfecto, amparado en la (i)lógica del afecto, es concebir a otro ser humano?
¿Aspiramos al crimen perfecto, no tratando de exculpar cualquier mal, de redimirnos de nada? ¿Solo para borrar, del todo, cualquier huella de nuestra existencia y así, al perpetuarnos, ceder nuestra responsabilidad a los otros, nuestros descendientes?
Vivir es un crimen imperfecto. Sólo la muerte es perfecta.
Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.
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