Por Daniel Espartaco Sánchez
Entre otras cosas, Japón es famoso por sus programas extremos de concursos televisivos: de resistencia psicológica y física, algunos mortales, o de escarnio público; también lo es por sus películas, novelas, series y mangas de espadachines, ¿por qué no mezclarlos? ¿Y si agregáramos además un poco de drama histórico y realista? El resultado sería El último samurái en pie (Ikusagami, 2025), la última serie de Netflix, basada en las novelas homónimas de Imamura Shogo, que ya contaron con una adaptación previa al manga en el año 2022 (ojo: lo que significa que habrá una segunda temporada).
Durante el periodo Meiji, diez años después de la guerra civil, también llamada Boshun —entre los partidarios del sogunato Tokugawa y los del gobierno imperial—, los espadachines ya pertenecen al pasado gracias al Edicto Hatorei, que prohíbe a samuráis y civiles portar espadas. Japón avanza a grandes pasos hacia la modernización industrial, financiera e institucional, pero una epidemia de cólera arrasa con las clases populares del país. Y para salvar a lo que queda de su familia, un antiguo espadachín empobrecido, Saga Shujiro, decide entrar a un misterioso concurso convocado a lo largo de todo el Japón, desde Hokkaido hasta Okinawa, con un premio de 100.000 yenes, algo que en ese momento era una fortuna, pero que, al tipo de cambio actual, sólo alcanzaría para comprarse dos bicicletas eléctricas chinas en Waldo’s. No se sabe quién es el patrocinador del concurso, pero más de doscientos antiguos y desesperados espadachines se reúnen en el templo Tenryu-ji de Kioto. Ahí se les informa de las reglas del juego, deben de matarse los unos a los otros para reunir los puntos suficientes y pasar las diferentes metas a lo largo de la antigua carretera del Tokaido, rumbo a Tokio, la nueva capital de Japón; en resumen, algo así como El juego del calamar, pero con katanas. Y todo esto a escondidas del gobierno. Saga Shujiro pretende no sólo ganar el premio y comprar medicinas para su familia y llegar a Tokio, sino que además debe proteger a una muchacha inoperante que entró también al concurso para salvar a su madre, algo parecido a la fórmula del manga Kozure Okami (Lobo solitario y su cachorro); fórmula que ya se había fusilado Jon Favreau para su The Mandalorian (entre muchas cosas más), pero a los japoneses no se les puede acusar de apropiación cultural. Y a lo largo del camino, el espectador se encontrará con una serie de personajes tipo ya vistos muchas veces, pero que, vueltos a contar, no resultan tan chocantes. Algunos se unirán en alianza a Saga Shujiro, como corresponde al camino del héroe, y otros serán antagonistas. Una espadachina en busca de venganza; un viejo samurái enloquecido y salvaje dotado de una gran fuerza; un ninja misterioso pagado de sí mismo y con voz irritante y un ainu arquero para la cuota originaria, entre otros.
Aunque menos compleja, es probable que a los seguidores del manga Golden Kamuy les guste esta serie, mezcla de diferentes géneros: novela de aventuras, de espadachines, de road movie (pero a pie), de novela histórica, pero también de intriga política, que no carece de un mensaje acerca de los riesgos de la modernización cuando establece un fin por todos los medios; las armas de fuego contra la espada; el progreso contra el retroceso; la muerte (o supervivencia) del viejo código de honor en un mundo despojado ya de budas y dioses (snif) y un largo bla, bla, bla. Sin duda, Karl Marx la aprobaría y escribiría un largo ensayo al respecto, pero sin dejar de aplaudir la muerte del feudalismo. Y sobre todo esto, y no exenta del melodrama lacrimoso que tanto gusta a nuestros ahora amigables amigos nipones, El último samurái de pie plantea más preguntas que respuestas.
¿Vale la pena verla? Pero sin wakizashi, no vaya a ser y te hagas el seppuku ritual en las escenas más tristes. Recuerda: la vida humana no es más que un sueño si se compara con la vasta eternidad.



