Por Arturo Roti
Creo que nunca me había pasado llegar a cubrir un concierto con apenas 50 por ciento de batería en el teléfono. Y ayer, precisamente ayer, tenía que grabar la llegada del público, hacer videos antes de que comenzara el concierto, registrar el ambiente y, por supuesto, estar pendiente del momento en que David Byrne apareciera en el escenario. Llegué un poco tarde, saludé a varios amigos, iba pensando en todo lo que todavía tenía que hacer y traía esa sensación extraña de quien está tratando de cumplir con el trabajo mientras, al mismo tiempo, sabe que está a punto de ver a una leyenda.
Una cosa es ir a cubrir un concierto y otra muy distinta es llegar al GNP Seguros sabiendo que en unos minutos vas a tener enfrente a David Byrne.
Ya en mi lugar asignado, con el teléfono todavía peleando por conservar esa mitad de vida que le quedaba, las luces comenzaron a bajar. Entonces aparecieron las primeras notas de “Heaven”. Y algo pasó. La canción avanzó lentamente, casi hipnótica. Byrne comenzó a cantar aquella vieja historia de un paraíso convertido en un bar tranquilo donde suena para siempre tu canción favorita. Solamente él y tres músicos ocupaban el escenario. La iluminación era tenue y apenas permitía distinguir sus siluetas. El GNP estaba lleno y, por unos instantes, se hizo un silencio extraño. Casi religioso. De esos momentos en los que miles de personas parecen entender al mismo tiempo que están frente a algo especial. A mí se me enchinó la piel.
Byrne cantaba despacio, casi susurrando, dejando que cada palabra encontrara su lugar antes de soltar la siguiente. Yo estaba ahí con el teléfono en la mano, pensando todavía en la cobertura, pero poco a poco esa parte de mi cabeza comenzó a desaparecer. Y entonces entendí la jugada. Byrne nos estaba llevando al cielo para después, canción tras canción, demostrarnos por qué preferimos quedarnos aquí abajo: moviéndonos, tropezando, riendo, bailando, sintiendo.
Y vaya que lo consiguió. Cuando llegó “Everybody Laughs”, algo dentro de mí cambió de lugar. Mi cuerpo empezó a moverse por su cuenta. Era como si la música hubiera encontrado un interruptor que yo tenía apagado desde hacía mucho tiempo y, de pronto, alguien lo hubiera encendido.
Ya no estaba pensando en la batería del teléfono. Ya no estaba pensando en qué video me faltaba. Tampoco estaba pensando demasiado en la nota que tendría que escribir después. Estaba bailando. Y así me fui prácticamente durante todo el concierto.
Tenía tiempo de no sentirme tan feliz en un concierto. De esa felicidad sencilla que aparece cuando una canción te agarra del cuerpo y te recuerda que también para eso estamos aquí: para dejarnos llevar un rato, para cantar, para movernos sin preocuparnos demasiado por cómo nos vemos, para compartir la música con desconocidos que durante un par de horas sienten exactamente lo mismo que tú.
David Byrne, además, tiene algo que siempre me ha fascinado: parece estar disfrutando la música tanto como quienes estamos frente al escenario. A sus 74 años seguía desplazándose, bailando y tocando junto a sus músicos con una naturalidad que hacía que todo pareciera sencillo. Pero detrás de esa aparente sencillez había una precisión impresionante.
Cada músico tenía un lugar, cada movimiento parecía formar parte de una coreografía y cada instrumento se convertía también en una pieza visual del espectáculo. Las guitarras, el bajo, los teclados y las percusiones viajaban por el escenario junto con ellos. De pronto uno estaba tocando y caminando; otro cruzaba el escenario; Byrne cambiaba de posición; las luces acompañaban el movimiento y todo terminaba encajando. Era música, pero también era teatro, era danza, era una especie de organismo vivo que respiraba al ritmo de las canciones.
Y ahí apareció “And She Was” y “This Must Be the Place (Naive Melody)” y el GNP se convirtió en otra cosa. Esa canción tiene una capacidad extraña para juntar generaciones. Había gente que seguramente conoció a Talking Heads hace décadas y otros que quizá llegaron a Byrne por Stop Making Sense, American Utopia. Todos terminamos cantando la misma canción.
Y entonces llegó uno de mis momentos favoritos de la noche: “¿Cuál es la razón?”.
Ese sabrosísimo cumbión me lo gocé como pocas veces. Ahí sí, que me perdonen las formas, pero el cuerpo volvió a hacer lo que se le dio la gana. Byrne tomó esa canción y la convirtió en una fiesta donde las fronteras entre el público y el escenario prácticamente desaparecieron. Yo estaba disfrutando como huerco. Y pensé que quizá ahí estaba una de las grandes virtudes de este artista: David Byrne puede venir con toda la historia que trae encima, con Talking Heads, con décadas de música, con discos, películas, escenarios y reconocimientos, y aun así tiene la capacidad de plantarse frente a nosotros y simplemente hacernos bailar.
Más adelante llegó “My Apartment Is My Friend” y ahí la cosa cambió para mí. Esa canción me llevó directamente a aquellos tiempos de pandemia, cuando nuestras casas dejaron de ser simplemente el lugar al que regresábamos después del trabajo o de salir con los amigos. La casa se convirtió en refugio, en el lugar seguro, en compañero, en nuestro mundo entero.
Durante aquellos meses, cuatro paredes podían ser oficina, comedor, cine, bar, dormitorio, sala de conciertos y, para muchos, también una especie de salvavidas emocional. Por eso escuchar a Byrne cantar sobre su departamento como amigo me pegó de una manera muy particular. De pronto una canción que estaba sucediendo en el escenario se conectó con un recuerdo personal que estaba guardado varios años atrás. Y eso también hizo Byrne durante toda la noche: lanzar canciones al aire y dejar que cada quien hiciera con ellas lo que pudiera.
Luego apareció “Psycho Killer” y el GNP volvió a encenderse, ahí estaba otra vez Talking Heads, pero ya no como una banda del pasado. La canción seguía teniendo dientes, seguía provocando, seguía haciendo que miles de personas reaccionaran desde la primera nota.
Después llegó “Life During Wartime” y el espectáculo adquirió otra dimensión. Las imágenes, los movimientos y la música comenzaron a establecer una conversación con el mundo que estamos viviendo. Byrne habló de migración, de las políticas de ICE y de la división social que atraviesa Estados Unidos. Lo hizo desde su lugar, desde el escenario y desde las canciones, sin convertir el concierto en un mitin.
Y luego, cuando parecía que ya habíamos recibido suficiente, llegó “Once in a Lifetime”, ahí sí se acabó cualquier intento mío de mantenerme en modo reportero. El GNP entero estaba bailando…yo también.
Y mientras veía a Byrne moverse por el escenario pensé en aquella frase que seguramente muchos hemos escuchado alguna vez: que la música nos salva. Suena a cliché hasta que una noche como ésta te recuerda que, en determinadas circunstancias, puede ser verdad, porque ayer yo llegué como periodista y por un par de horas fui simplemente un vato feliz viendo a David Byrne hacer lo que mejor sabe hacer: convertir la música en movimiento, el movimiento en celebración y la celebración en una experiencia profundamente humana.
Al final, con “Burning Down the House”, mi teléfono ya estaba prácticamente acabado. La batería agonizaba y, curiosamente, por esos mismos minutos mi tobillo comenzó a pedirme tregua. Así que me senté.
Y fue desde ahí donde terminé viendo algo que quizá me habría perdido, volteé hacia el público. Había miles de personas bailando, cantando, brincando, sonriendo. Me quedé mirando a una chica de unos veintitantos años que no paraba de moverse. Cantaba cada palabra y bailaba como si aquel concierto hubiera sido preparado especialmente para ella. Pensé que quizá era una de esas nuevas generaciones de fans de Byrne y Talking Heads. Tal vez descubrió la música recientemente o tal vez en su casa sus padres escuchaban esos discos y ella creció oyéndolos.
La estaba mirando cuando se dio cuenta. Me señaló y me hizo una seña para que me levantara y bailara. Me dio risa. Con el tobillo jodido, lo único que pude hacer fue levantar los brazos y seguir el ritmo desde mi lugar. Y ahí entendí algo que durante toda la noche había estado sintiendo sin terminar de ponerlo en palabras. La música de David Byrne sigue encontrando gente.
Salí del recinto con una sonrisa enorme. Byrne había hecho algo conmigo esa noche. Algo difícil de explicar cuando uno intenta ponerlo en palabras. Me tocó el alma, sí, pero también me devolvió una sensación que tenía tiempo de no experimentar de esa manera: sentirme completamente libre y feliz durante un par de horas. Y eso, para mí, vale muchísimo.
Ya afuera, lo primero que hice fue correr a Starbucks a cargar el teléfono. Necesitaba batería para volver a la vida digital y empezar a mensajear con los amigos que también habían estado en el concierto. Poco a poco nos fuimos encontrando a la salida y la conversación terminaba siempre en el mismo punto. Todos estábamos igual. Todo había salido perfecto.
Después, junto con Vero Lazos, mi amiga y productora del podcast en el que participo, “La Mesa de La Rocka: Cero Filtros”, hicimos un live para buscar las impresiones de algunos de los músicos que habían asistido al concierto y otra vez apareció la misma palabra, aunque cada quien la explicaba desde su propia experiencia. Único.
Músicos de diferentes géneros, con diferentes historias y distintas maneras de entender la música, coincidían en que aquello había sido una experiencia que había que vivir en persona para comprenderla. Y creo que ahí está el secreto de lo que David Byrne consiguió anoche.
Durante unas horas hizo que todos dejáramos de pertenecer a una generación, a un género musical, a una profesión o a una historia particular. Nos puso a todos en el mismo lugar: frente a la música, moviéndonos al mismo ritmo.
Yo llegué al GNP con el teléfono a medio cargar, preocupado por grabar, corriendo de un lado a otro y tratando de cumplir con el trabajo. Me fui con el teléfono muerto, una sonrisa enorme y una sensación de libertad que no esperaba encontrar. Quizá por eso me cuesta tanto terminar esta crónica.
Anoche Byrne no solamente vino a tocar sus canciones. Nos recordó que todavía podemos soltarnos, bailar, reírnos, cantar a gritos y sentirnos parte de algo durante unas horas.
Y mientras iba de regreso a casa pensé que quizá eso es lo más chingón de la música: que después de tantos años, después de tantas canciones, tantos escenarios y tantas generaciones, todavía exista alguien capaz de hacerte sentir libre.
Anoche, por lo menos a mí, David Byrne me hizo sentir así. Libre y feliz.
Arturo Roti (1968). Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.
Imagen: https://davidbyrne.com/


