Tres puños de tierra: remedios infalibles para el resfriado

Un doctorcito de provincias llamado Antón Pavlovich Chéjov escribió en su cuaderno de notas, ya antes de que naciera mi bisabuelo: “la gente habla de sus enfermedades como si fuera lo más interesante que existe”.

septiembre 14, 2026

Por Daniel Espartaco Sánchez

¿Por qué siempre que tienes un resfriado, aparece alguien dispuesto a darte consejos sobre cómo debes tratarlo? En casa, es bien sabido que cuando mi bisabuelo escuchaba quejarse (generalmente a dos o tres señoras) de tal o cual enfermedad —pasatiempo muy popular al frisar los cuarenta—, no podía evitar entrometerse de manera abrupta en aquella conversación:

—Yo conozco el remedio para todo eso —decía.

—¿Cuál es, don Juan? —le preguntaban.

Ya fuera un mal aire, una apoplejía, la peste negra, la hidropesía, la dispepsia, la ablepsia, la escrófula, la viruela francesa, la angina de pecho, don Juan sacudía un puño calloso y duro como un martillo para sentenciar:

—Tres puños de tierra —decía—, tres puños de tierra, así nomás.

Esto es algo con mucho sentido si atendemos a la leyenda familiar, aquella que cuenta cómo, siendo casi un niño, tuvo que enterrar a toda su familia él mismo —con sus propias manos— por causa de la gripe española, quedándose huérfano en pleno México posrevolucionario. Yo siempre me imagino aquel cementerio de la leyenda como el que sale al final de El bueno, el malo y el feo: una espiral descendiente de círculos concéntricos en una tierra yerma: y claro, me imagino la escena en Technicolor y con música de Ennio Morricone. Faltaba más.

“Tres puños de tierra” resuena en mi cabeza cuando escucho a dos o tres mujeres hablar de enfermedades y muerte, porque es bien sabido que los hombres somos tan superficiales que a veces ni siquiera hablamos entre (ni con) nosotros mismos. “Tres puños de tierra” ¿A quién no le impresionan estas frases tan terminantes? “Siete pies de tierra inglesa”, le ofreció Harold Godwinson a Harald Haardrade antes de la batalla de Stamford Bridge, según Snorri Sturluson, y eso porque era “más alto que los demás”. A Sturluson le gustaban mucho estos remates, pero también al conde Tolstoi: tres arshines de tierra es toda la tierra que necesita un hombre, que en el sistema métrico decimal corresponde a poco más de dos metros y unos cuantos centímetros. Selah.

Y a propósito, un doctorcito de provincias llamado Antón Pavlovich Chéjov escribió en su cuaderno de notas, ya antes de que naciera mi bisabuelo: “la gente habla de sus enfermedades como si fuera lo más interesante que existe”. Y eso que en los cuentos que escribió este doctor no faltan los hipocondriacos, los que están en verdad enfermos y hasta una condesa aficionada a la homeopatía que somete a sus mujiks a las prácticas de esta ahora declarada pseudociencia. Sin duda se trata de un comentario amargado el del buen Antón Pavlovich, no exento del humor que gastó a lo largo de toda su vida, hasta el final; comentario de un hombre condenado a morir joven a causa de la tuberculosis, enfermedad que por entonces volvía irresistibles a los escritores, sobre todo para las actrices de teatro. A mí me inocularon contra esta maldición apenas nací (las actrices de teatro), y también contra toda forma de romanticismo (la tuberculosis), porque, como glosa, no dejo de pensar con tristeza que, veinte años después de la muerte de Antón Pavlovich, en Inglaterra, otro médico descubrió por accidente los efectos de una bacteria llamada Penicillium notatum, una de las razones por las que yo sigo vivo y actualmente gozamos del bonus demográfico de adolescentes que farmean aura en TikTok y que pronto serán sustituidos por robots más inteligentes. El doctor Chéjov garapateó otro comentario que se ha vuelto para mí una especie de mantra: “Todo el mundo dice que al final la verdad prevalecerá. Pero no es cierto”. Selah.

Pienso en todo esto mientras escribo en la cama, luego de no bañarme en todo el día, siguiendo otro precepto familiar, no el de don Juan, sino el de su hija mayor; es decir, mi abuela, que, ante cualquier resfriado, se limita a comentar de una manera lacónica, casi bíblica:

            —Cama y mugre.

            Y eso es: cama y mugre. Gracias a este remedio infalible, el SARS-CoV-2 se le resbaló como el disparo de una Walther P38 9 × 19 mm Parabellum contra el blindaje de un poderoso T-34 soviético, mientras el virus ponía a sudar a los gobiernos y a las cadenas globales de suministros; desastre que, mientras escribo, seguimos pagando al día de hoy con altas tasas de intereses en el crédito hipotecario y al consumo.

            Lo que me devuelve a la pregunta del principio: ¿por qué, cuando tienes un resfriado, hay alguien siempre dispuesto a darte consejos sobre cómo tratarlo? Resulta que ya no sólo hay que aguantar simplemente la charla plana y vacía del cardumen. Siempre que alguien me pregunta cómo estoy, no me queda más remedio que responder que bien (a secas); es decir: que no me pasa nada. Esto por sí solo ya me hace sentirme un comparsa en una mala obra de teatro. Pero si resulta que por fin me pasa algo, si cometo el error de aventurarme a decir o sugerir que estoy resfriado, los consejos se ponen a la orden del día. Muchos de ellos involucran, y de manera imperativa, algún tipo de bebida caliente: toma té de jengibre, te dicen. No, toma té de limón con miel, o té de canela con miel o con limón, o limón con miel. El jengibre fortalece tus defensas, te dicen, o el limón o la miel o la canela o la manzanilla. Las diferentes combinaciones de todas estas yerbas podrían ser infinitas. Toma muchos líquidos, descansa, te dicen, como si no lo supieras ya. Come muchas naranjas. Alguien me recomendó un brebaje de ajo, limón y cebolla, porque es bien sabido que la combinación de estos ingredientes milagrosos cura hasta la Danza de San Vito. No olvides degollar una gallina negra en una encrucijada, en plenilunio, luego de darle la vuelta a la manzana con calzones rojos y una maleta.  Y por supuesto, todo el mundo tiene algún antihistamínico de capacidades más que milagrosas y en el que cree vehementemente como antaño algunos herejes creían en San Hipacio de Gangra, cuando lo cierto es que ninguno funciona: cetirizina, loratadina, terfenadina, astemizol y un largo etcétera. Una vez hasta tuve un pasón de pseudoefedrina, completamente legal en aquel país (ya no, gracias Donald). Tampoco puede faltar el inexpugnable Vick Vaporub (apapacho que alivia). Hasta el momento, el consejo más interesante que me han dado es que me tome un caballito de tequila y me envuelva desnudo en un sarape de Saltillo, porque eso hará que tu cuerpo sude todos esos virus, me dijeron. ¿Pero por qué de Saltillo? ¿No puede ser de Chiconcuac?  Y escucho todo esto mientras veo cómo millones de una subespecie de homínidos sube a redes sociales sus fotografías de cómo se verían en los años ochenta, como si a alguien le interesara eso realmente, en lugar de encausar todo ese gasto de cómputo, dinero, agua y energía en encontrar de una maldita vez por todas el remedio contra el resfriado común. Para mí, la respuesta sigue siendo la misma del principio: tres puños de tierra, así nomás.

Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.

Imagen: Polina Tankilevitch | Pexels.

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