Tetas y pezones

Pienso en mi cuerpo sin pechos, como esas personas en prisión que ya nunca más serán libres. Intento convencerme de que aún es posible recuperar algo. Trato de reinventar por completo el placer convocando a los recuerdos.

marzo 2, 2026

Por Virginie Kastel

Antes de ser madre, soy el reflejo de mi inconformidad. Solo le veo defectos a la envoltura; fea, mal hecha, y por eso no le pongo atención. Vivo lejos de la vida insubordinada de mi organismo.

La lactancia, el encogimiento diario de la piel y la voracidad del recién nacido por alimentarse, trastocan la percepción que tengo de mí misma. Estudio obsesivamente las sensaciones dolorosas, agradables, los espasmos que devuelven a mi vientre su forma inicial y que, según he aprendido, colocan los órganos en su lugar correcto. Estudio la fisiología del placer de amamantar que se extiende a los órganos sexuales, para restaurarlos también, un placer que, sin embargo, no tiene nada que ver con el coito. Entiendo que la naturaleza es violenta en su lucha por permanecer.

Habito mi cuerpo por primera vez al convertirme en el medio de supervivencia de un pequeño ser que acaba de nacer. Me pierdo en la hermosa mirada de mi hijo y en sus deditos que aprietan y acarician mis diminutos pechos que se llenan y se vacían, que ahora tienen pezones duros y vigorosos, esculpidos por su boca y su propio vigor, mis pechos que ya no se parecen a los de una niña, y descubro con asombro que mi cuerpo es un cuerpo de mujer. 

Hace dos años fue necesario extraer mis tejidos. No pierdo nada en apariencia. Ni mis pezones. Se dañan después de la mastectomía por un vendaje demasiado apretado justo después de la cirugía, se vuelven azules, negros, se caen. La piel que resurge ya no tiene la huella de mi hijo, o ninguna memoria. Esto me hará llorar de manera indefinida. 

Las experiencias traumáticas nos ayudan a abrirnos a los demás. Ahora soy más sensible a la imposibilidad del cuerpo y al malestar que es un lugar común de la existencia. El sobrepeso, el peso perfecto enmascarado y testigo de la tristeza, el cuerpo obeso que no obedece, que es inconforme y se antepone, el cuerpo a punto de desaparecer. El dolor de los kilos que sobran, el dolor de los que faltan, la imagen tomada. Las curvas en un sitio inhóspito, la cadencia propia de una caminata forzada, de una postura delatadora. Pocos están conformes con su caparazón. Observo y concluyo: La tristeza desaparece el músculo, del dolor crece la grasa, y la tristeza la quema.

Mi cuerpo. Algunos días estoy tan desesperada que me gustaría arrancarme las prótesis. Contemplo el acto y su posibilidad: dos jirones de piel flácida, igualmente desprovistos de sensibilidad y tacto.

Lloro porque ya no siento nada. Pienso en mi cuerpo sin pechos, como esas personas en prisión que ya nunca más serán libres. Intento convencerme de que aún es posible recuperar algo. Trato de reinventar por completo el placer convocando a los recuerdos. Aprendo a doblegarme ante lo inevitable y lo definitivo. Mi propia ocupación de mí misma está en suspenso. Emprendo una batalla frontal y extrema con mi propia voluntad. Traspaso mi idea de la piel y descubro incrédula que aún siento deseo, mientras sigo sin reconocerme. Comprendo: Mis tetas no son más que la imagen anticipada de la batalla perdida que todos emprendemos contra el tiempo y el destino.

Virginie Kastel Ornielli es curadora, editora en Tresnubes Ediciones, y docente. Fue Coordinadora General de Artes Visuales de San Pedro Garza García (2021-2024), donde estuvo a cargo del Centro Cultural Plaza Fátima. Obtuvo el premio al Reconocimiento Editorial de la Universidad Autónoma de Nuevo León en 2020. Ha curado las exposiciones independientes Tres maneras de desdoblar un cuerpo de Miriam Medrez en el MACT, Impermanente y frágil en Casa Frissac, Tlalpan (mayo-julio 2024); Estados mentales de Chuma Montemayor, en Ciudad Victoria (agosto-noviembre 2024); y Ver con las manos, Galería Emma Molina, Monterrey (diciembre 2024).

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