No le temo a la muerte,
sino al dolor incierto, ilimitado.
Robert Lowell
Y, sin embargo, qué tentación es la muerte.
Paul Valery
15/02/26. No estoy a favor del uso de armas.
He disparado en un rancho revólveres, rifles y escopetas en la adolescencia a latas y botellas. He subido a la caja de una camioneta por la noche, para salir a «lamparear» conejos que comíamos al día siguiente.
Veo en El precio de la Historia (History Channel) que alguien quiere vender una pistola que me recuerda a la de mi abuelo. Un revólver Smith & Wesson calibre 38, con cilindro de 5 balas y empuñadura de perla.
Esa pistola me remite a historias que mi madre o mis abuelos me contaron. De esa época en que la vida los llevó a distintas rancherías de Durango y Zacatecas porque mi abuelo se dedicaba a «perseguir la goma» en minas abandonadas por ya no ser productivas, pero que ante la demanda de mineral en plena Segunda Guerra Mundial, valía la pena volver a explotar y vender a EE.UU.
Una vez, de regreso de la mina lo pescó una fuerte nevada. Estaba muy lejos de su casa, ya casi anochecía y caía nieve tupida. Se montó a su caballo, se puso su poncho que lo cubría a él y en parte al animal y se calzó el sombrero. Llegó un momento en que, entre el frío y la falta de visibilidad, soltó las riendas y se abandonó a su suerte.
El caballo lo llevó hasta la puerta de su casa. Llegó inconsciente. Mi abuela y sus hijas lo bajaron casi tieso, le quitaron el poncho. Lo rodearon de cobijas y lo pusieron frente a la estufa de leña para calentarlo. Cuenta mi abuela que con una cuchara le abrieron las mandíbulas para irle vertiendo sorbo a sorbo, sopa caliente. Así durante toda la noche. Horas después se despertó y se recuperó poco a poco.
Cuenta que su caballo quedó ciego por llevarlo entre la nieve. Tuvo que sacrificarlo, a pesar de haberle salvado la vida, tal vez con esa misma pistola que recuerdo.
Cuando mi abuelo estaba en sus últimos días, mi madre me llamó. Fui a estar con él a la ciudad donde él vivía. Mi hermano y yo compramos en el mercado una zalea de borrego para que se recostara sobre ella y que no se le llagara la espalda. Para ponérsela, yo lo cargué mientras mi madre la deslizaba en la cama. Era muy ligero. Estaba casi en los huesos. A pesar de eso, al sostenerlo entre mis brazos —lidiando contra la gravedad— la leve presión del abrazo le lastimaba.
Ese acto simple se alargó en prolongados gemidos que a la fecha habitan mi cuerpo. Esa piedad y esa impotencia ante el dolor se repitió unos años después cuando cargué enfermos a mis hijos de pocos meses, indefensos, no comprendiendo qué pasaba en su cuerpo. Abrazaba entonces la fragilidad de su vida —ya no agonizante como la de mi abuelo—, sino floreciente.
Sus últimos días, mi abuelo no los pasó en su casa. Fue a casa de la única hija que vivía en San Luis. Ahí estuvo mi madre para cuidarlo. Por una de esas historias que de repente se dan en las familias, el esposo de mi tía no permitía que mis tíos entraran en su casa. Cada mañana mi madre salía a la esquina a pasarle las noticias a alguno de mis tíos que velaba en la calle dentro de su coche.
Cuando por fin murió, después de hacer los trámites y arreglos para el entierro, mi madre fue a casa de mi abuelo a buscar algo de ropa para vestirlo. Me cuenta que encontró la casa desvalijada. Sus hermanos llegaron antes y se repartieron las pocas cosas que todavía tenía. Me cuenta mi madre que solo encontró refundida, debajo de restos y cosas inservibles, la pistola de mi abuelo.
La tomó y la guardó. Me dijo, «no necesito objetos para recordar a mi padre».
Cuando terminó de contarme, le dije que me gustaría tenerla.
A la fecha la conservo como parte de esos años que viví con él, como registro de esas historias de donde vengo y me contaba en la comida. La tengo como la posibilidad de decidir por mí mismo hasta cuándo la vida me dará ese último abrazo tenue de fragilidad. Antes de que se vuelva inútil y pierda su dignidad.
Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.
Foto: Joyce Dias | pexels.



