Lo que creamos

¿Lo que motiva la creatividad es nuestro vacío existencial, eso que nos humaniza y jamás será satisfecho?, ¿esa “humanísima insatisfacción” que mentaba mi maestro de filosofía?

abril 15, 2026

Por Eduardo Ramírez

Todos nosotros sentimos que tenemos una vida interior. Todos sentimos que formamos parte del mundo y que, sin embargo, vivimos exiliados en él. Todos ardemos en las llamas de nuestra propia existencia. Necesitamos palabras para expresar lo que hay dentro de nosotros.

Paul Auster

01/04/26. El proceso creativo es como el drenaje de nuestra casa.

Nos permite deshacernos higiénicamente de nuestros desechos tóxicos después de digerir lo que consideramos nutrientes. Permanece oculto y mantiene limpia y ordenada una parte de nosotros mismos. Aunque cualquier fuga o desperfecto en su mecanismo saca a flote oscuridades subterráneas.

Poco a poco mi práctica docente me fue encausando a asesorar procesos creativos de los otros.

Clases de redacción. Talleres de escritura creativa. Desarrollo de proyectos de arte. Asesorías de tesis. Desarrollo conceptual de proyectos arquitectónicos o de comunicación. Investigación académica. Asesoría de imagen e identidad corporativa. Conceptualización de modelos educativos. A eso me he dedicado profesionalmente.

A la fecha sigo «acompañando» algunos proyectos creativos y pensando sobre esas prácticas.

El proceso creativo me fascina. Lo considero esencial en la condición humana.

La creatividad, la imaginación son capacidades humanas. Se manifiestan en cada uno a través de nuestros sueños cada noche, para salir al paso de problemas cotidianos o en la manera en que les contamos a los cercanos nuestra experiencia, haciéndolos reír, conmoverse o entendernos. No importa que algunas de esas historias sean exageradas o inventadas, incluso.    

Frecuento las series policíacas por los métodos que los detectives usan para resolver sus casos, casi tanto como los desarrollados por las «mentes criminales» para realizarlos.

En el 9/11, paralelo al horror y la destrucción, de esos escombros resurgió mi fascinación por la simple solución de los terroristas para convertir un medio de transporte cotidiano y confiable, en un proyectil poderoso.

En este proceso —dependiendo del equilibrio emocional y el ego de cada quien— se presenta un dilema entre la capacidad de resolver problemas y el enganche adictivo para inventárselos y hundirse en ellos. Ahí se forja una relación que establecemos entre la cotidiana vida interior y una cierta necesidad y miedo a expresarla y compartirla.

En él se manifiesta nuestra obsesión hacia interrogantes que a nadie más le interesan y en las que —pensamos— nos va la vida.

Desarrollar la creatividad casi siempre está ligado a la posibilidad de suspender el juicio, anular el peso de los prejuicios que, al asimilar como propios, nos limitan.

No pensar. Liberar cualquier obstáculo psicológico y social para que el inconsciente se manifieste libremente y deje salir nuestras pulsiones y deseos.

En mi experiencia, en este asesorar proyectos creativos, tarde o temprano más que resolver el proyecto —sus objetivos y la forma técnica en que se construye—, me topo con que requiere mayor atención/solución las circunstancias personales (prejuicios, apegos a modelos previamente adquiridos, sobrevaloración de acto creativo, necesidades que exceden los alcances del proyecto).

Tal vez por eso he llegado a encargar algunos ejercicios heterodoxos.

Emborráchate, renuncia a la pintura y utiliza otros materiales para representar tu idea.

En vez de dibujar con lápiz sobre el papel, hazlo con una navaja sobre una madera.

Piensa que te vas a morir en 6 meses, ¿a cuál de tus múltiples proyectos dedicarías tu última energía, por cuál quisiera ser recordado?

Llega a una sesión de revisión. Le pido que me enseñe sus avances de proyecto. Saca una serie de sobres con decenas de fotografías sin ordenar. Me dice, solo tengo 15 minutos para la revisión. Le contesto, si tú no le das importancia a tu trabajo, yo no tengo por qué dársela. Vete. No le quites tiempo y oportunidad a los demás. Dos años después me pidió una asesoría. Ahora sí llevaba perfectamente ordenadas sus fotografías.

En vez de seguir «pintando bonito», interésate en lo que a ti te mueve, no en lo que los otros esperan de ti.

Yo mismo, para desarrollar el conceptual de un modelo educativo, en vez de leer libros sobre innovación educativa, me pongo a ver una comedia de adolescentes que, al no ser admitidos en las universidades prestigiosas, se inventan su propia universidad a la medida de sus gustos y hábitos. De ahí salió la esencia del modelo.

Es decir, más que soluciones o herramientas técnicas propias de la disciplina, lo que empantana los proyectos son cuestiones de proceso. Aquellos ligados a la persona, a su perfil de carácter, ideología o personalidad.

¿En qué me convierto cuando el objetivo en las sesiones se centra en deshacer los nudos personales que limitan el resultado del desempeño, las pretensiones e ideas sobre la disciplina que el asesorado defiende?

¿En algo así como un buzo de aguas negras?

Incluso, para que el proceso creativo les funcione, a algunos los tengo que convencer de que sigan desarrollando su creatividad sin necesariamente hacerla su práctica profesional o trascendente.

¿Cómo —sin decepcionarlos— enfrentarlos a la idea de que lo que creen que es su ideal de conducta para distinguirse, no los construye sino, incluso los extravía como personas?

Si para algo sirven los procesos creativos es para liberarnos. No para encadenarnos a modelos sociales (de aceptación y pertenencia), de capitalización (industrias creativas), de construcción de la genialidad o singularidad (el genio creativo), de normalización de la angustia emotiva (la victimización por el tormento y la incomprensión de nuestras sensaciones).

El proceso creativo lo único que crea es un vacío que detone la curiosidad para que los otros se interesen, identifiquen en lo que creamos.

¿Algunos crean solo tratando de llenar un vacío emotivo, de atención?

¿Lo que motiva la creatividad es nuestro vacío existencial, eso que nos humaniza y jamás será satisfecho?, ¿esa «humanísima insatisfacción» que mentaba mi maestro de filosofía?

Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.

Foto: Cup of Couple | Pexels.

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