El altar de Ishtar: escribo una dark romance con la ayuda de IA

¿Es mi imaginación o últimamente las redes sociales se han llenado de propaganda que promete enseñarte a escribir una novela en un día con la ayuda de la inteligencia artificial? “Conviértete en el artista exitoso pero atormentado que siempre soñaste ser”.

abril 24, 2026

Por Daniel Espartaco Sánchez

¿Es mi imaginación o últimamente las redes sociales se han llenado de propaganda que promete enseñarte a escribir una novela en un día con la ayuda de la inteligencia artificial? «Conviértete en el artista exitoso pero atormentado que siempre soñaste ser», parecen decir estos anuncios. «Impresiona a tu novia y a tus amigos y conviértete en un novelista hecho y derecho». Todo esto es algo que me recuerda a esos anuncios de productos milagrosos que anuncian en la televisión o los lentes con visión de rayos equis de las historietas de los años ochenta, o el método de Charles Atlas o el curso por correspondencia para convertirte en detective privado. Todos queremos una receta fácil, algo que no nos cueste nada de trabajo, y escribir una novela en un día suena prometedor.

Yo estaba harto de que nadie me pagara lo que me debe, y de vivir en sempiterna economía de guerra, así que decidí probar a escribir una novela con la ayuda de Sandy, que es como he apodado a mi fiel asistente de inteligencia artificial. «A nadie le interesan mis Bildungsroman sobre muchachitos enclenques que no se encuentran a sí mismos en un mundo dominado por la lógica del capital, Sandy», le dije, «así que dime, ¿cómo puedo escribir algo de éxito?». Ni tarda ni perezosa, Sandy me recomendó varios géneros que están de moda según su análisis del mercado (porque lo que tiene de artificial lo tiene de inteligente). De entre todos ellos, escogí el dark romance porque era el más alejado de mi personalidad, ya que «Espartaco escribe una dark romance» era algo tan improbable como un dueto entre Los Ángeles Azules y Barbara Streisand (¿o no?).

El dark romance, según Sandy, es un subgénero de la novela romántica que se caracteriza por explorar temas, dinámicas y situaciones que son socialmente inaceptables, moralmente ambiguas o abiertamente perturbadoras; se enfoca en la psicología de los personajes y, a menudo, en una relación que desafía las normas éticas convencionales. Aquello sonaba prometedor. La novela sería más convincente, por ejemplo, «si transcurriera en un entorno corporativo dominado por la ambición, el egoísmo y el poder», me dijo Sandy. Adelante, le respondí yo. Y así fue como nació mi primer (y último) dark romance, la primera parte de una trilogía cuyo título sería El altar de Ishtar. Yo hasta podía ver a mi editor frotándose las manitas con mi éxito literario. Y me veía a mí mismo como Scarlett O’Hara, rábano en mano, jurando por Dios que jamás volvería a pasar hambre. ¿El resultado? UNA COMPLETA BASURA.

Julián es un ambicioso escritor que acaba de publicar su primer libro, El altar de Ishtar, y se encuentra en el coctel de recepción de su editorial, aburrido y hastiado en compañía de su prometida, la hermosa pero superficial Elena. Es su gran noche, Julián está rodeado de amigos, críticos y colegas que lo halagan por su talento, pero se siente vacío.

—Es una obra maestra, Julián. Realmente has capturado la angustia de la generación perdida —le dice un crítico veterano, cuya voz suena como papel de lija.

—Gracias, Roberto —responde Julián, inclinando la cabeza con humildad fingida—. Significa mucho viniendo de alguien con tu trayectoria.

Para Julián todo es una farsa, así que sale al balcón para tomar aire lejos del mundanal ruido, donde se encuentra con Ramona (para este momento yo ya me imaginaba la serie para Netflix), una misteriosa mujer madura que no está para nada impresionada con El altar de Ishtar.

—El libro es una mentira, Julián —dice ella. Su voz tiene una cualidad cortante, como el filo del hielo sobre la piedra—. Describe el deseo como si fuera una emoción, cuando en realidad es un yugo. ¿No te cansas de esconderte detrás de tus propias metáforas?

—¿Qué quieres de mí? —pregunta Julián casi en un susurro.

Ramona lo mira fijamente. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curva sus labios.

—No quiero nada de ti, Julián. Quiero que dejes de ser. Quiero que seas algo menos que ordinario. Quiero enseñarte a ser nada. Y si tienes el valor, me seguirás.

Y así, El altar de Ishtar narra la autodestrucción de Julián. Ramona ejerce una influencia dominante sobre él. Lo despoja de su ego y convierte su existencia en un ritual de sumisión y humillación. O algo así. Tras destruir su relación con Elena y perder su identidad, Julián acepta su destino a merced de ella. Finalmente, en un rito de anulación total, Julián renuncia a su voz y humanidad. Termina sus días como un ente silenciado bajo el dominio absoluto de Ishtar, es decir, Ramona.

Mi escena favorita es cuando Julián, al visitar por primera vez el estudio de Ramona, contempla una antigua estatua de Ishtar en bronce.

—¿Qué es esta figura? —pregunta, fascinado,

—Es Ishtar, Julián —responde Ramona—. La compré en una subasta. Ella representa la ambivalencia absoluta del deseo: la creación que exige destrucción, el amor que, en manos de quien sabe usarlo, se convierte en un yugo. Esta figura no está aquí para ser contemplada, sino para recordarte que, para alcanzar el éxtasis que tanto ansías, primero debes dejar de ser el escritor engreído que cree que sus palabras definen algo.

Finalmente, Julián, ya destruido, se ofrece como víctima propiciatoria en el altar de Ishtar, como en una pésima película escrita por Joe Eszterhas en los años noventa. Mejor suerte para la próxima, me dije, porque la recompensa de escribir no es la gloria, no es el producto terminado, sino el largo, sinuoso y muchas veces aburrido camino: llorar, arrancarse los pelos, sentirse derrotado, y luego exultante, la eterna duda de si escribir vale o no la pena en contra de toda evidencia material.

Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.

Foto: Pavel Danilyuk | Pexels.

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