Muchachas culonas que bailan reguetón

Es curioso que un libro ofenda tanto a los comensales, pero no un teléfono celular. Llevamos en el bolsillo una computadora poderosísima que usamos para ver videos de muchachas culonas que bailan reguetón y eso no es considerado una insolencia por la mayoría de la gente.

mayo 23, 2026

Por Daniel Espartaco Sánchez

Algunos apuntes sobre leer en la nueva caja idiota

1

—En la mesa se come —decía mi abuela si llegaba a encontrarme con un libro o una revista a la hora de la comida.

—No leas tanto, te van a llevar los rusos —me decía el velador del lugar donde yo trabajaba.

O en el mejor de los casos:

—No leas tanto, te vas a volver loco.

Y es por eso que desde entonces tengo una sensación de vergüenza cada vez que hojeo un libro en público. Leer por placer o entretenimiento no era un acto sensato, de gente productiva o «normal», sino algo fatuo y hasta peligroso.

—Te vas a volver cerebro —decía mi familia paterna, algo que era sinónimo de esquizofrénico.

Hacerlo en el autobús era aún más imperdonable, delante de toda aquella gente que iba rumbo a un trabajo duro y honesto, que rumiaba sus ínfimas tragedias en silencio, pero ¿qué podía hacer yo con el enorme hastío de adolescente que sentía por entonces? Me aburría como una ostra en el deficiente transporte público de mi ciudad, a vuelta de rueda y al ritmo de la música popular del momento, en aquellas tardes provincianas de hermosa y brutal luz que amenazaba con aniquilarme.

2

Para ser sinceros, yo siempre quise en realidad una televisión portátil, pues entonces no había celulares inteligentes —el Dynatac 8000x sólo lo tenía Zack Morris—, así que leer era la única forma de combatir el lento devenir de la vida: primero historietas, luego libros, novelas, poemas, cualquier cosa, incluso me aficioné a la Historia.

Entre más aburrido fuera el libro, mejor, porque leer para mí era casi un acto doloroso. Mi enorme cerebro de chimpancé necesitaba combatir la ansiedad.

Me imponía cuotas inverosímiles de lectura, como un libro al día, hasta que me di cuenta de que no recordaba nada de lo leído. Y todo para saber cuál era el estado de las cosas en el mundo. Sí, no era normal un adolescente que se interesaba por «la cuestión chipriota» o la transición de los Stauffer (o Hohenstaufen) a los Hohenzollern. Ni siquiera podía acabar la preparatoria. La Union Soviética en cifras me sacaba lágrimas, sobre todo las estadísticas de producción de maquinaria pesada de 1974. Ni siquiera podía terminar la preparatoria. Eran los libros que podía comprar con los tres pesos que mi madre me daba para el Anuncio Clasificado y que por fin encontrara un empleo. Quisiera creer que ahora puedo leer de una manera un poco más pausada y con mayor apreciación, pero tal vez no sea cierto.

3

Muchas cosas amenazan al precario hábito de la lectura: comenzando por los promotores de la lectura, que más espantan que atraen, seguidos de «la letra con sangre entra de la educación pública», el teléfono celular, YouTube, las redes sociales, el precio de los libros o la ansiedad de estos tiempos tan convulsos, el foquito rojo en el tablero del automóvil de la mente, esa cosa llamada desilusión.

Cuando tenía veintitantos años visitaba la casa de un amigo que tenía una buena biblioteca. Había francachelas cada fin de semana y un día me dijo:

—Oye, Espartaco, ya no leas cuando hay gente presente, te ves muy mamón.

Y era cierto: yo quería comerme al mundo por medio de los libros, pero sacar un libro en una reunión es un acto imperdonable de soberbia. Es peor que sacar una guitarra del Paracho y cantar una de Silvio Rodríguez. También en la mesa de un restaurante. Qué insolencia, significa que no respetas a tu acompañante porque no es lo suficientemente inteligente; denota una especie de solipsismo imperdonable. Es curioso que un libro ofenda tanto a los comensales, pero no un teléfono celular. Llevamos en el bolsillo una computadora poderosísima que usamos para ver videos de muchachas culonas que bailan reguetón y eso no es considerado una insolencia por la mayoría de la gente.

4

Recuerdo que cuando me mudé a la Ciudad de México me sorprendió ver a tantos oficinistas y estudiantes leer en el metro. Cómo olvidar a aquellos oficinistas heroicos, vestidos de traje en pleno verano, en un vagón a reventar, armados con esa enorme mochila en donde llevaban su vida, como un caracol —tópers, un cambio de ropa, tal vez una computadora portátil—, agarrados de un tubo y absortos en un libro: la novela de moda de John Katzenbach o  un ilegible «Sepan cuántos…» de doble columna: ya fuera Crimen y castigo o Los hermanos Karamazov. Por primera vez, ya no me sentí solo e hice del metro mi lugar de lectura. Cómo me gustaba ir a la escuela o a trabajar con un libro en la mano. Entonces los teléfonos tan sólo servían para hacer o recibir llamadas, aunque el juego de la viborita resultara tentador.

Llegué incluso a cometer el acto totalmente gratuito de subir en la estación Barranca del Muerto, para alcanzar un lugar sentado, y leer hasta la terminal contraria y regresarme de nuevo. Los viajes en avión me parecían un mero pretexto para comprar algo en algún local de libros y revistas, al grado de que no me importaba si se atrasaban los vuelos. Una temporada navideña pasé las tardes sin un clavo en un centro comercial (me daba ansiedad estar en casa, era asiduo de las sórdidas áreas de comida). Recuerdo que leí Un drama de caza de Chejov y La guardia blanca de Bulgákov. Recuerdo leer las últimas líneas de esta novela todavía en estado catártico. Cerrar el libro llorando y darme cuenta de que no estaba en Kiev sino en un centro comercial. Fue uno de los días más sublimes de mi vida, a pesar de que la cajera del Sanborns me había dicho horas antes que mi tarjeta de crédito estaba sobregirada. Todavía lo cuento como quien cuenta: estuve en Barcelona o en Paris.

5

De regreso al metro, ya nadie lee libros en los vagones. No sé a dónde llegará evolutivamente este desastre. El otro día vi un muchacho en la calle leyendo versos y hasta ganas tuve de decirle que no leyera tanto porque se lo iban a llevar los rusos.  Por eso me dan ganas de llorar los ancianos solitarios en los bares y cafés que miran videos de quince segundos de muchachas culonas que bailan reguetón.

6

Tengo un amigo que descarga libros en su celular. Se propuso leer uno a la semana durante el viaje de dos horas al trabajo y de regreso. Lee 52 al año, para ser exacto. Ya leyó toda la Saga de la Fundación de Asimov y me pide que le recomiende títulos. Yo le paso algunos de novelas cortas porque cada vez tengo menos paciencia con los mamotretos. Decidí seguir su ejemplo. Durante un año, casi todo lo que leí fue en un celular HTC de pantalla muy amplia. Si me aburría en una reunión, podía sacar el teléfono y leer algunas páginas sin que nadie se sintiera ofendido. Podía haber sacado un tomo de los diálogos de Platón y me habrían quemado vivo, pero inverosímilmente no sucede con un celular, la nueva caja idiota.

En el Metrobús cualquiera podría creer que miraba videos de muchachas culonas que bailan reguetón, pero en realidad leía Indigno de ser humano de Osamu Dazai. Incluso lo hice en la mesa de la cocina de mi abuela y no escuché ninguna frase recriminatoria que me conminara a terminarme la sopa porque se iba a enfriar. En los soporíferos encuentros de escritores y ferias del libro esta estratagema es muy útil; también con la familia política cuando hablan de lo grande que es López Obrador. No recuerdo dónde, pero alguna vez vi una ilustración de la biblioteca de campaña de Napoleón: era un veliz con libros en miniatura. Yo siempre quise tener una de esas debido a mi inestabilidad sentimental de entonces, saltando de una separación a otra. Incluso durante un tiempo coleccioné los libros de la Colección Crisol de Aguilar, no más grandes que un estuche de casete. Ahora tengo mi teléfono celular. Y como lo advirtieron Los Tigres del Norte: parezco romano de la antigüedad.

7

En 1945, Vannevar Bush publicó en el Atlantic Monthly un ensayo titulado “As we may think”, en donde imaginó algo llamado Memory – Index (Memex), un dispositivo de base de datos para el almacenamiento y acceso a grandes volúmenes de información, donde sería posible consultar datos guardados en microfilms proyectados en pantallas para que el usuario tomara notas en los márgenes. Vannevar Bush pensó en un aparato que ayudara a agilizar el uso de la información a los investigadores. Yo no investigo nada, pero me fascina la idea de llevar en el bolsillo una cajita negra que también es un Memex portátil, donde incluso escribo estas notas.

8

Hace poco, mi madre vino a visitarme. La mujer es un as a la hora de teclear en una pantalla táctil con todo y las uñas bien arregladas que tanto les gustan a las señoras. Íbamos en un taxi. Con el cabello teñido de un color que nunca se verá en la naturaleza —ni en lo más profundo del Amazonas —, revisaba sus grupos de WhatsApp y me mantenía al tanto de los chismes en mi ciudad natal desde el asiento del copiloto.

Aburrido, yo iba en el asiento de atrás y, como ella estaba absorta en su cajita negra, saqué del bolsillo interior de mi chamarra un tomito con La lámpara de piedra de Marcel Schwob. Mi madre me miró decepcionada:

—Oh, estás con un libro —me dijo, como diciendo vaya, no quieres convivir con tu madre.

—Y tú estás con un celular —le respondí.

Pero ella siempre quiere tener la última palabra. Tomó un poco de aire y sentenció:

—Lo de hoy es el celular.

Y yo no pude evitar recordar a aquella mujer de veintitantos años que todas las noches hojeaba un tomo con las obras completas de Shakespeare antes de ir a la cama. Esa solía ser mi madre.

Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.

Foto: Nivo Pictures | Pexels.

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