Por Daniel Espartaco Sánchez
Tómalo o déjalo, si bien es cierto que los grandes nunca lo necesitaron, el taller literario, con sus pros y contras, ha sido una institución a lo largo de décadas ya sea para trasmitir conocimiento, oficio o (¿por qué no?) una serie de prejuicios acerca de la literatura. Antes del taller literario, existía la crítica de la prensa, claro, y antes de la prensa el cotilleo. En gran medida, los autores se hacían a sí mismos, encurtidos en una guerra o en la sala de redacción de un periódico o entre bordados, en el salón de té de una casa solariega de Massachusetts o de la campiña inglesa. No veo ni a Jane Austen ni a Tolstoi sacar fotocopias en una papelería antes de llevárselas a un maestro para que les tache los adverbios con virulenta tinta roja.
Y a lo largo de décadas, el taller literario se ha convertido en una especie de modo de vida para ciertos autores ya sea en una universidad gringa del medio oeste o en la casa de cultura municipal de San Juan de los Palotes, Tlaxcala. Por cierto, que no veo a Natsume Soseki cobrarle unos yenes a sus discípulos, Akutagawa y Tanizaki.
Dos eventos recientes han modificado este ¿ecosistema? (maestro-taller-discípulo), el primero lo ocasionó el chino que se almorzó un pangolín en el mercado de Wuhan. La irrupción del SARS-CoV-2 y la cuarentena resultante movió el ecosistema de los “talleres” hacia plataformas como Zoom o Google Meet. Y el desempleo generalizado y las pocas oportunidades existentes para los autores provocó la eclosión de talleres de literatura en línea al grado de que ya-todo-el-mundo-imparte-un-taller. Ahora hay una sobreoferta, es innegable, y que jóvenes imberbes que jamás han publicado una novela impartan “talleres de novela total” ha sido el resultado de esto gracias también al sesgo cognitivo llamado Dunning-Kruger (sí, como Freddy). Así lo veo en mis redes sociales. Todo el mundo quiere ganarse unos pesitos y parece dinero fácil, pero no lo es. La demanda también es responsable, no la democratización de la palabra escrita sino de las aspiraciones: todo-el-mundo-quiere-escribir-un-libro, no importa si ni siquiera has leído alguno.
Pero el segundo evento ya tiene rato que llegó, y es la irrupción de la mal llamada inteligencia artificial. ChatGPT, Claude, Gemini y Deepseek pueden leer un manuscrito en cuestión de segundos y detectar lo que “está mal”. También existen maravillosas amenidades como NotebookLM, basado en Gemini, que no sólo puede leer tu manuscrito, sino generar infografías con dibujitos kawai, resúmenes en video, tablas, informes, cuestionarios, tarjetas didácticas o diferentes podcasts que van desde un resumen, una crítica y un debate encarnizado entre dos voces que actúan como fiscal y abogado defensor, suficiente como para hinchar el ego de cualquiera con demasiado tiempo libre o insomnio. Sin embargo, el podcast de “crítica” podría llegar a ser útil. Ya no necesitas la lectura de un maestro a un nivel estructural o de la trama, la IA incluso puede llegar a trabajar en los motivos que se repiten en una narración y es un excelente detector de cabos sueltos para alguien que apenas empieza. Es decir, NotebookLM podría ayudar a un primerizo a escribir un relato perfectamente balanceado en tiempo y estructura, pero esto dependería del trabajo con el usuario humano, pues, como ya lo escribí en otra entrada, la IA es una pésima narradora.
Ya no es necesario darle a tu omnisapiente maestro tu novela engargolada en espera de que se tome un tiempito a regañadientes para aconsejarte cómo trabajar una trama o el clímax. Si eres lo suficientemente listo podrías trabajar con esta herramienta gracias a una lectura más o menos sólida en apenas unos segundos. Y lo mejor aún, tu novia o tu mamá te van a querer más ahora que ya no tienes que leerles tus egregias páginas para saber qué opinan. Pero como en todo, hay una letra pequeña: los criterios de la IA son demasiado formales, por no decir demasiado “gringos”, y si los siguieras al pie de la letra es muy probable que te ame el editor que está buscando el próximo best seller, pero que algo se muera dentro de ti. Como lo he podido comprobar con el podcast de “crítica”, la IA es hasta moralina. Deja poco espacio para la experimentación o para esa imperfección humana que es la base de cualquier arte. No descarto que en un futuro todas las novelas sean perfectamente iguales. Y que críticos y editores, que también serán sustituidos por la IA (gracias a Dios), sean felices en un mundo feliz de literatura feliz, como Barbie en su mundo de Barbie (la vida en plástico es fantástica).
No se trata sólo de que la IA te corrija la ortografía o la gramática, tiende a unificar el estilo con frases cortas. O peor, su idea del estilo es usar horribles adjetivos al estilo de “era una noche oscura y tormentosa”, sin mencionar el abuso de adverbios. Y yo mismo he comprobado que tiende a equivocarse en el uso de la puntuación para oraciones subordinadas; se las vería negras para escribir una novela al estilo del mejor Faulkner o de Proust. Y para escribir basura, los humanos ya lo hacían bastante bien sin ayuda.
¿Sobrevivirá el taller literario? ¿Sobrevivirá el “maestro” como tal? Si hablamos exclusivamente de gramática o de estructuras narrativas, lo más probable es que no (aunque quién sabe). Tal vez sobreviva como actividad social o deportiva, como reunirse a hacer calceta o jugar paddel. Nunca pasará de moda para aquellos que sólo buscan un público, ligar, o bien terapia de grupo, en vez de escribir.
Hay algo con lo que no puedes contar cuando hablamos de la IA: el estilo literario. Seguirá siendo algo que se desarrolla de una manera personal y gracias a una reflexión propia acerca del lenguaje, del amor por el idioma en el que escribes. ¿Cómo funciona? Sigue siendo algo tan personal como el alma humana. Es también una cadencia, decisiones sobre la página que a veces incluso van en contra de las normas gramaticales o las convenciones de una época. Esa idea del estilo sólo se podría trasmitir de una persona a otra de la misma forma en que un maestro japonés les enseña a sus discípulos como fabricar un cuchillo o una vasija.
Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.
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