El arte de la novela breve

En las novelas breves importan tanto los detalles y descripciones como lo no dicho, el silencio como parte del texto, la economía del lenguaje.

julio 10, 2026

Por Gilma Luque

Notas sobre Tres luces de Claire Keegan.

Leo en una entrada de mi diario del 2020: “Dejé de escribir cuando se acabó el confinamiento. Todo ha vuelto a ser como antes, es decir, que el orden de los días, las horas y el tiempo se volvieron un caos porque la puerta está abierta y la calle y los otros vuelven a existir. Mucha libertad, después de mucho cuidado. He leído mucho menos que en el encierro, sin embargo, encontré a una autora que me encanta. Ayer leí Tres luces, una historia bella, aunque la niña que la protagoniza solo pueda probar el bienestar, para después volver a lo cotidiano: la pobreza y falta de cariño”. Era el año en que la pandemia de COVID más que cambiar el mundo parecía detenerlo. Vivía en una casa muy pequeña en la colonia Nápoles con D. y mi gato, quien llevaba solo un par de meses con nosotros. Vivíamos en una casa estilo funcional que el dueño dividió y rentaba como departamentos, todo estaba muy improvisado. El vecino de al lado oía música electrónica todo el día y nos desquiciaba. Ese mismo año logramos dejar la calle de Luisiana después seis años de vivir ahí frente a una gomera que nos daba no solo sombra, incluso frío, y dos casas que demolieron con mucho ruido para construir en su lugar un conglomerado de edificios con departamentos de pocos metros cuadrados que vendían carísimo. En esa casa de la colonia Nápoles, durante el primer confinamiento de la pandemia de COVID, además de pasarla en piyama, leí muchísimo. Casi deseé que así fuera la vida, claro, de no ser por el horror que implicaba la enfermedad, las muertes, la pobreza y el miedo. Volví a Keegan hace poco para dar un curso sobre la novela breve y sus aspectos:

No es el número de páginas lo que caracteriza a la novela breve, es la intensidad que se logra en tan pocas páginas y en general con pocos personajes y escenarios. El gran cuaderno de Agota Kristof, la primera novela de la trilogía Claus y Lucas; Sóniechka de Liudmila Ulítskaya y Tierras bajas de Herta Müller, entre muchas otras novelas breves, muestran una destreza para contar lo esencial.

Tres luces me hace pensar que las historias son un pretexto para hablar de algo que es importante decir, pero no encuentra otra forma de ser. Lo dice mejor Karl Ove Knausgård, a quien también leí en la pandemia (pero lo suyo es el arte de la novela total): “…hablar de aquello tan preciso y efímero, que ni siquiera quien lo vive es consciente de ello. Eso que solo se manifiesta en la escritura”.

La historia de Tres luces comienza con una niña y su padre en un auto, van a casa de unos parientes que se harán cargo de ella una temporada, pues la madre está a punto de parir a otro niño. La familia es numerosa y el padre, irresponsable. Los Kinsella son la pareja que los recibe en su granja, donde el orden, la limpieza y la vastedad contrastan con el hogar de la niña, sin embargo, esa pareja no deja de ser unos extraños para ella. Sobre todo cuando el padre se va sin siquiera dejar su maleta una vez que comió de una manera vulgar lo que le ofreció la mujer. La niña se queda en esa casa ajena en la que ella y su cabello despeinado y sucio, lo mismo que sus uñas y ropa resaltan por lo pulcro del lugar, aunque también los buenos tratos, la ternura con la que le hablan y bañan, la ropa limpia casi de su talla con la que la visten, sin importar que sea de niño. El lugar, la comida y los Kinsella le gustan.

Sus tareas son ayudar a la mujer con las labores de la casa y también correr hasta la verja lo más rápido posible para recoger la correspondencia.

Sin que haya un quiebre más que el de la cotidianidad, el ambiente se tensa entre la pareja en algunos momentos (como cuando el hombre sugiere comprarle ropa a la niña o cuando van por agua al pozo), cosa que la niña resiente, pero el bienestar y la ternura con la que la tratan gana terreno durante ese verano en el que ella aprende nuevas palabras y con ellas también una manera distinta de ver el mundo. Incluso aprende la diferencia entre los secretos y a simplemente callar como una oportunidad. El verano llega a su fin y la niña tiene que volver a casa donde todo será como antes, menos ella, que ya conoce lo próspero y el dolor de quienes la acogieron ese verano.

Klaire Keegan nació en Irlanda en 1968, es autora de un par de libros de cuentos Recorre los campos azules (Eterna Cadencia, 2008) y Antártida (Eterna Cadencia, 2009) y tres novelas breves: Tres luces (Eterna Cadencia, 2010/2023), Cosas pequeñas como estas (Eterna Cadencia, 2021) y Bien tarde en el día (Eterna Cadencia, 2023). Libros con los que ganó numerosos premios.

La escritura de Keegan se caracteriza por una observación precisa: los detalles —como “los pedazos de cielo” que la niña ve desde la ventanilla del auto en Tres luces, o la oveja perdida que introduce tanta tensión—, junto con la concentración del tiempo y el espacio, construyen una atmósfera de extrañamiento. Esa atmósfera se acentúa mediante los contrastes entre el exterior —el sol, el agua del pozo, el calor y la humedad— y la oscuridad de la casa, así como por unas intenciones que apenas se insinúan en las acciones de los personajes.

En las novelas breves importan tanto los detalles y descripciones como lo no dicho, el silencio como parte del texto, la economía del lenguaje. El pretexto en esta novela es el punto de vista al que se limita la historia, el narrador: una primera persona en tiempo presente, es decir, una niña que cuenta lo que acaece en su día a día, sin juicios. Es una protagonista inocente lo que crea el extrañamiento de lo habitual. Cada cosa que está escrita en la novela nos lleva al desenlace no esperado, pero sí necesario. A un final abierto, que más que dejarnos sin saber lo que continúa, lo calla.

No se necesitan muchas hojas para grandes tramas. No hay historias pequeñas. Simplemente hay que hablar de lo que se conoce, describir lo esencial y atrapar el momento preciso de aquello que sucede bajo los grandes relatos, aquello necesario para lograr una experiencia concreta de la realidad. La propia.

Ahora entiendo que lo escrito en mi diario del 2020 dice un poco lo mismo que esta novela de Keegan: que no importa lo que se viva (maravilloso o terrible) siempre habrá que volver a lo cotidiano.

Gilma Luque (Ciudad de México, 1977) es autora de Hombre de poca fe (Mondadori, 2009), Mar de la memoria (Ediciones B, 2014), Obra negra (Almadia, 2016) y El hombre en el jardín (Hachette, 2025), entre otros libros. Fue miembro del Sistema Nacional de Creadores del año 2020 al 2023.

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