Maya XII: Minimalismo

Hay mucho que escribir sobre aquello que habla poco pero dice mucho. Quizás el silencio y la lentitud son el medio más favorable para elevar lo espiritual en el arte. Cuando el cine calla, el mundo empieza a hablar por sí mismo, y con muy poco basta para rozar lo invisible.

julio 26, 2026

Por Raúl Quintanilla Alvarado

Decía Borges que si los astros son favorables, un escritor podría lograr no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad. Hay directores de cine que han logrado la complejidad y la densidad con el más mínimo gesto y con los más escasos recursos. No se trata de invalidar lo barroco, ya sea la riqueza del lenguaje de Orson Welles, la imaginación desbordada de Fellini, los collages y cortes disruptivos de Godard, o incluso los colores y el montaje frenético de Baz Luhrmann. Sin embargo, quiero subrayar el valor de lo minimalista y elevar la voz de quienes prefieren hablar quedito.

Sobra decir que no todo minimalismo tiene valor por el hecho de serlo. Hay gran cantidad de películas bajo el paraguas del mumblecore y pocas de ellas valen la pena mencionar. Yo veo poco valor en el cine experimental de Andy Warhol, excepto quizás en que ayudó a inspirar a Philippe Garrel a hacer una obra íntima y fantasmal. Hablando de fantasmas, en A Ghost Story de David Lowery, la austeridad se siente forzada; es una película pobre en el fondo. Incluso la televisión ha producido obras maestras en ese estilo, como es el caso de Elephant de Alan Clarke, que es brutal, seco y repetitivo. La película de Clarke luego inspiraría a Gus Van Sant a adoptar ese mismo estilo por lo menos en tres largometrajes; uno incluso repite el título Elephant, pero ahí se siente como mera copia, puro formalismo.

Hay distintos tipos de minimalismo; podríamos encasillar un primer tipo en aquel que se concentra en lo cotidiano y en situaciones mínimas. Éric Rohmer ha sido el referente de un cine centrado en las conversaciones y en lo cotidiano; sus historias avanzan con la naturalidad de la vida misma, pero cada gesto y palabra están sutilmente calculados para construir una arquitectura de dilemas morales. Creo que nadie más ha logrado hacer de sus personajes filósofos sin parecer impostados, después de todo lo somos a momentos. Un discípulo de Rohmer es el coreano Hong Sang-soo, quien aparte de trabajar con grandes restricciones económicas, hace girar su filmografía alrededor del diálogo. Basta con describir su rutina de producción: se levanta a las cinco de la mañana y escribe la escena que filmará ese mismo día. Además, Hong ha reducido con los años su equipo: él mismo produce, hace la cámara, edita y hasta compone la música y mezcla el sonido. 

Otra minimalista de lo cotidiano sería Kelly Reichardt, que en sus tramas reducidas logra agrandar la experiencia a través de una acumulación de matices y énfasis en los detalles perceptivos. Old Joy es un gran ejemplo de un cine de simplicidad engañosa, lleno de silencios que revelan una amistad desgastada. Jim Jarmusch es también famoso por su aparente sencillez y puede hacer de un café o un trayecto en taxi, una alberca profunda de emociones. Convierte la deriva en forma, lo ordinario en poesía. Los personajes de Aki Kaurismäki son enormes por dentro y secos por fuera. Hay una escena graciosa y reveladora del carácter en Fallen Leaves en donde el protagonista se deshace de los cubiertos extra que tiene para quedarse solo con uno de cada uno.

Tenemos otro tipo de minimalismo que, por comodidad, llamaré contemplativo. Una gran maestra de este cine es Chantal Akerman, que puede sostener una película entera a partir de tareas domésticas, en un retrato de las calles de Nueva York o en el retrato mudo de un hotel. Aunque Akerman fue influenciada por cineastas formalistas, que me cuesta apreciar, siento que lleva el corazón en las manos, a diferencia de otros que quieren más bien probar un punto intelectual. El cine ruso de Aleksandr Sokúrov puede ser aletargado y pesado, pero compensa su lentitud con una percepción más intensa y la pesadez parece provenir del mismo mundo que trata de sostener. Madre e hijo podría resumirse en un minuto si la dirigiera cualquier otro director, pero en Sokúrov podemos sentir la muerte acercarse y petrificar el tiempo mismo. Pero la lentitud no tiene que ser definida por la tragedia: Tsai Ming-liang se toma el tiempo para hacer tangible el deseo frustrado y la soledad, que al final transmuta en comedia.

Finalmente, me gustaría agrupar a mis directores minimalistas favoritos en una categoría que Paul Schrader titularía trascendental. Robert Bresson despoja su cine de todo lo superfluo y utiliza el gesto más mínimo para desplegar el drama que ya ha sido purificado de toda teatralidad. Su obra es de una sobriedad radical, casi monástica; para él, las limitaciones autoimpuestas son la clave de su libertad artística. Da la impresión de filmar almas más que personas. Es sabido que desgastaba a sus actores con interminables tomas hasta convertirlos en autómatas y así revelar su espíritu. Por momentos, las puras manos son suficientes para contar su historia y eso nos recuerda a la escena en Diario de un cura de aldea, donde un cura repleto de dudas logra darle la paz a un feligrés y escuchamos en la narración: “Qué maravilloso que uno pueda dar lo que no posee, el milagro de las manos vacías”.

De manera similar, Carl Theodor Dreyer optó por la austeridad en sus últimas películas. Sus encuadres son severos y precisos. Su aparente frialdad esconde una devoción espiritual, que prefiere quedarse callada antes de revelar lo sagrado. Es uno quien tiene que hallar la fe en la intensidad de la luz y el silencio. Sus personajes resultan marionetas mecánicas, como en esas decoraciones navideñas con monitos deslizándose como zombis por imanes ocultos. ¿Pero quién es el titiritero?

Yasujiro Ozu opera con una precisión matemática; aun así, da la impresión de ser el más relajado de todos los trascendentales; es el que mejor esconde la profundidad de su cine zen. Ninguna emoción es subrayada; todo es discreción asiática. Sus objetos, por más insignificantes, tienen casi el mismo peso que un personaje, ya sean tazas, puertas o la cáscara de una manzana. Los trenes, las fábricas, los callejones, todos están inmersos en un tiempo que los devuelve a un flujo armónico que todo lo abarca. En Primavera tardía, una toma de un jarrón logra contener la esencia de un momento; sin explicar nada, hace visible lo invisible.

El cine taoísta de Hou Hsiao-hsien parece flotar entre la memoria y la vida presente, como si cada imagen viniera desde muy lejos. Hace del tiempo una materia palpable y repleta de emoción contenida. Al repetirse sus espacios, terminamos por habitarlos. Sus personajes, más que atravesar el mundo, son atravesados por él. Su mirada no se deja llevar por la inquietud y el caos del mundo y sus habitantes; está suspendida en el tiempo. Recuerdo una escena bellísima y conmovedora de Polvo en el viento en donde potencia la cotidianidad con un gran detalle: una campesina humilde está trabajando en la ciudad y, cuando le pagan, va a una zapatería y le compra a cada miembro de su familia calzado y en vez de llevar las medidas de cada uno, ella ha trazado cada planta de los pies en una libreta.

Hablar de Andrei Tarkovsky es una tarea interminable; solo diré que su cine convierte la duración en una forma de revelación. La materia en sus películas respira; el tiempo se espesa y se vuelve visible. Cada plano es como una plegaria; es la confirmación de un más allá. El misterio queda intacto, pero palpitante. Él llamó el arte del cine “esculpir el tiempo” y muchos lo han intentado, pero pocos han logrado cincelarlo con la maestría y detalle de Tarkovsky. Quizás nadie haya tomado más en serio el cine. Si uno desea creerlo, en dos de sus películas, Nostalgia y El Sacrificio, el protagonista salva el mundo con un sacrificio en apariencia insignificante, invisible para el ojo despistado; quizás el mismo director haya hecho sacrificios para poder regalarnos su obra.

Quise ser breve, pero no quería dejar sin mencionar a otros maestros del minimalismo como el cine desolador del lituano Sharunas Bartas, el cine elíptico y sugestivo de la alemana Angela Schanelec, el ascetismo analítico de James Benning, el cine fatalista pero visionario del húngaro Béla Tarr, y cómo olvidar varias secuencias de Michelangelo Antonioni, en especial el vaciado de historia y personajes de su impactante estudio sobre la frivolidad contemporánea que resulta ser El eclipse.

Hay mucho que escribir sobre aquello que habla poco pero dice mucho. Quizás el silencio y la lentitud son el medio más favorable para elevar lo espiritual en el arte. Cuando el cine calla, el mundo empieza a hablar por sí mismo, y con muy poco basta para rozar lo invisible.

Raúl Quintanilla Alvarado (Monterrey, 1982). Desde los 17 años se ha dedicado a la producción audiovisual, con una filmografía de más de 500 cortometrajes y 7 largometrajes, en donde ejerce los puestos de productor, guionista, director, actor, fotógrafo, editor y colorista. Recibió el premio de adquisición en la Bienal Artemergente 2012 y el Premio Nacional de Poesía Carmen Alardín 2023. Actualmente es Vocal de Cine en Nuevo León, produce el podcast sobre arte y cultura Rodar el Trueno y la serie web La Generación del Sueño.

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