Por Gilma Luque
Notas sobre Sweet Acapulco de Brenda Ríos.
Debate, 2026
“Esto es un libro de tres líneas. Por fin llegué a la escritura que dice todo con dos expresiones: antes que no es pasado y ahora que no es futuro.”
Dicen que los salmones, en su memoria de pez, recuerdan la ruta a casa y nadan hacia su origen aún contra corriente. También las mariposas y aves migratorias. Necesitan irse, pero siempre vuelven. Siempre volvemos. Guardamos en la memoria un lugar idealizado, la infancia, la adolescencia, los primeros amores, incluidos el de nuestros padres y hermanos. Reconstruimos el espacio donde crecimos en la imaginación y a nosotros ahí, para después volver a esa ciudad, pueblo, barrio y no encontrar rastro de lo que fue.
No me acuerdo quién dijo que solo existen dos formas de relato: un hombre emprende un viaje o un extraño llega a un pueblo. Así Brenda Ríos en este libro de crónicas y “otras divagaciones” como ella lo titula, vuelve al origen y destapa la caja con las Brendas de distintos tamaños.
Ella dice que este libro es una carta de amor y una autobiografía crítica a su lugar de origen. Yo diría que también es un álbum de fotografías familiares con el mar de fondo. De no ser por esas fotografías (la memoria) ese lugar ya no existiría. Imposible decir “aquí era, aquí había”, pues las tiendas, restaurantes, parques, etcétera sufrieron una transformación: la que sufren los espacios con el paso del tiempo, y la impuesta por una vida gobernada por el crimen.
Este libro también es un documental, así lo leí. Una mujer nos habla y una cámara la sigue por las locaciones donde ella creció: Caleta, el mirador al que los llevaba su padre de niños, las cinco escuelas primarias a las que asistió, “la casa del conde Pátula” que sus padres compraron e hicieron crecer: 11 habitaciones, nueve baños, tres terrazas y de fondo el mar de fondo. Misma casa que tuvo que vender después de Otis y la muerte de su madre. Una casa que yo imagino en medio del mar. La casa familiar en la que ella prefería no hacer nada, ni leer, ni llamar a alguien, ni escribir. No con la humedad, el calor y el paisaje. En esa casa estaba el refrigerador lleno y la seguridad que inventan nuestros padres hasta que dejan de hacerlo. Vemos a la niña que creció ahí y no podía pensar en el futuro, que no hubiera podido responder qué quería ser de grande. Esa niña y su hermano pequeño jugaban a la casita.
“Una casa dentro de una casa es una historia sin fin”.
Seguimos a la autora por la Zona Dorada, los suburbios, lo que está lejos del mar: la pobreza. Acapulco como imaginario simbólico. No importa cómo sea o fue sino cómo lo recordamos, dice Brenda Ríos.
El libro está dividido en tres partes y un epílogo. Varias crónicas sobre la vida en Acapulco y la CDMX, entre su infancia y su adultez, entre el amor y el divorcio. Crónicas y divagaciones, con un humor negro bien cuidado, sobre el último paraíso sobre la Tierra. Brenda Ríos usa una voz en segunda persona, íntima y dura, así le habla a alguien más, o quizá simplemente a sí misma, sobre lo cotidiano y al mismo tiempo maravilloso del paraíso, de los viajes que ha hecho, las mudanzas, las perdidas, el amor y las catástrofes. Un libro lleno de Ideas. Las ideas como caballos que corren en un campo inmenso, dice Brenda: “Caballos purasangre: hermosos, libres, llenos de peligros y ganas de vivir…”. Su rostro parecido al del padre y el hermano frente al espejo, ya con arrugas, otra idea, también antes, a los 17 años: “Entre esa noche y la historia de ahora ha pasado mucho tiempo”. ¿El color del mar es una idea? Se pregunta Brenda. El amor, su matrimonio, el silencio y lo imposible son ideas. Para hablar de su matrimonio nos lleva a un departamento silencioso en el que cocina un huevo frito, porque es en la cotidianidad donde lo importante se vive y también ahí donde termina. En unas vacaciones en las que ya no puedes obviar la distancia ni el aburrimiento.
“Lo que teníamos era amor, era todo lo demás lo que nos hizo falta”.
Brenda Ríos hace una crítica mordaz sobre la ciudad de origen, al puerto que sólo es idílica si no vives ahí, si eres turista, si tu estancia no pasa de un fin de semana, si no tienes que salir de tu casa donde escasea el agua y no hay aire acondicionado. Idílico para gente que tiene mucho dinero y compra casas costosas como Luis Miguel. El Acapulco del que la autora nos habla en cada una de sus postales es un lugar captado por el narcotráfico, las balaceras, la inseguridad, la basura que dejan los turistas, en su mayoría gente del Estado de México, la periferia de la CDMX, la gente pobre que llega a la playa a vacacionar con latas de atún y de cerveza, grabadoras para poner música a todo volumen y ser quienes no son en sus casas. Esos vacacionistas se hacen trencitas, compran a los vendedores ambulantes, rentan sombrillas y sillas, lo que no saben es que los vendedores locales, los “morenitos”, los costeños, tienen que pagar una cuota a la mafia por el derecho a estar ahí, y si no, están en peligro de muerte, aunque esa cuota se la cobran al turistas. Ese es el Acapulco real, el paraíso de los pedófilos, que van al puerto desde países remotos “a vivir la experiencia”. En esa ciudad nació la autora, nos cuenta, hija de un maestro que estudió en la normal de Ayotzinapa y una abogada. La autora recuerda una infancia feliz hasta que sus padres comenzaron a pelear hasta divorciarse, las peleas no fueron inocentes, eran siniestros que lo destruyeron todo. A lo largo de estas crónicas podemos ver lo que se esconde detrás de la aparente belleza de un destino vacacional.
El valor del libro está en la mirada sincera de la autora, a quien no se le va un detalle y de los cuales tiene toda una crítica o análisis que hacer, además de las opiniones bañadas de humor negro, que no son otra cosa que una pena muy grande por la realidad tan violenta que se vive en el lugar donde creció. Teje situaciones en las que el lector puede ver a una mujer que ama, odia, teme, sabe. La seguimos, podemos leer una serie de notas sobre cualquier tema que se escribe a sí misma y de las que el lector se apropia.

Sweet Acapulco (o Sour Acapulco) es un libro que se lee como una pequeña muestra de lo que sucede en el país entero: la pobreza, la violencia, el narcotráfico, los abusos, la contaminación, la negligencia médica…
Es una lectura sencilla y profunda, que denuncia de una manera poética el camino que hace el héroe para poder volver a casa: uno mismo.


