Letra chiquita III

Admito y reconozco —como en un grupo de apoyo—, “Buen día, soy Eduardo y uso el epígrafe tal vez exageradamente.”

agosto 11, 2026

Por Eduardo Ramírez

Dale un martillo a un niño y, todo lo que vea, encontrará la manera de golpearlo.

Abraham Kaplan

La llama, puesto que vuela, es un pájaro.

Gaston Bachelard

22/07/26. En esta misma publicación leo un artículo sobre el (ab)uso o el uso interesado del epígrafe. Suscribo lo que dice.

Me recordó dos (re)acciones que hace tiempo tuve con respecto al epígrafe.

En los ochenta —como no existían las redes sociales— en la universidad había vitrinas donde cada carrera publicaba artículos, convocatorias y, en el caso de la vitrina de la carrera de Letras, mostraban algunas creaciones literarias de sus alumnos. Ya no recuerdo si fue algo en particular o nomás por amarguete que soy, un día pegué por fuera de la vitrina un pequeño texto escrito a mano.

Se llamaba algo así como Sobre epígrafes y poetas. Solo recuerdo que comenzaba con la frase, “Odio los epígrafes, casi tanto como a los poetas”. Por supuesto el breve texto estaba antecedido por un largo epígrafe de Sabines, “Hay dos clases de poetas modernos: aquellos sutiles y profundos que adivinan la esencia de las cosas y escriben: ‘Lucero, luz cero, Luz Eros, la garganta de la luz pare colores coleros’, etcétera, y aquellos que tropiezan con una piedra y dicen, ‘pinche piedra’”.

En el 2007, como retribución al apoyo que recibí de la Fundación Jumex, escribí una docena fichas de productores de su colección. Aproveché el espacio de esas fichas como una experimentación práctica de la relación entre el discurso, la legitimación, la crítica y la auto-referencialidad del arte, llevado a veces hasta el absurdo.

La ficha sobre Rauschenberg, remedando el Dibujo de De Kooning borrado (1953), pedí que la imprimieran con tinta blanca sobre papel blanco.

En la ficha de Claude Closky, escribí “su trabajo se basa y se distribuye de la misma forma en la que lo hacen las redes que conforman la sociedad actual —financieras, comunicativas, de seguridad, del conocimiento, del arte, incluso—, como información. En esta sociedad de la información experimentamos dos procesos esenciales: la traducción de los fenómenos de la realidad en signos, en información y el proceso de leer esta información para que podamos acceder a ella rápidamente e interpretarla.”

Esta ficha iba antecedida de dos epígrafes (¿el epígrafe reducido a información, como signo desnudo?): uno firmado por Shakespeare y otro por James Joyce: el primero solo decía “Sí”, el segundo, “Sin embargo”. (Ahora que reescribo esto, pienso que, al ser Closky francés, debí haber firmado con autores como Molière y Proust, por ejemplo).

Admito y reconozco —como en un grupo de apoyo—, “Buen día, soy Eduardo y uso el epígrafe tal vez exageradamente.”

Hace tiempo y sobre todo en mis libros, abuso del epígrafe. Al inicio del libro pongo cuando menos siete epígrafes. Y cada capítulo es antecedido por tres o cuatro. Cuando me planteé la estructura de esta columna, la definí formalmente empezando con uno o dos epígrafes.

El epígrafe es una herramienta con las que se estructura, pero no se escribe un texto.

El epígrafe, como el título, cada una de las frases, los párrafos, las citas y las notas a pie, entre otras, conforman nuestra caja de herramientas cuando enfrentamos el solucionar o compartir algo a través de la escritura.  

No todo texto requiere un epígrafe. El epígrafe no es necesario. No es una tarjeta de presentación. No es un pedestal para lucir nuestras inútiles lecturas. Ningún epígrafe debería leerse como si estuviera grabado en oro.

No es una nota a pie de página rescatada de la miniatura, elevada y abrillantada hacia un altar de adoración.

No es un pasaporte ni un salvoconducto para entrar a ciertos clubes que pensamos exclusivos.

Son solo palabras.

El epígrafe encuadra. Redefine o borra los límites del texto.

Podría ser la llama de una vela que convierte la solidez del texto en un flujo —al mismo tiempo líquido, gaseoso e iluminado— dirigiéndose hacia varios sentidos atraído por distintas gravedades.

El epígrafe es una puerta, una rendija apenas que invita a ver desde otra perspectiva el texto que le sigue.

Puede ser la mirilla de un caleidoscopio que multiplica cada palabra en reflejos y simetrías para construir geometrías instantáneas. 

Cuando el texto solo repite en decenas de palabras lo mismo que el epígrafe dice en breve, lo que sobra no es el epígrafe, sino el texto completo.

Otra opción es utilizar el epígrafe como estímulo para escribir un texto. Y si al final el texto logra cierta autonomía, hay que borrar el epígrafe.

Este olvidado texto —escrito a mano, que pegué en esa vitrina hace cuarenta años— tenía una posdata: “Prefiero el plagio que el epígrafe. Es un género más puro.”

Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.

Fotografía de Patrick Tomasso en Unsplash

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