Por Violetta Estefanía Ruiz
«Esto es lo que he decidido hacer con mi vida en este preciso momento: me entregaré a este ejercicio de memoria transformada, distorsionada incluso, y viviré esta vida, la que vivo hoy».
Elizabeth Hardwick, Noches Insomnes
¿Cómo nos entregamos a este ejercicio de memoria transformada? Hay una urbe con la que sueño recurrentemente. Un mapa emplazado sobre esta que conozco —calles del centro, callejones con casas viejas donde habitan personajes también recurrentes: el lugar de lectura de tarot, cuya densidad se presiente apenas doblo la esquina, cerca de la Alameda. También las veredas que aparecen cuando subimos al cerro, o cruzamos más allá del río, las que encontramos casi por pulso.
Me pregunté si acaso esos espacios existieron y se quedaron escondidos en mi memoria, o si es la vaguedad del sueño la que me hace inventarlos y recurrir a ellos como un refugio ante el ritmo en que se transforma mi ciudad. Un sueño o memoria de mi infancia me llevó a un edificio con una escultura metálica monumental. Hacía un trámite burocrático en las afueras, con mi abuela. Alguien me decía que «allí se acababa la ciudad». La familiaridad de ese espacio me hizo pensar que ya había pasado por ahí, con mis abuelos, en alguno de nuestros viajes —por supuesto, podría ser sólo uno de esos lugares de mis sueños.

Cuando Mayra Silva nos convocó para una lectura, con el puntero del mapa más allá de Santa Catarina, encontré la escultura por primera vez en el mundo encarnado: se erigía en rojo o amarillo, marcando el lugar donde se termina todo y los matorrales trazan el fin del mundo: una planta rodante dio forma a la postal. Pero, entonces, es cierto que estuve ahí.
En el comienzo de Noches Insomnes, Elizabeth Hardwick recapitula sus memorias a partir de una relación a veces afectiva, a veces de resistencia, con una ciudad donde los personajes cambian y son derruidos por el vértigo de la Gran Manzana; ella, que venía de Kentucky, también pecaba de provinciana: «Si pudiéramos saber qué debemos recordar o fingir que recordamos… Que bastara con tomar una decisión y, de todas las cosas que se han perdido, volvieran a aparecer las cosas que deseamos. Y que pudiéramos cogerlas como cogemos una lata de la estantería» (p.7).
Desde mi formación limítrofe, quizá la estrategia para abordar la ciudad, entonces, sea a partir de la palabra distorsión, y de hacer «aparecer» las cosas que deseo: un modo de ir levitando entre las calles, de meterse en los callejones y los intersticios de las ruinas que ensamblan algo que se parece a un lugar, una suerte de simulacro de metrópoli llamado Monterrey. Me pregunto, ¿qué coincidencias, que vasos comunicantes tendrá con espacios que definen el carácter de lo citadino, como la Ciudad de México, Nueva York o las propias calles del París de Benjamin? ¿Querrá esta maqueta de gran ciudad parecerse a ellos?
«No me gusta que vayamos a USA», apunta mi hijo al transitar por la planicie texana, mientras vemos personajes zombificados atendiendo las ofertas más oportunas, los all-you-can-eat: «todo parece un simulacro de vida», «como en una maqueta», me dice. He andado en estos entornos agrestes. He intentado caminar esta ciudad, emulando esas caricaturas ochenteras donde alguien viajaba de pueblo en pueblo; como El Loco del tarot, me perdía y así me encontraba. Más cerca, quizá, como ese video musical —Lady Hear me tonight ‘Cause my feeling. Is just so right— mirar el nuevo destino como una lejanía promisoria. ¿Qué nos ofrece este horizonte de montañas interrumpidas? Volviendo a Benjamin, la idea del flâneur parece imposible de replicar en Monterrey. El stroller que se arrastraba entre aparadores y luces artificiales aquí se traduce en un caminante cuya ciudad lo antagoniza: todo se erige contra él. Lejos de los centros de la metrópoli, no existen las banquetas. Los pasajes comerciales de París replican la figura decimonónica en la imagen culminante del capitalismo: el mall, la plaza comercial. Lejos del tránsito sin propósito, la mirada dirigida por las argucias mercadológicas; más allá de la naturaleza callejera de los pasajes comerciales, los espacios asépticos del mall. La plaza comercial anula toda relación con la urbe, incluso en Nueva York, donde uno camina por definición —me cuenta un personaje del arte internacional, más cosmopolita que yo, por supuesto— comercios y sitios icónicos empiezan a alojarse en estas ciudades artificiales; ciudadelas distópicas que emulan calles empedradas, bancas y árboles: el único pasaje que nos queda por caminar, cuando no hemos conocido la resistencia.
Romper para poder decir. Vuelvo a Hardwick y a Benjamin: el fragmento aparece como una forma de pensamiento, una escritura que transita como el caminante moderno, sin propósito ulterior, trazando constelaciones. Estampas encontradas por la ciudad cuyos ecos nos atraviesan: las voces de la multitud, en la escucha, son un archivo de afectos. ¿Qué es la memoria, sino un montaje? Uno donde los fragmentos se desplazan, luego se interpolan. Deberíamos permitir, entonces, que estas ruinas nos susurren. Nuestro primer intento de tránsito fue cuando cruzábamos el río Santa Catarina al salir de la escuela, ubicada justo sobre una de las avenidas más grandes de la ciudad. En los noventa, incluso la avenida Constitución era diferente. Tanto esta como Morones, corrían en dos sentidos, su materia era otra, antes de la destrucción del Huracán Alex. Teníamos que tomar el camión «Playa», y como esta ciudad odia a los peatones y a los no conductores, debíamos, primero, cruzar el río, algo parecido a una selva y matorrales, entre indigentes y corredores. Si no teníamos suerte, debíamos ir hasta Chapultepec —regios entenderán— y seguir nuestro camino por otro par de horas en transporte público.

Soy una persona tan impaciente que empecé a configurar la idea de que me movería con más soltura si sólo caminaba a todas partes. En la secundaria, a dos camiones de mi casa, y unos cuantos exhibicionistas de mediodía, prefería escuchar mi walkman y caminar las dos horas de distancia. Era todavía esa caminata sin propósito de los artistas modernos, aunque yo lo ignoraba, y prefería pensarla como una posibilidad de abrirme al azar y a los acontecimientos: encontraba a veces al loco, el vagabundo, a veces el pederasta, la madre improvisada, los desconocidos: caminar por las calles donde vivían los otros para imaginar cómo eran sus vidas, especialmente de la gente que me parecía interesante, o de aquellos que tenían puertas y no cortinas en sus habitaciones, y piso de azulejo, y recámaras. Una curiosidad fascinante como la que ahora, de cuarentona, me invade cuando miro los carritos del súper de los otros e imagino esas vidas posibles que no voy a tener, porque soy fiel a mis marcas y la libre competencia no ha terminado de fundarme.
Con Hardwick, la ciudad es esto: una intensidad efímera, voces que se entremezclan y pierden, personajes patéticos y ruines, la maravillosa Billie Holiday: “Si alguien pudiera convencerte de que las leyendas existen, de que, a veces, las hadas cambian a sus hijos por bebés humanos, esa era Billie. A ella la cambiaron al nacer. Tenía tratos con las fuerzas del mal.” (p. 56).

Recorro con Gris y con otros compañeros el río que marcó nuestras infancias: la calle desde la casa de la abuela, cruzar la avenida y luego el agua, para después atravesar el bosque: ahí donde mis tíos y mi padre pescaban y se bañaban, y yo lo cruzaba a pie, con el agua que no llegaba ni a las rodillas, en nuestro camino al cerro. Vemos que las máquinas de cemento han entrado y han estancado el agua, la vegetación y los animales han cambiado, pero aún en el aullido de las avenidas, el paraje se mantiene como un espacio fuera del tiempo. Nos recargamos en un sabino y G. lee un texto sobre las viejas pinturas que su abuelo hizo de Monterrey. Nos muestra las miniaturas y las comparamos con distintos espacios de la zona, desde la ribera. Así, en pedazos, podemos resistir a su olvido. “Todo gime bajo el peso de la traición”, escribe Hardwick, “A veces, cuando pienso en las personas desgraciadas a las que he conocido, tengo la impresión de que todo lo que les rodea se les parece” (p.31). Así, pues, escribiremos sobre esta ciudad, desde lo que se ha roto.

Violetta Estefanía Ruiz. Artista, editora y escritora con estudios en Artes Visuales (UANL) y Letras Españolas (ITESM). Fue becaria del Centro de Escritores de Nuevo León (2008). Es maestranda en Teoría Crítica por 17, Instituto de Estudios Críticos y tiene un Máster en Neuroeducación por UNIR México (2021). Sus textos e ilustraciones han aparecido en revistas como Posdata, Residente, Vocero, Armas y Letras, la revista de arte POLA, entre otras.
Fotos: Violetta Ruiz



