El autor como su propio editor, primera parte

Quien haya jugado el popular agar.io que tanto le gustaba a Francis Underwood, sabe de lo que estoy hablando. En este cruel ecosistema sin equilibrio, las opciones de publicar en una editorial profesional se van reduciendo para los autores noveles.

marzo 15, 2026

Por Daniel Espartaco Sánchez

Ya en La edición sin editores, fue André Schiffrin quien, basado en su propia experiencia, relató cómo a finales del siglo pasado el negocio editorial pasó de ser un trabajo heroico, un apostolado cultural, para ser absorbido por grandes corporaciones editoriales y mediáticas bajo el único criterio del beneficio económico. Antes de esto, las editoriales generaban un modesto margen de ganancia del 3%, pero, después de ser absorbidas por los consorcios, estos márgenes tuvieron que aumentar hasta un 15%. Quien haya jugado el popular agar.io que tanto le gustaba a Francis Underwood, sabe de lo que estoy hablando. En este cruel ecosistema sin equilibrio, las opciones de publicar en una editorial profesional se van reduciendo para los autores noveles. Y no sólo decrece la calidad de los autores en tanto que están obligados a vender libros, sino que en esas grandes corporaciones editan decenas de títulos al mes para complacer a zafios inversionistas. Es por eso que también la calidad de la edición va en declive. Basta con abrir un libro en la mesa de novedades para encontrarlo lleno de erratas, pues la edición se ha vuelto ahora un sistema de producción en masa, en donde esclavos empollan libros, sentados en cubículos estrechos bajo la luz blanca de oficinas semejantes a gallineros asépticos. El editor ya no es una mujer o un hombre respetable, sino otro oficinista alienado que mira al reloj de pared en espera de las seis de la tarde, obsesionado con llegar a fin de mes. Atrás quedó en gran medida el cuidado de una edición artesanal. Atrás quedaron editores como Kurt Wolff, quien en sus memorias hacía la distinción entre un autor de éxito y los autores que él quería publicar. Entre los tirajes por millares y los modestos quinientos ejemplares de un Robert Walser o un Franz Kafka. Una anécdota maravillosa: ante las quejas de Karl Kraus, que no quería formar parte de su catálogo debido a los otros autores, Wolff accedió a crearle su propio sello. Recomiendo a los nostálgicos leer Autores, libros, aventuras (Observaciones y recuerdos de un editor, seguidos de la correspondencia del autor con Franz Kafka), publicado por la editorial Acantilado.

En este ecosistema tóxico, las editoriales independientes buscan también hacerse su nichito en el mercado y se valen de autores ya conocidos o medio conocidos, o que «ya vengan con su torta», como lo mencione en La bola en la ingle pasada. Siempre hay hermosas excepciones, por supuesto. Queda también el recurso de publicar a los amigos para consolidar las redes de relaciones que se dan en cualquier otro gremio. Hoy por ti, mañana por mí. Fundemos una propia mafia literaria al estilo Chicas pesadas y bebamos cocteles exóticos algún trendy de la Roma.

Con frecuencia se acercan a mí autores noveles en busca de algún consejo, cuyo único sueño es publicar un libro; tener una oportunidad de compartir su obra con los lectores, etcétera. Y es difícil asesorarlos cuando nunca has estado obsesionado con las redes de contacto ni te ha interesado ejercer ninguna forma de poder en el medio cultural y editorial. ¿Qué consejo realista puede uno darles? ¿Ir a los lugares que frecuentan los charolastras? ¿Colarse como polizonte en los cocteles de las editoriales para deslumbrar a los peces gordos con alguna ironía versallesca, hacerla de cortesano, pues? ¿Asistir todos los años a la feria de Guadalajara para «conocer a la gente indicada»? ¿Mandar manuscritos a editoriales a las que poco o nada les interesa descubrir nuevos autores si no tienen miles, millones de seguidores en Instagram o van recomendados por una vaca sagrada? ¿Convertirte antes en una celebridad mediática? Publicar un libro de autor para irse fogueando y darse a conocer puede ser una respuesta, pero como ya apunte en La bola en la ingle pasada, estamos nadando en aguas llenas de tiburones, pues ante la emergencia de tantos nuevos autores, que ya son imposibles de distinguir de los meros e improvisados aficionados, se ha creado una industria para suplir esta demanda que carece de ética en muchos de los casos y sólo intenta ganar dinero, a veces con un margen de ganancia mucho mayor de ese 15% del que hablábamos al principio. Mi consejo, en el cual ahondaré en la siguiente columna, es publicarse a sí mismo sin intermediarios, por simple amor al oficio, por un acto de fe y no esperar nada, ser paciente, pulir los textos en busca de la legibilidad y la claridad. El fanzine y la verdadera edición artesanal siempre han estado ahí como alternativa; incluso aprender ese cada vez más menospreciado oficio del editor. Unirse a la rebelión, porque llegará el momento en que la IA se encargara de escribir los libros que las grandes editoriales necesitan, basados en formulas matemáticas ya probadas. Habrá que darle la vuelta a la lógica del mundo y regresar a lo básico, porque los seres humanos necesitan noticias humanas. La literatura no es más que otra forma de comunicación entre personas que todavía sienten y disfrutan de un buen libro.

Daniel Espartaco Sánchez (1977). Es autor de varios libros, el último se llama Los nombres de las constelaciones. Ha ganado muchos premios literarios, pero no le gusta presumirlos. Lleva más de un año con la Clínica de Narrativa, un espacio virtual y físico de lectura y reflexión acerca de la escritura creativa. Vive en la colonia Narvarte, el único territorio con el que se identifica hasta el momento.

Foto: Seferikalbiye | pexels.

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