¿En medio es un lugar incómodo?

La crítica nunca se ejerce desde una “autoridad moral”, sino desde un llamado a la consciencia, desde la desesperación (y la esperanza) social hacia la igualdad.

mayo 31, 2025

Por Eduardo Ramírez

Los que éramos niños en 1968 vimos la historia desde las banquetas.

Juan Villoro

Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden.

W. Benjamin

16/04/25. ¿Desde dónde escribo?

En los aviones prefiero el lugar que da al pasillo para no perder movilidad, o en la ventana, para tener acceso al paisaje desde las alturas. En medio me siento incómodo.

Soy el tercer hijo de seis, el sandwich. Soy el más chico de los grandes, el más grande de los chicos.

Mi familia, como muchas más, encarna y padece la historia de la clase media. La clase alta nos ve como arribistas; la clase baja, como pretenciosos.

¿Cómo ser congruente?

Nací en 1961. Fui la primera generación en México que creció con un televisor en su casa. No me atrevería a negar que, desde su inicio, la televisión tuvo su agenda, sobre todo en época de la Guerra Fría.

Lo que sí podría decir es que, en los setenta, los terrorismos nacionalistas de algún modo utilizaron la audiovisualización de la realidad para reivindicar y ubicar sus causas (ETA, IRA, las Brigadas Rojas, el Ejército Simbionés de Liberación con el secuestro de Patricia Hearst).

Por igual que llegaban imágenes a mi domicilio familiar de las Olimpiadas del 68, la llegada del Hombre a la Luna, el Mundial del 70, telenovelas del Canal 2 en blanco y negro (La Gata, Lucía Sombra), programas cómicos como Los Polivoces; también llegaban noticias como el secuestro y asesinato de Aldo Moro en Italia, la inmolación del monje tibetano en plena calle, la huelga de hambre de los presos políticos del IRA hasta dejarse morir.

Eso también me ubicó ideológicamente en medio. Al sentarme cada tarde para ver imágenes de evasión y entretenimiento, exponía mi personalidad adolescente —lista a rebelarse contra cualquier autoridad— a idealizar ciertas imágenes/noticias para encontrar un “pretexto” para sublimar mis “rebeldías” (desde la comodidad de mi casa, viendo la tele).   

¿Cómo ser congruente?

Para terminar de esbozar el perfil “ideológico” en que crecí, registro una contradicción más.

Cuando conocí a mi abuelo paterno era un excantinero de barrio; mi abuelo materno, un peluquero de barrio. Mis padres solo tuvieron estudios comerciales (secundaria), pero se empeñaron en darnos una educación privada (siempre con beca) y profesional a sus seis hijos.

Al ser alumno de primaria/secundaria, mientras estudiaba en un colegio lasallista, mis padres hicieron amistad (por pertenecer a la Asociación de Padres de Familia) con algunos hermanos. Cada viernes comían en nuestra casa dos hermanos lasallistas; uno veracruzano y otro vasco. Este segundo, nos compartía las experiencias de su familia en esos años (los setenta) en el país vasco. Sus hermanos vivían (o se desplazaban) a Francia. En esas comidas nunca se mencionó a ETA, pero era evidente la postura política de su familia.   

¿Cómo ser congruente?

Esta “posición incómoda intermedia” me ha llevado a desarrollar una serie de estrategias para no ser desechado por cualquier grupo.

Al estar en medio de todo, me acostumbré a adaptarme en distintos ambientes donde me movía, para evitar vivir en ese lugar incómodo. Una especie de Zelig (Woody Allen, 1983) socio-económico y tercermundista.

(¿Tal vez por eso me he llevado mejor con extranjeros?, ¿así de descastado, desubicado?).

Solo describo un experiencia socio-económica que no elegí. Lo que siguió, en mi práctica profesional adulta, es totalmente una decisión personal, consciente. Y asumo cada una de sus consecuencias.

¿Cómo ser congruente?

He convivido con clasemedieros que —igual que yo— viven esta “incomodidad”; pero enfocan su ejercicio profesional hacia “encajar”/asimilarse con los privilegios de las clases altas. Tal vez por eso cualquier cuestionamiento les molesta y reaccionan exasperadamente como si lo que es una (auto)crítica, fuera para ellos una traición de clase dirigida hacia ellos.

Tal vez por eso su respuesta es descalificatoria, siempre en respuesta hacia mi persona, más que a mis argumentos.

Ejercer la crítica es mantenerse en estado crítico, en permanente crisis. Nunca en estabilidad. Nunca en puestos burocráticos/institucionales teniendo que, corporativamente, afirmar el poder institucional, en vez de nuestra opinión o “ideología”.

¿Cómo ser congruente?

¿Estar en medio es enfrentar y/o tomar postura hacia algunos dilemas?

¿Quedarse ahí y sortear las oleadas económicas (que a veces nos ahogan y a veces nos ponen por encima)?

¿Aspirar a la tentación de solo mirar hacia arriba?

¿Solidarizarse con las causas de la precarización, desde el privilegio de “en medio”, con el riesgo de estar fuera de lugar?

¿La clase media es una cinta de Moebius que, por igual, con un giro se ubican a favor de la dinámica del capital, y, en un simple giro, se ubican en la otra superficie de la banda y dinamizan la crítica a este mismo sistema, de modo corrosivo?

¿Cómo ser congruente?

Si te victimizas por ser un “productor creativo precario” y exiges becas individuales al Estado; pero se te olvida, al mismo tiempo, exigir tus derechos constitucionales al trabajo y a la asociación gremial que incluso ya lograron las empleadas domésticas, ¿estás a favor de la individualidad?

Si has hecho una carrera individual, “gestionando proyectos comunitarios”, y pones tu nombre al frente o en lo alto de los créditos, ¿tu ideología queda clara?

La crítica nunca se ejerce desde una “autoridad moral”, sino desde un llamado a la consciencia, desde la desesperación (y la esperanza) social hacia la igualdad.

¿Cómo ser congruente?

¿Que cada uno, individualmente, tome su decisión?

Si ya tomaste tu decisión, y la tomaste a favor del individualismo, ¿es a favor de la clase alta?

¿Las clases bajas deciden desde lo comunitario?  

La congruencia es de cada uno y tiene sus consecuencias.

Desde aquí escribo.

Desde la vulnerabilidad de cualquier diálogo que me increpe y llame resentimiento/“amargura” a este roce de la palabra, la transparencia, que genere sentido.

Sobre todo, porque, desde el cuestionamiento  —nunca desde la adscripción—, genera una liga hacia un sentido inestable.  

Eduardo Ramírez es editor, autor, maestro y asesor de proyectos. Escribe porque no aprendió a andar en bici y ve la televisión tratando de entender al ser humano y no aburrirse. Editó velocidadcrítica de 2000 a 2007. Publicó los libros El Triunfo de la cultura y El Cuauhtémoc de Troya. Ha escrito columnas y capítulos de libros en México y España. Lo han corrido de todas las universidades de Monterrey.

Foto: cottonbro studio | Pexels.

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