Géminis, de Sergio Pérez Torres

"Géminis" es parte del libro Dispersonal (Big Bang Ediciones, 2025), del escritor Sergio Pérez Torres, actualmente en preventa.

junio 1, 2025

Por Sergio Pérez Torres

Géminis

I

De niño jugabas a la guerra con tu hermano,

robaron el alcohol de un ánfora en el gabinete,

la sangre les corría lo mismo que a las fieras.

Amaste a la que desfilaba con la tela más vistosa;

tu alma desvelada abrió el capullo,

volaste sobre el prado enverdecido

en el jardín materno con el cuidado perfecto,

sabías desde entonces de qué lado crece el musgo

y cómo tomar las flores por el talle.

Tu suelo era más fértil por la sangre de los héroes,

allá las estrellas parecían más grandes,

ambos vibraron salvajemente juntos,

sin órbita en los ojos dirigidos por opuestos.

II

De niño lo que más amé fueron las sombras y el silencio.

Mi juego favorito era ser dos:

dos por dos o dos más dos siempre eran cuatro.

Yo perdí mi otra mitad poco después de nacer,

hueco en que palabras pegan como eco.

Yo era el agua estancada y sin peces,

la única salida eran las bocas que bajaban a beber.

Aprendí a gatear y me conduje a las vías del tren para ir

[Más-Allá

pero besé las mentiras dulces y rosadas de mis padres:

me contaban cuentos de tesoros escondidos en el pecho,

de princesas que soñaron escapar en noches azures

con príncipes venidos de otros reinos muy lejanos.

III

Más tarde mi cuerpo adolecido por los años,

me senté en la barra con la sonrisa creciente

con la oscuridad en mi tinta sobre los mirajes

pero ni una lágrima en el fondo del tequila,

la botella parecía más enorme entre mi boca.

Tú cruzaste el umbral titánico en las luces de la discoteca,

una gota resbaló en la comisura de mis labios partidos,

las canciones sonaban como un ramo viejo de recuerdos,

escuché las mismas métricas del medioevo y su romance.

IV

Tu nombre idéntico a mi nombre,

tu suerte rimando con mi muerte.

Entonces me quemaba con las llamas:

Tú me llamabas como tú,

parecías duplicarte si me pronunciaba,

primera base donde ya no fui uno.

Mis letras no eran sólo mías, no era solo

el signo amarrado a los luceros.

Tu cuerpo y su sombra cubriendo los míos,

guardabas la compostura de los mástiles

o con la que pintan a los guardias británicos;

algo de escuela militar amé en tus tácticas de guerra.

V

Yo asistí a tu casa, como dije,

bajé de una carroza fúnebre perdido entre las calles,

me esperaste en una noche sin estrellas,

lo mismo que los dioses llevan el alma al otro mundo.

Era medianoche cerca esta ciudad,

la vimos cubierta de cemento, de metal;

jugamos a incendios adentro del pecho,

humo abajo de las sombras inhaladas,

brasas quebrando el techo hasta formas grietas y sonrisas.

VI

Las hojas verdes se vuelven cenizas:

El follaje no es un fénix,

pero has visto la resurrección en los jardines;

creo que renazco cada día que desciendo bajo piso,

como si arrojaras semillas en mi garganta

y sólo supiera florecer con muchas plumas.

VII

Cuando es más de medianoche y escapas de la cama,

con el alma en vuelo como búho o quizá murciélago,

más arriba de la alarma que se dice una sirena,

puedes notar el verde vivo detrás de esta ciudad.

En las madrugadas de verano cuando miro la dioscuridad,

distingo tu figura incorpórea incorporándose al cielo

[conmigo,

y creo que las almas viven luego de la muerte,

que nunca existirá un descanso eterno para nosotros,

pero entonces te disuelves del sueño en el espacio,

despiertas sediento en tu casa queriendo un vaso,

y pienso que un día el universo se comprimirá entero,

entonces todos volveremos a ser el mismo todo,

y las estrellas, nuestros nombres, ciudades y sueños

[serán uno.

VIII

No creo en almas gemelas ni hemicardios,

géminis guardando la distancia para después.

Sé qué lo que más querrías con frecuencia,

es que yo aprendiera a guardarme las palabras:

No, ni tampoco sabría guardar silencio como un oro

[más negro.

Sólo espero en ti un descanso para todas mis caras

y mis máscaras viejas de comedia y tragedia.

Conoces el enigma donde los labios se apagan

y mis dedos quebrados no pronuncian otro nombre.

Tú me has prometido una tierra nueva,

una Zona del Silencio donde no sirven las brújulas

y la guerra aguarda para aquellos que se besan bajo la

[Vía Láctea.

Mientras tanto lucho por olvidar la violencia del centauro,

acaricio la sangre en tierra donde enterraron tu ombligo.

Nunca he visto escorpiones ni alacranes cuando cierro

[los ojos,

pero creo en ellos como creo que Dios no les dio alas:

sé que un día moriré tras el pinchazo de la aguja,

un arma antigua que olvidó borrar quien murió sin nacer,

una constelación en el vientre de otro signo del zodiaco.


Gemini

I

As a child you played war with your brother,

you both stole alcohol from a cabinet bar,

your blood flowing the way it does in wild beasts.

You loved the one who paraded with the flashiest fabric;

your unveiled soul opened the cocoon,

you flew over the green meadow

in the maternal garden with perfect care,

you knew from then on which side the moss grows

and how to grip flowers by their stems.

Your soil was more fertile for the blood of heroes,

there the stars seemed bigger,

they both vibrated wildly together,

without orbit in the eyes directed by opposites.

II

What I loved most as a boy were shadows and silence.

My favorite game was being two:

two times two or two plus two always equaled four.

I lost my other half shortly after birth,

space in which every verb echoes like reverb.

I was fish-less stagnant water—the only way

out the mouths that came down to drink.

I learned to crawl and discovered the train tracks to the

[Great Beyond,

but I embraced my parents’ sweet, rose-tinted lies:

they told me stories of treasures buried in chests,

of princesses who dreamed, on azure nights, of escaping

with fabled princes from other far-off kingdoms.

III

Later in life, laden down with years,

I sat at the bar with a growing smile,

the darkness in my ink seeing beyond visions,

but no tear at the bottom of my tequila,

the bottle appearing much bigger in my mouth.

You crossed the titanic threshold in the strobe-lit discotheque,

a drop dangling from the corner of your cracked lips,

songs like an ancient bouquet of memories in which

I heard the same Middle Ages’ metrics and their romance.

IV

Your name identical to mine,

your fate rhyming with my death.

Then I burned in flames:

you called out to me like you,

you seemed to duplicate when I spoke,

first base where I was no longer one.

My lyrics weren’t merely mine,

nor were they just my sign hooked to the stars.

Your body and its shadow covering mine,

you maintained the masts’ composure,

or what they paint British guards with, I loved

the hint of military training in your war tactics.

V

I was there in your house, as I said.

I got out of a hearse lost in dark streets,

you waited for me on a starless night,

like when gods transport souls to the other world.

It was midnight, near this city;

we saw it, encased in metal and cement;

we play with fires inside the chest, smoke

hovering beneath sniffing shadows, embers

cracking the ceiling into fissures and smiles.

VI

Green leaves turn to ashes:

foliage is not a phoenix,

but you have seen how gardens resurrect;

I think I’m reborn every day that I go underground,

as though you were shoving seeds down my throat

and they only knew how to bloom with many feathers.

VII

When it’s after midnight and you flee from your bed,

your soul in flight like an owl or maybe a bat,

above the alarm that is called a siren,

you can see the vivid greenery beyond the city.

On summer mornings, when I gaze out at the darkness,

I sense your disembodied form rising in the sky with me,

and I believe that souls live on after death,

that there will never be eternal rest for us,

but then you fade from the dream into space,

you wake up thirsty at home, wanting a glass,

and I think that one day the whole universe will be compressed,

then we will all be the same again,

and the stars, our names, cities and dreams will be one.

VIII

I don’t believe in soulmates or hemi-cardias,

Gemini keeping their distance for later.

I know that what you would most often want

is for me to learn to keep words to myself,

nor would I how to keep silent like dark-hued gold.

I hope to find in you a rest for all my faces,

and my old masks of comedy and tragedy.

You know the enigma where the lips turn off

and my broken fingers do not pronounce another name.

You have promised me a new land,

a Zona del Silencio where compasses are of no use

and war awaits those who kiss beneath the Milky Way.

Meanwhile I strive to forget the Centaur’s violence,

I touch the soil in which your bloody navel is sown.

I have never seen arachnids—or scorpions when I close

[my eyes—

but I believe in them just as I believe God didn’t give

[them wings:

I know that one day I will die from a needle-prick,

an ancient weapon he who died without being born forgot

[to destroy,

a constellation in the belly of another zodiac sign.


Selección del libro Dispersonal. Big Bang Ediciones. Primera edición, junio de 2025. Traducción de Colin Carberry.

Sergio Pérez Torres (1986) poeta, narrador y docente mexicano. Concluyó estudios de diseño, redes, sistemas, pedagogía, gastronomía y medicina veterinaria y zootecnia. Coordinó desde 2014 el Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes de Monterrey. Ha sido galardonado con el XXVI Premio Nacional de Poesía Ydalio Huerta Escalante 2016, el XXIV Premio Nacional de Poesía Sonora 2016 «Bartolomé Delgado de León», el Premio Nacional de Poesía Carmen Alardín 2017, el Concurso Palabras Migrantes, la IV Convocatoria Se busca escritor con su libro Los arcoíris negros y Mención honorífica en el I Premio Internacional de Poesía New York Poetry Press.

Foto de Charlotte May | Pexels.

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