Por Arturo Roti
Hace aproximadamente tres años estaba poniendo videos al azar en YouTube, de esos momentos en que uno navega sin rumbo, dejando que el algoritmo decida. Y en alguna parte de ese naufragio digital apareció un hombre sentado en una silla de ruedas, con una guitarra acústica, hablando solo. O eso parecía al principio.
No sé qué me detuvo. Quizá el dolor en la voz. Quizá la imagen misma: ese hombre en bata de hospital en su silla sobre ruedas, pero con una presencia que llenaba toda la pantalla. El caso es que no cambié de video. Me quedé. Y cuando terminó, algo en mí no era del todo igual.
Lo que había visto era Hi Ren, publicado el 15 de diciembre de 2022 por un músico galés llamado Ren Gill. Después encontré una presentación en vivo y ahí confirmé lo que ya sospechaba: esto no era música de fondo. Era algo que exigía ser escuchado con atención.
Desde entonces, casi nadie en mi círculo sabe quién es Ren. Y eso me incomoda, porque creo que deberían saberlo. Esta columna es mi intento de remediar eso.
El hombre detrás de la voz
Ren Eryn Gill creció en Bangor, Gales, aprendiendo a tocar solo, ralentizando canciones de Hendrix para descifrar los acordes. A los 17 ya tocaba en las calles. En 2010 Sony Records lo firmó. Pero casi al mismo tiempo, su cuerpo empezó a fallar: ocho años de diagnósticos equivocados, medicamentos incorrectos, hasta 23 horas diarias en cama, y un sello que terminó descartándolo.
Fue un médico en Bélgica quien finalmente dio con la respuesta: enfermedad de Lyme severa sin diagnosticar, que para entonces había desencadenado problemas autoinmunes y psicosis. Ren recibió tratamientos experimentales, incluyendo un trasplante de células madre, y continúa bajo tratamiento, hasta hoy, en Canadá. Su vida es una historia de supervivencia con cicatrices visibles y eso es exactamente lo que hace que su música suene tan real.
Hi Ren: una conversación consigo mismo
El video de Hi Ren dura poco más de once minutos. Ren aparece sentado en su silla de ruedas, con su guitarra, en una habitación austera. Y desde los primeros segundos queda claro que no está solo: hay otra voz. Su propia voz, pero distorsionada, oscura, amenazante. Es el demonio. Es la enfermedad. Es esa parte de uno mismo que conoce todos los miedos y sabe exactamente cómo usarlos.
Lo que presenciamos es un duelo entre Ren y su sombra. No es físico, es existencial. Y la letra lo expresa con una precisión que pocas veces encuentro en la música contemporánea.
Vivo dentro de la muerte, el comienzo de los finales
Soy tú, tú eres yo, yo soy tú, Ren
Esa apertura ya lo dice todo. La oscuridad ahí está, habla desde adentro. Es parte del mismo ser. Y eso cambia completamente el marco de la canción: no se trata de vencer a un enemigo externo. Se trata de aprender a coexistir con una parte de uno mismo que no desaparece con voluntad ni con medicamentos.
La primera mitad del video es dominada por esa voz oscura. Hay rabia, sarcasmo y una inteligencia cruel que conoce las debilidades de Ren mejor que nadie. Pero entonces ocurre el giro. Ren toma la palabra, y hace una confesión:
Cuando tenía 17 años grité hacia una habitación vacía
que derrotaría las fuerzas del mal
Y durante los siguientes diez años de mi vida
sufrí las consecuencias
Aquí está la honestidad brutal de la canción: la juventud que declara guerra a sus propios demonios no sabe lo que está prometiendo. Y el precio se paga con el cuerpo, con los años, con la cordura. Ren sabe lo que significa el cargar con esas consecuencias.
No era una batalla. Era una danza.
El momento más impactante del video es el monólogo final, donde Ren deja la guitarra y habla directo a cámara. Su voz cambia. Y ya no rapea ni canta. Es alguien que ha llegado a una conclusión después de mucho tiempo:
No fue realmente una batalla para que yo ganara,
era una danza eterna
Y como una danza, cuanto más rígido me volvía, más difícil se ponía
cuanto más maldecía mis torpes pasos, más luchaba
Así que me hice mayor y aprendí a relajarme
y aprendí a suavizarme, y esa danza se volvió más fácil
Eso es lo que me impactó cuando lo vi por primera vez, y lo que sigue impactándome cada vez que regreso. No hay victoria heroica, ni momentos en que el bien aplasta al mal. Hay un hombre que aprende a dejar de luchar contra una parte de sí mismo y empieza, en cambio, a moverse con ella.
La rigidez que describe no es solo física, aunque también lo es. Es la rigidez de quien se define por su enfermedad como adversaria, de quien gasta toda su energía en resistir en lugar de habitar. La danza no es rendirse. Es otra forma de estar presente.
La moneda con dos caras
Lo que más me costó articular cuando quise explicarle a alguien por qué este video me había afectado tanto fue precisamente eso: la dualidad. Estamos tan acostumbrados a las narrativas donde el protagonista vence, donde la luz expulsa a la oscuridad, donde la recuperación es lineal y triunfal. Hi Ren no ofrece nada de eso.
En cambio, ofrece una imagen que Ren usa en el monólogo final y que encuentro extraordinariamente precisa: un péndulo oscilando eternamente entre la oscuridad y la luz. Y cuanto más intensamente brilla la luz, más oscura es la sombra que proyecta. No son opuestos que se anulan. Son compañeros inseparables.
Esa imagen me parece de una honestidad que duele. Y es lo que separa a Hi Ren de la mayoría del contenido sobre salud mental que circula en redes, sin mensajes de superación, solo un mapa de la condición humana. La oscuridad no va a desaparecer, pero tampoco la luz.
Lo que provocó en el mundo, y lo que provocó en mí
Hi Ren acumuló 6.8 millones de vistas en YouTube en sus primeros dos meses. Hoy supera los 15 millones. Generó reacciones de terapeutas, músicos y médicos que vieron la canción por primera vez frente a cámara y no pudieron ocultar el impacto.
En 2023, su álbum Sick Boi llegó al número uno en las listas del Reino Unido, superando a Drake y a Rick Astley. Un artista independiente, sin sello discográfico, sin el aparato industrial detrás. Solo la música y una comunidad que se reconoció en ella.
En mi caso, lo que provocó fue más silencioso pero igual de real. Me hizo pensar en mis propias rigideces. En las batallas internas que libro como si fueran guerras que debo ganar, cuando quizá lo que necesitan es simplemente que las habite con menos miedo. No conozco el nivel de sufrimiento físico de Ren. Pero la danza que describe, esa oscilación entre la oscuridad y la luz, sí me resulta familiar. Creo que a la mayoría nos resulta familiar, aunque no siempre tengamos palabras para nombrarla.
Por qué deberían saber quién es Ren
Mucha gente que conozco no sabe quién es Ren Gill. Y cada vez que intento explicarlo, me cuesta encontrar la categoría correcta. No es exactamente rap, aunque rapea. No es folk, aunque toca guitarra acústica. No es spoken word, aunque tiene momentos de pura poesía hablada. Es todo eso y algo más que no tiene nombre todavía.
Lo que sí puedo decir con certeza es esto: en un momento en que la conversación sobre salud mental tiende a simplificarse en consignas y frases de autoayuda, Ren hace algo diferente. Abre la complejidad. La muestra en toda su incomodidad. Y al hacerlo, crea un espacio donde quienes cargan con esa misma complejidad pueden sentirse vistos, no curados, no aconsejados, sino simplemente vistos.
Ese hombre sentado en su silla de ruedas, con su guitarra, hablando con sus propios demonios a cámara, cambió algo en mí la primera vez que lo vi. No de manera dramática. Más bien de la manera en que cambia algo cuando alguien pone en palabras lo que llevabas tiempo sintiendo sin poder nombrarlo.
No sé si esta columna le hace justicia a lo que Ren logró con Hi Ren. Probablemente no. La mejor manera de entenderlo es verlo. Buscar el video, ponerse los audífonos, darse once minutos sin distracciones.
Vale la pena. Se los garantizo.



