Por Daniel Espartaco Sánchez
La primera pregunta que me vino a la cabeza fue: ¿es posible empatizar con el hombre más odiado del mundo? Pues sí, al menos durante los primeros minutos del filme de Abbasi, en donde vemos a un joven e ingenuo Trump que intenta abrirse camino en el sector inmobiliario de Nueva York. Estamos en 1973, la voz en off de Nixon dice: el pueblo tiene derecho a saber si su presidente es un delincuente, pues no soy un delincuente. Después, los créditos iniciales: un montaje nocturno de la ciudad de Nueva York al ritmo de “Anti, Anti, Anti” de The Consumers: tráfico, sirenas, drogas, represión racial y prostitución. El joven Donald Trump (un completamente transformado Sebastian Stan) se abre paso por las calles de la ciudad. Lo vemos contemplar el abandonado hotel The Commodore, cuya rehabilitación sería su primer éxito inmobiliario, pero también mediático. Posteriormente lo vemos en un club elitista, donde es el hombre más joven admitido hasta la fecha, con tan sólo 27 años. «Nada supera a este lugar, no hay nada igual», le dice a su cita, «los Vanderbilt y los Kennedy estuvieron aquí». El joven Donald sueña con esa grandeza. Y es ahí donde conoce al famoso abogado Roy Cohn —tristemente célebre por haber sido la mano derecha del senador Joseph McCarthy y haber mandado a los Rosenberg a la silla eléctrica—, interpretado por un duro Jeremy Strong, sin duda otra actuación notable. Cohn es un hombre sin escrúpulos, quien no sólo negó su homosexualidad siempre, sino que, como pasa muchas veces, era públicamente antihomosexual. Se vale de la extorsión y su conocimiento de los ‘trapitos’ de los políticos para salirse siempre con la suya. De inmediato, Cohn se queda prendado de aquel joven rubio, testarudo y torpe, y se convierte en su mentor, y Donald en el aprendiz. Es Cohn quien le enseña las tres reglas que más tarde Donald llevará al límite, y que aparecen en El arte de la negociación. Número uno: ataca, ataca, ataca. Número dos: nunca admitir nada, negarlo todo. Y número tres: nunca admitas una derrota. ¿Acaso nos suena?
Y así, con la ayuda de Cohn, presionando y extorsionando a ciertos políticos, Trump obtiene su primer éxito, la exención de impuestos alrededor de las obras de The Commodore. Lo fabuloso de la actuación de Sebastian Stan, que venía de encasillarse como un personaje aburrido en películas de superhéroes, consiste en mostrarnos cómo el joven Donald Trump, ese muchacho engreído, pero ingenuo, va perdiendo cualquier atisbo de escrúpulos de la mano de Cohn y se convierte en The Real Donald Trump, el hijo de p#%$ que todos conocemos ahora, hasta superar en falta de calidad moral a su maestro: cada gesto, cada inflexión en el lenguaje se va acomodando con el de Donald hoy en día, mientras Cohn se debilita por la edad y debido el “gay cancer”, como dice Donald para referirse al sida. El ritmo del filme de dos horas es trepidante, con saltos en el tiempo dinámicos: Donald conoce a la implacable Ivana Zelníčková; lo vemos en la cima de su éxito comiendo anfetaminas para mantenerse delgado, mismas que le producen impotencia y cambios de humor, su aventura con Marla Maples, miss Georgia, y al final, la escena cumbre, la-escena-del-bautismo-de-El-Padrino, llega con imágenes del funeral de Cohn mientras Donald renace y se somete a una liposucción y un engrapado de cuero cabelludo para detener la calvicie. La historia está tan bien construida que da lástima que Donald no sea un personaje de ficción. Tiene el poder de cambiarle a uno el estado de ánimo por completo, al principio te sientes cómodo mirando las triquiñuelas de Cohn, y cómo el joven Donald toma nota de cada una de ellas, para llegar a sentirte en verdad asqueado con el desarrollo del personaje. Buen cine político, una bola directa en la ingle, que no cae en lo burdo, que incluso omite hechos para no cargarle tanto la mano al personaje, porque ya basta con lo que vemos, razón por la que va más allá del simple panfleto que yo esperaba ver. Es la historia de un personaje, y qué personaje.
Y de pronto, ya estamos en los años ochenta, llega la revolución neoconservadora, los reaganomics alientan el imperio hiperdeudor de Trump, ya se sabe: la Torre Trump, Mar-a-Lago, la megalomanía que lo llevará a la quiebra en más de una ocasión, aunque esto ya no aparece, tampoco el papel de Trump durante el juicio de los Cinco de Central Park de 1989, cuando publicó un anuncio en un periódico pidiendo el retorno de la pena de muerte en Nueva York para cinco adolescentes negros y latinos acusados injustamente de violar y agredir a una mujer (como ya dije, ni muy muy ni tan tan). La acción se detiene en 1987, cuando Trump le dicta a Tony Schwartz sus parte memorias y parte consejos empresariales que salen en El arte de negociar, ese best seller de los años ochenta que uno veía en todas partes. Y pensar que Donald hasta caía simpático cuando salió en Mi pobre angelito 2.
¿Vale la pena verla? Sin duda, hay que conocer al enemigo.



