Por Rafael Zamudio
«Dadme buenos zapatos y caminaré el mundo», dijo alguien alguna vez. A mí me bastaba que me llevaran por la Ciudad de México. Porque después de tres meses caminando todo el día, todos los días, cinco o seis horas diarias (a veces una, a veces dieciséis) ya no había suela en los míos. Ni plantilla. Eran más bien una especie de calcetín de lona que servía para no ensuciarme el pie con el concreto, para no encajarme un vidrio apenas visible por el reflejo solar, para no golpearme el meñique contra un árbol o una esquina, pero para caminar nada. Las ampollas se habían vuelto perpetuas.
Caminaba con el dorso del pie para no quemar más las puntas de mis dedos gordo e índice, para no quemar la bola del pie. Pronto la ampolla apareció en el lateral del meñique y empecé a caminar con las uñas, hasta que sentí la quemazón también en la punta de todos los dedos. Entonces pisaba con el talón primero y daba un pequeño salto para apenas rozar el piso con la parte delantera del pie. Y sí, ahí también nació una gran ampolla, rosada, hinchada, llena de líquido amarillo y después ya abarcaba toda la planta de mi pie, ennegrecida, henchida de carne sanguinolenta. Las picaba con un alfiler puesto al fuego para desangrarlas. Las cubría de meltiolate. Mi pie se volvió una masa púrpura adolorida, al borde de una infección peligrosa.
Mis Vans habían muerto. Lo que en otro momento (como ahora, por ejemplo) sería una tarea sencilla, comprar otros, en esa circunstancia era imposible. Con el precio de unos zapatos nuevos que no se fueran a romper en un mes podía comprar tres meses de despensa, quizá hasta cuatro. Una despensa de quinientos pesos cada mes que incluía un kilo de garbanzo, tres de arroz, dos de lentejas, medio de habas, cinco de tomates, dos de cebolla, diez cabezas de ajo, una lechuga grande, un brócoli, una coliflor, un kilo de calabaza, uno de zanahoria, un par de berenjenas, espinacas, medio kilo de flor de calabaza, medio de setas, medio de champiñones, medio de huitlacoche, dos de plátanos, uno de uvas, tres de naranjas, una piña, uno de tortillas, un paquete de tlacoyos, medio de quesillo, un cuarto de requesón, cien gramos de dátiles, de nueces de la India, de almendras, de semillas de flor de calabaza, de pepitas de girasol, de arándanos, de pimienta, sal de ajo, sal de cebolla, paprika, canela, romero, orégano, albahaca, mejorana, comino, sal de grano, cúrcuma, ajonjolí y hasta una cartera de huevos. Una despensa y cigarrillos, sentarme en un café a tomarme tres tazas y fumar. Mis Vans habían muerto. No había forma de cambiarlos.
Por más de quince años usé los mismos tipos de zapatos. Puma. Adidas. Converse. Vans. Tras muchos experimentos después de que me dejara de crecer el pie y obtuviera una talla definitiva (entre once y medio y doce y medio americano, dependiendo de la marca), encontré una forma y durabilidad específica en cada una de esas marcas que se ajustaba a mis necesidades. Cada uno tenía un momento, una actividad para la que era usado. No usaría los Puma para correr, para lo que los Adidas (más delgados y ligeros pero con una suela gruesa y acolchada) eran perfectos, sino para caminar, por su anchura que permitía que mi pie descansara incluso cuando se hinchaba. Los Converse tenían más una utilidad social. Eran los zapatos para salir, para cambiar de colores (por su precio tenía cinco distintos, incluyendo unos de piel y unos con lana para el frío), para las tocadas (aunque podían ser reemplazados por mis Marteen’s en ese caso). Los Vans, que fueron los únicos que me llevé a la Ciudad de México cuando la intención sólo era descansar de mi vida en Tijuana por tres semanas, eran mis zapatos de la casa, de la playa, mis zapatos-pantufla-chancla, los más cómodos de todos pero sin mucha suela ni soporte como para caminar y menos para correr. Durante quince años esa fue mi configuración pódica.
La solución a largo plazo estaba resuelta: que mi hermana me enviara por correo uno de mis pares de zapatos, de preferencia los Puma. Pero en la situación inmediata tenía que hacer algo ya: no podía andar esperando dos o tres meses a que me llegara un paquete por vía terrestre para salir a caminar y no podía estarme ampollando los pies cada vez que salía. Por suerte la sabiduría de los vagabundos es infinita y no tardé más de un par de días después de decidirme para encontrar la solución en un viejo de ropas roídas que rondaba el Jardín Pushkin: su calzado, hechura íntima, se componía de unas suelas de cartón cubiertas de harapos y colchón de espuma. Un huarache urbano, acolchado para rondar por los pisos de áspero concreto.
No dejé que la espera me inundara. Caminé por los alrededores hasta encontrar las cajas adecuadas y volví a casa: el resto ya me aguardaba en casa. Saqué de un rincón unos trapos que había usado mi madre para envolver mi teclado y otros aparatos de mi computadora en el primer paquete que me había enviado, un mes después de mi arribo a la ciudad. Eran paños gruesos, esponjosos, absorbentes, perfectos para atrapar la humedad. Dibujé el interior de mi zapato en el cartón, lo recorté, lo forré con los trapos y los engrapé. Para fortalecer más la plantilla-suela le agregué recortes de una jerga de cinco pesos que compré en la Merced junto a mi despensa anterior, de la cual todavía me sobraban los condimentos, un kilo de arroz, uno de lentejas y una cebolla. Lo metí en mis zapatos, la hechura era perfecta. Me fumé un par de cigarrillos mientras contemplaba mi obra. Pocas veces me había sentido tan orgulloso, tan realizado como ser humano, como en ese momento. Después sumergí mis pies y la sensación fue magnífica. Salí rumbo al centro.
Caminé una hora y unos quince minutos, hasta el Zócalo, y volví. No busqué a nadie, no me paré a tomar café ni a comer nada. Sólo quería comprobar mi ingeniería. El resultado fue mejor de lo que esperaba: no sólo aguantaba perfectamente sino que se sentía como un zapato nuevo, un zapato caro. No hubo roces en mi planta, no hubo fricción entre el calcetín y el pie. Esa noche dormí con la satisfacción de haber resuelto un problema importante. Dos meses después, cuando llegaron mis Puma para caminar, la plantilla todavía duraba. Incluso se sentían mejor que los Puma, así que les hice también una plantilla. Y la volví a hacer. Y la volví a hacer. No volví a comprar zapatos en mucho tiempo. ¿Para qué, si no había necesidad? Las ampollas eran ya cosa del pasado.
Escritor y editor (Tijuana, Baja California, 1985). Ha sido ganador de la beca del Fondo Nacional Para la Cultura y las Artes (2010) y el PECDA de Baja California, en dos ediciones (2008 y 2011). Su obra literaria ha sida publicada en distintos medios impresos y electrónicos, como las revistas Picnic, Posdata y Crítica. Actualmente escribe en la revista digital Posdata.
- Foto de Ruslan Ataev: PEXELS.



