Lésper en el desierto 

Lo que no atinan tanto Lésper como sus contrarios es que sus discursos, así como este texto que escribo, tienen potencia en el contexto en el que se desarrollan y se relacionan. Asimismo, una obra de arte.

abril 25, 2025

Por Marcel del Castillo

En el centro del desierto de Sonora, en México, se ha extendido un rumor alarmante. En uno de sus pueblos, surgidos por la euforia del oro en siglos pasados, hay una académica de apellido Lésper, explicando e intentando convencer a sus 394 habitantes de lo que es el arte. En sus argumentos a la población, acentúa que la habilidad artesanal, el esfuerzo y la maestría técnica son los elementos esenciales que constituyen una obra de arte.

La perturbación en los habitantes viene de no comprender a qué se refiere. ¿A la arquitectura o la decoración del templo? ¿A las técnicas de excavación y extracción minera? ¿A los frijoles de la abuela? ¿A los dibujos de los niños en la escuela? ¿O a las cestas de la familia Cruz que se venden en la entrada del pueblo? Tampoco se aventuran a preguntar, porque la voz y los gestos de ella se asemejan a los del sacerdote en la homilía de los domingos. En una de sus manos tiene un documento que parece un título universitario y, con la otra, latiguea constantemente con su dedo índice erecto.

La académica entra en desesperación. Sus ideas y sus palabras no tienen eco, no resuenan ni convencen, pese a sus esfuerzos. ¿Qué hace que en la ciudad, la universidad o las redes sociales se conviertan en statements potentes que atraen a miles de seguidores, y en este pueblo no? ¿Es porque no hay conocimiento de historia del arte? ¿O porque no les interesan las expresiones artísticas? ¿O su conocimiento se diluye en un contexto donde no tiene la fuerza de influir socialmente? ¿No tiene relaciones sostenibles con lo que ahí acontece? ¿Sus ideas se soportan sobre hechos y circunstancias que no se comprenden en este lugar?

Alfred Gell, en su texto Arte y agencia (1998), propone una teoría antropológica del arte que redefine el objeto artístico no sólo como un portador de significados simbólicos o estéticos, sino como un agente dentro de una red de relaciones sociales: «La naturaleza del objeto de arte está en función de la relación social, la matriz en que está engarzado» 1. Esto nos acerca a la idea de que un objeto de arte lo es siempre y cuando su tejido social, donde se desarrolla y sustenta, lo pueda entender como tal. Gell sostiene que el valor del arte radica en esa capacidad para mediar relaciones, provocar efectos y transformar contextos, más que en su belleza o técnica.

El discurso de la letrada en este asentamiento, en medio del desierto, puede estar cargado de una retórica y unos argumentos impecables, pero pierde sentido cuando se aparta de un contexto académico y del círculo del arte. Ahí, en el pueblo, sus palabras son vacías, extrañas e inocuas.

Solo le quedan tres opciones. La primera es relocalizar su discurso en un escenario donde sus ideas resuenen con el contexto que las puede entender y relacionar. Tendría que circunscribirse a un mundo que ya está precargado con conocimientos de la historia del arte, que convive cotidianamente con museos y galerías que enuncian y validan lo que es y no es arte. Regresar a la ciudad donde estudió y practicó sus estudios. Escribir una columna en un periódico, dar conferencias y crear un canal de YouTube, donde el algoritmo reunirá, a modo de burbuja, a seguidores acríticos de su discurso, pero que se encargarán de amplificar y atacar todo pensamiento que se le oponga, lo que la impulsará a convertirse en un referente de la crítica de arte de un contexto específico: los centros urbanos de México.

La segunda opción es replicar el modelo de transmisión de conocimiento colonial en el pueblo. Establecer instituciones del arte que impongan a una población los enunciados de lo que es y no es arte, sus características estilísticas, históricas, estéticas y discursivas, estableciendo patrones de juzgamiento que permitan a sus habitantes discernir con claridad el arte bueno del arte malo. Es así como, en sus arengas en la plaza, critica toda expresión artística que se aleja de la maestría técnica que tienen los frescos que hay en el interior del templo (pinturas realizadas por maestros europeos durante la colonia). Estas afirmaciones le van consiguiendo seguidores, especialmente entre los ya afiliados al cristianismo. Así que, a su alrededor, se van aglomerando personas que van descubriendo el poder del conocimiento único, validado por la historia del arte y la habilidad de juzgamiento a todo aquello que salga de sus líneas y de su entender.

Y una tercera posibilidad es dejar su conocimiento de lado, por un momento, y acercarse a lo que acontece en esta comunidad de Sonora. Tratar de entender cómo funcionan sus relaciones de conocimiento, sociales y de expresiones artísticas para luego intentar fusionar y horizontalizar su conocimiento en ese contexto específico. Es decir, surgiría un nuevo conocimiento, parido de la interconexión y apalancado por una vecindad que le da potencia y sentido.

En lo personal, pasó mucho tiempo para descubrir que el mundo del arte siempre está bajo riesgo de ser tomado por radicalismos que se quieren apropiar de él. Al acecho están posturas rígidas de la academia, o la instrumentalización desde la política y los grandes capitales, pero también, el resentimiento y la ceguera que produce el exceso de ideología en los artistas. Cada una de estas corrientes busca apropiarse y establecer normas hegemónicas sobre lo que es y debe ser artístico.

En este sentido, podemos ver que el arte está muy lejos de decolonizarse. Por más que sus discursos griten con fuerza enunciados políticos de protesta, resistencia o de “verdades” estéticas, su sometimiento a estructuras de un pensamiento dogmatizado sigue estando presente. Irónicamente, cada postura radical se autovende como propuesta ideológica que lucha contra la imposición del mercado, las categorías académicas o las experimentaciones cotidianas, relacionales o situacionales, según sea el caso. Pero no logran entenderse como posturas propagandísticas y narcisistas que pierden, excluyen y anulan los diversos contextos que son los que le dan vida o posibilidades al arte.

El contexto es, quizá, la clave para que una estética, técnica o discurso cobren valor. Una pala es una pala en una ferretería, es un objeto susceptible de significantes en un museo y producto especulativo si entra al mercado del arte. Un cuadro de Caravaggio es una obra de arte de técnicas y estéticas impresionantes en un museo, una tela con manchas que puede servir de techo protector de las gallinas en una granja y un producto hipervalorado por intereses del mercado.

Lo que no atinan tanto Lésper como sus contrarios es que sus discursos, así como este texto que escribo, tienen potencia en el contexto en el que se desarrollan y se relacionan. Asimismo una obra de arte.

Por suerte para el pueblo, la académica se retiró a la ciudad a construir y decorar su pedestal de conocimiento. Los habitantes, ya relajados, vuelven a su cotidianidad y a sus experiencias estéticas, conceptuales y significativas de una vida cuya sensibilidad aún no ha sido hackeada.

Marcel del Castillo es artista, curador y docente. Vive y trabaja en Monterrey. Sus prácticas artísticas son espacios de especulación y juego entre documento y ficción. En la actualidad su trabajo se ha enfocado en la representación de las vinculaciones culturales al agua en México.


Referencias

1.Gell, Alfred, (1998), Arte y agencia,Buenos aires,  Argentina, Editorial SB

Foto: Mario A. Villeda | Pexels.

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