Tres muros, una historia: El niño, la madre y el maestro en ‘The Wall’

'The Wall' no es solo la historia de Pink. Es la de cualquiera que alguna vez fue niño, tuvo una madre protectora, un maestro que no entendía, un sistema que oprimía.

mayo 9, 2025

Por Arturo Roti

Aquel vinilo llegó a casa recién salido del horno. Lo compró mi hermano mayor, que ya era fanático de Pink Floyd. Yo, apenas un niño, no entendía bien qué tenía de especial ese disco con portada blanca y letras negras. Me parecía aburrido. Recuerdo que solo «Another Brick in the Wall (Part 2)» me llamaba la atención porque sonaba en la radio y tenía ese coro de niños rebelándose. Y claro, «Young Lust», por el crujir salvaje de la guitarra de David Gilmour. Pero del resto… nada. Demasiado denso para mi edad.

Ni siquiera pude ver la película cuando se estrenó. No era para niños, me dijeron. Y yo me quedé con la curiosidad.

Pasaron los años. Ya en la facultad, cuando proyectaron The Wall en los desaparecidos Cinemas Plaza Monterrey, por fin lo entendí. O al menos, empecé a entenderlo. Las canciones que mi hermano reproducía una y otra vez desde su cuarto empezaron a cobrar sentido. Sus letras eran confesiones, gritos, traumas encapsulados en vinilo.

Y ahora, tantos años después, con el Día del Niño recién pasado y con el Día de la Madre y del Maestro asomándose, me di cuenta de algo: The Wall está contado a través de tres voces fundamentales en la vida de cualquiera. Tres personajes que no solo marcan la historia de Pink, el protagonista, sino que también se reflejan en los espejos de nuestras propias vidas. El niño, la madre y el maestro. Tres muros. Una sola historia.

I. El Niño: ladrillos de soledad

Las primeras canciones del disco nos muestran a Pink como un niño solitario, encerrado en su habitación, preguntándose por su padre muerto en la guerra. En «Another Brick in the Wall (Part 1)» y «Goodbye Blue Sky», sentimos su confusión, su temor, su incapacidad para comprender un mundo que parece colapsar a su alrededor.

El niño no tiene voz propia, pero su silencio grita. Las bombas caen, el cielo azul se desvanece, es el primer ladrillo en ese muro que empieza a construir para protegerse. Es la infancia rota. La que muchos vivimos en silencio. La que no se ve en las fotos familiares, pero se escucha en las canciones que uno escoge para sobrevivir.

II. La Madre: protección que aprieta

Cuando suena «Mother», Pink ya no es solo un niño confundido: ahora es un joven inseguro, marcado por el miedo que le sembró su madre. Ella lo quiere proteger, sí. Pero lo hace desde el temor, desde el dolor no resuelto por la pérdida de su esposo.

Le construye un muro invisible para evitarle heridas, pero termina encerrándolo. Le dice qué amar, qué temer, qué evitar. Lo vuelve dependiente. Pink le pregunta si debería confiar en el gobierno, si debería construir el muro. Ella le responde sin palabras, con sobreprotección. Y eso también es violencia.

Esa madre no es mala. Solo está aterrada. Es una madre rota. Pero su miedo se convierte en otro ladrillo. Uno más en ese muro que se levanta ladrillo a ladrillo, traída incluso por quienes más aman.

III. El Maestro: la educación como castigo

«Another Brick in the Wall (Part 2)» fue, para muchos, una canción revolucionaria. Pero hay que entenderla bien: no rechaza la educación. Rechaza la humillación que se disfrazó de enseñanza.

El maestro en The Wall es una figura autoritaria que castiga, reprime, que desprecia al alumno que piensa diferente. En «The Happiest Days of Our Lives», Waters nos muestra al maestro como un adulto frustrado que lleva su dolor a las aulas y se desquita con los niños. Es el sistema escolar como aparato de control, no de liberación. Ahí, frente a la autoridad que no educa sino que aplasta, Pink vuelve a sumar ladrillos.

Muchos crecimos en aulas donde pensar distinto era motivo de castigo. Donde la creatividad se consideraba una amenaza. Donde los golpes eran parte del método.

Epílogo: el muro que todos construimos

The Wall no es solo la historia de Pink. Es la de cualquiera que alguna vez fue niño, tuvo una madre protectora, un maestro que no entendía, un sistema que oprimía. Es un álbum sobre los ladrillos que vamos acumulando —unos puestos por otros, otros puestos por nosotros mismos— hasta que un día descubrimos que estamos aislados.

Pero también es una advertencia: cada muro puede derrumbarse. A través de la música, de la memoria, del entendimiento.

Hoy, mientras el calendario pasa por esos días que celebran al niño, a la madre y al maestro, pienso en ese disco que de niño me parecía aburrido. Hoy me parece brutalmente honesto. Y por eso vuelve, una y otra vez, como lo hacen las grandes obras, las que nos acompañan incluso cuando no sabíamos que ya nos estaban hablando.

La niñez, la madre, el maestro. Tres muros. Una historia. Y un eco que todavía retumba.

Arturo Roti (1968): Comunicólogo egresado de la UANL, rockero de corazón desde que Queen lo bautizó en su primer concierto. Fan del cine, el fútbol y de opinar de todo (aunque nadie lo pida). En el año 2000, dio vida al blog Ojo Eléctrico, donde desmenuzaba discos, rolas y conciertos, y que más tarde se transformó en una cápsula de televisión para el programa Amplificador de TV Azteca. Ha colaborado para El Norte y pintado casas con su jefe en los veranos. Vive con una banda sonora perpetua en la mente, porque, para él, la vida siempre tiene un soundtrack.

FB: Arturo Roti 

X : @ArturoRoti 

IG: @arturo.roti

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