Por Marcel del Castillo
El sentido, la forma en la que nos acercamos a las cosas, incluso lo que hacemos desde nuestros oficios y profesiones, se transforma cuando asumimos que es, por encima de cualquier otra valoración, un conocimiento. Así, como si fuera una herramienta de uso continuo y cotidiano, que tiene la fuerza y el ímpetu de transformarlo todo.
El conocimiento ha sido, desde los tiempos del pensamiento griego antiguo, objeto de estudio y reflexión. Su paso por las diferentes posturas filosóficas es extenso y enriquecedor. Pero hoy quiero trazar un panorama empírico; detenerme en cómo la concepción e instrumentalización del conocimiento ha cambiado mi relación con el mundo, con las cosas que hago diariamente y, por supuesto, con mi desenvolvimiento profesional como artista, docente y curador.
La sociedad moderna, esa en la que nací y me formé, tenía —y tiene— en el conocimiento uno de sus más potentes diferenciadores de clase, algo heredado también del pensamiento clásico griego. Lo que posteriormente se definirá como estratos o clases socioeconómicas tiene su origen en el uso y el tipo de conocimiento al que han tenido acceso tanto individuos como comunidades enteras. Desde los griegos, con los accesos limitados a las ideas por parte de los Guardianes (la escala social alta), la Edad Media, cuando surgen las universidades, hasta nuestros días, con los ecosistemas que cohabitan en los Silicon Valleys del primer mundo, el conocimiento ha sido segmentado y categorizado, creando profundas zanjas entre sus diversos tipos.
En un principio, los saberes humanistas —como los históricos, artísticos y geográficos— y los científicos —como los matemáticos, físicos y químicos— comenzaron a distanciarse de los conocimientos generados por la práctica cotidiana, debido a su carácter sensible, abierto y cambiante. Ese estado de cambio constante es lo que llevó a Heráclito, por ejemplo, a pensar en un Logos como un principio racional y verdadero que dejaba de lado todo el empirismo cotidiano que se había forjado desde el origen de la civilización, para darle relevancia a lo que llamamos el conocimiento científico: aquel que se produce a partir de relaciones comprobadas, que puede ser replicado una y otra vez y entendido por la mayoría de los seres humanos. Una lógica del mundo y de la vida.
Esa es la estructura del conocimiento a la que me enfrenté en mi educación primaria, secundaria y universitaria. Un conocimiento ajeno, pero de tanta importancia, que debía aprenderlo sin miramientos, sin cuestionarlo, y dejarlo entrar en mí hasta moldearme a él. Desde adolescente me sentí incómodo frente a esta relación de poder. Hubo materias que llevé con mucho entusiasmo, como historia, geografía y literatura, pero más que sus contenidos, fueron los maestros quienes, aunque tímidos, permitieron introducirme en pequeñas fracturas de ese conocimiento monolítico para llegar a otras ideas.
Y aquí ya hay una variante: el problema no es en sí el tipo de conocimiento, sino cómo y para qué se transmite ese conocimiento. Eso lo cambia todo. Y ese modo diferente de acercarse a los saberes me trajo muchos problemas en la vida, incluyendo la universidad, pues me dio el poder de cuestionar y de buscar alternativas para usarlo. Entonces, hubo maestros que me expulsaron de sus clases por contradecirlos y cuestionarlos públicamente, hasta aquellos que aceptaban otras formas.
Recuerdo con cariño aquella clase de Historia Latinoamericana donde debía exponer, junto a un grupo de compañeros, sobre la Revolución Cubana. Ya habíamos presenciado otras exposiciones donde mostraban lo que ya estaba en los libros que romantizan los hechos históricos; eso me parecía lamentable y tedioso. Así que le propuse al grupo no hacer una exposición teórica sino un cuestionamiento mediante un video documental. El grupo desertó en su totalidad, menos una persona que sí creyó en la idea: mi novia. Para esos años, la Revolución Cubana tenía muchos fans en la Universidad Central de Venezuela; cada centro de estudiantes estaba lleno de banderas de ese país y pósters de Fidel Castro y el Che Guevara. Entonces, nos fuimos con la cámara en mano a preguntarles a los estudiantes, dentro de estas escenografías, sobre hechos concretos y reflexivos, políticos y económicos de Cuba. El resultado no solo fue un desconocimiento casi total, sino una escasez reflexiva aterradora. Ese documento visual fue nuestra exposición en la clase. La idea era presentar la hipócrita relación sociopolítica que las filiaciones ideológicas generan en la sociedad. A estas alturas solo recuerdo que la maestra lo aceptó como proyecto y pasamos la materia.
¿Qué pasó aquí? No fue un ir en contra o un rechazo del conocimiento, sino darle una ruta crítica alterna, proponer otras formas de acercarnos a él.
Atrás quedó la universidad. La entrada en el mundo profesional logró moldearme por un buen tiempo. Trabajando en cine, periodismo y publicidad descubrí cómo la información era poder, y cómo, desde ese poder, se manipulaban y se excluían otros conocimientos que no fueran los certificados por las universidades que esos poderes habían creado; asunto que Marx o Foucault describen con total claridad: el conocimiento dominante responde a intereses hegemónicos.
Es así como me encuentro con el arte. Mi acercamiento tardío con él no fue estético ni técnico, sino crítico. Aunque con unos inicios deplorables e influenciado por esa versión tecnificada y comodificada del arte, vi en esas prácticas una estructura para expandir, proponer y darle valor a otras formas de conocimiento. Aún no sabía cómo, pero pronto comprendería que ese mundo del arte también estaba infectado de ideas hegemónicas y homogeneizadoras. Pero, aun así, había grietas por donde moverse y trabajar.
Descubrí que mi ignorancia, y cómo reconocerla, era fundamental para poder recorrer mi camino dentro del arte. Así que, de manera intuitiva, además de producir fotografía y video, comencé a incorporar el descubrimiento de conocimientos mediante la investigación cercana en todo lo que me rodea, la gestión y los procesos curatoriales. Si el arte es un conocimiento inestable, ¿es posible ser artista sin gestionar el encuentro, la investigación relacional y la crítica de esos saberes en los contextos en los que nos desarrollamos?
¡Oh, sorpresa! Resultó que el conocimiento también es uno de los instrumentos que hacen de cierto arte un separador de clases. En los procesos de gestión artística que desarrollé en Venezuela y México comencé a sentir —primero— y luego a comprobar que muchos artistas, y buena parte del mundo del arte, pese a seguir ideologías marxistas, no están dispuestos a darle ruta libre a sus conocimientos. Por el contrario, se aferran a ellos como una especie de castillo azul en la cima de la colina, que los ubica en un lugar especial del mundo, donde el conocimiento se transmuta en capital cultural —Bourdieu dixit— una ilusión microscópica de un Elon Musk en su parcela de dominio.
Si así sucede en el arte, ese lugar de libertad, empatía y encuentro, ¿qué queda para los otros aspectos sociales?
Estando en México me pasó —por suerte, las menos de las veces— que consulté con otros artistas y gestores sobre sus materiales y ciertos procesos que usaban en sus proyectos, porque me parecían interesantes y que a lo mejor yo podría usar, y sus silencios se convirtieron en ataques, exclusión y burla. ¿Se puede ser artista y no compartir conocimiento?
Me llevó muchos años desmontar el privilegio del conocimiento —y no lo he logrado del todo— para poder construir nuevas relaciones con el arte, con el país, pero también con mi pareja, mis hijas y amigos. Entendí que el muro que nos separa se ha construido bloque a bloque, de puro conocimiento mezclado con ideología, cuyo resultado es un saber que la sociedad hipercapitalista certifica y respeta: el saber cuyo objetivo único es hacer dinero.
Y aquí otro de sus grandes problemas. Ese nuevo paso dentro del pensamiento —aún moderno— de profundizar las diferencias sociales a partir de conocimientos que tienen la posibilidad de ser monetizables y los que no. Insisto: el problema no es que el conocimiento pase por transacciones económicas que le den sustentabilidad y durabilidad, sino en cómo su capitalización extrema marca diferencias, valoraciones de conocimiento y establece que unos son más valiosos que otros.
Es ahí donde encuentro el gran problema cultural de nuestro tiempo. ¿Cómo desmontar los privilegios del conocimiento diferenciado? ¿Cómo recuperar el valor de conocimientos que han sido excluidos? ¿Cómo la instrumentalización y administración del conocimiento vertical puede fragmentar a la sociedad, y cómo horizontalizar puede acercarnos como civilización?
Esta valoración horizontal de los saberes nos abre la posibilidad de un mundo que hoy es una utopía: el respeto por el otro, aligerar las divisiones sociales, e incluso reestructurar los desbalances económicos, entre muchas otras posibilidades.
Desmontar esa estructura del conocimiento que habita en el arte y la sociedad, y que genera exclusiones de clase, es un trabajo arduo y de resistencia. Las universidades y las instituciones culturales huyen de esas formas de desmontaje y encuentro. Pero también lo hacen aquellos que van contra esas instituciones, porque, aunque estén en la acera de enfrente, replican la misma estructura del conocimiento: lo verticalizan y proponen un contra, en vez de una corriente alterna. El problema no es el conocimiento que alberga en las academias, nuevamente, sino su imposición como saber único e incuestionable. En esto tiene mucho que ver la ideología. No olvidemos que todas las ideologías, incluyendo al marxismo, son formas verticales de conocimiento, aunque anuncien lo contrario.
En lo particular, sumo esfuerzos para que desde la docencia, la gestión y la producción artística se puedan fundamentar acciones e ideas que busquen encuentros críticos y horizontales de conocimientos que puedan llevarnos a otras formas de vida y otras maneras de imaginar el mundo. Y no desde un “contra”, de lanzar molotovs indiscriminadamente a las estructuras dominantes que se diluyen en la exhibición mediática y establecen un mundo binario, sino de buscar en sus grietas formas de ruptura que generen corrientes alternas.
Marcel del Castillo es artista, curador y docente. Vive y trabaja en Monterrey. Sus prácticas artísticas son espacios de especulación y juego entre documento y ficción. En la actualidad su trabajo se ha enfocado en la representación de las vinculaciones culturales al agua en México.
Foto: Flowers In Vases, por cottonbro studio | Pexels.



