Fuego espontáneo y un arpa de cristal

Eran los tiempos en los que la búsqueda musical era lenta pero apasionante: no existían playlists mágicas, sino horas de conversación, exploración y amistad.

octubre 12, 2025

Por Arturo Roti

Había un ritual sagrado entre amigos en los finales de los ochentas y principios de los noventas: el intercambio de discos. No era cosa de todos los días ni con cualquiera; esos trueques se daban solo entre los más entrañables, casi como si nos prestáramos el alma en forma de vinilo o cassette. Un disco que a ti te parecía un ladrillo podía convertirse en la joya más preciada para el otro. Así, en una de esas idas y vueltas, llegaron a mis manos dos álbumes que no suelen aparecer en las charlas comunes del rock, pero que guardo como tesoros personales. Y aquí, desde Ojo Eléctrico, les abro la tapa de la caja: Spontaneous Combustion y el debut de Glass Harp.

Spontaneous Combustion – Spontaneous Combustion (1972)

Lo primero que me atrapó fue la portada: parecía arrancada de un cómic setentero, con letras gigantes anunciando el nombre de la banda, Spontaneous Combustion, como si se tratara de una advertencia: “cuidado, esto explota”. Y sí, de alguna manera explotaba.

Este trío inglés —los hermanos Gary y Tris Margetts junto a Tony Brock— empezó como cualquier banda tocando covers en Dorset hasta que apareció un padrino de lujo: nada menos que Greg Lake, el bajista y cantante de Emerson, Lake & Palmer. Les cambió el nombre, los apadrinó y hasta les produjo el disco debut. Con semejante linaje, cualquiera pensaría que el grupo estaba destinado a sonar en las grandes ligas. Pero la historia es caprichosa: el álbum salió en 1972 y se quedó flotando como esos planetas que nunca entran en órbita.

El disco abría con la potente “Speed of Light”, rock directo con aroma progresivo, y cerraba con “Reminder”, un viaje de más de 10 minutos que invitaba a perderse con audífonos gigantes y sumergido en tu sillón. Hubo momentos curiosos en su carrera: grabaron una versión de “Sabre Dance” donde hasta Robert Fripp se coló a la guitarra. Pero ni con Lake ni con Fripp lograron el gran salto. La crítica de la época los acusaba de “tediosos” —sí, ya sabemos cómo trataban al prog cuando no lo entendían—, y la banda terminó siendo un secreto bien guardado.

Con los años, su disco quedó como pieza de culto: raro, misterioso, de esos que te hacen presumir en reuniones que no solo escuchas los clásicos de siempre, sino también esas bandas que parecían creadas para existir en el anonimato glorioso.

Glass Harp – Glass Harp (1970)

El otro vinilo que llegó a mis manos gracias a un intercambio fue el debut homónimo de Glass Harp. Y aquí la sensación fue completamente distinta: si Spontaneous era chispa e intensidad, Glass Harp era contemplación y vuelo.

El disco, grabado en los míticos Electric Lady Studios de Nueva York, brillaba con una producción pulcra, casi cristalina, como su nombre lo sugiere. Desde la primera escucha me atrapó la voz suave de Phil Keaggy, que en momentos parecía un susurro; luego esa flauta que sonaba como pura belleza, elevando todo a un nivel etéreo. Y qué decir de canciones como “Changes (In the Heart of My Own True Love)” y “Can You See Me”, que me hicieron cerrar los ojos y dejarme llevar.

Phil Keaggy, el guitarrista del grupo, ya era una leyenda en potencia. A pesar de haber perdido la punta de un dedo en su niñez, desarrolló una técnica que lo llevó a ser considerado entre los mejores guitarristas de su generación. En Glass Harp desplegaba un estilo delicado pero intenso, con un dominio del fingerstyle que parecía imposible. Con el tiempo, Keaggy se dedicó de lleno a la música cristiana, pero dejó aquí un legado de rock progresivo que se siente como un milagro escondido.

Lo curioso es que Glass Harp no solo contaba con Keaggy: el álbum tuvo invitados de lujo, como John Cale en viola eléctrica y órgano, lo que le daba un aire experimental muy neoyorquino. Pero aun con ese respaldo, el disco quedó como una joya oculta, de esas que no todos encuentran.

El verdadero valor de lo escondido

Ambos discos llegaron a mí no en una tienda de importados ni en alguna recomendación de revista, sino gracias a la confianza de un intercambio con mi amigo Heraldo (QEPD). Eran los tiempos en los que la búsqueda musical era lenta pero apasionante: no existían playlists mágicas, sino horas de conversación, exploración y amistad.

Hoy, cada vez que escucho estos discos, me transporto a esa época: a los trueques entre amigos, a la emoción de descubrir sonidos nuevos, a la sensación de que la música más valiosa era la que no todos conocían. Quizás tú también tengas ese álbum raro, ese que nadie más recuerda, pero que para ti guarda un universo entero.

Ese es el verdadero fuego espontáneo.

Ese es el verdadero arpa de cristal.

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